El racismo corroe Italia ante el inmovilismo de Europa

Convertida en la puerta a Europa de la inmigración africana, los italianos sienten que han tenido que afrontar solos la tragedia en el Mediterráneo

Convertida en la puerta a Europa de la inmigración africana, los italianos sienten que han tenido que afrontar solos la tragedia en el Mediterráneo.

«Italia no es racista. Lo que no entendemos es que seamos los únicos en sufrir el problema de las migraciones ante la mirada pasiva del resto de Europa». Así responde Claudio, un frutero romano que regenta un puesto en Campo di Fiori cuando se le pregunta sobre el fenómeno que está copando la carrera hacia las urnas. Hasta el presidente de la República, Sergio Mattarela, lo sostenía hace unos días en su discurso: «Se confunden quienes piensan que el problema de la inmigración concierne sólo a los países mediterráneos».
A menos de dos semanas de que los italianos decidan su futuro político, se ha extendido en el país una imagen donde se proyecta a los inmigrantes como amenaza. En un reciente sondeo de «La Repubblica», el 71% de la población cree que la presencia de extranjeros es demasiado alta. Y en gran medida, los culpables de este sentir son los propios políticos. «Una inmigración controlada aportará tranquilidad al país», decía ayer Matteo Salvini, el líder de la xenófoba Liga Norte a la prensa extranjera.
Utilizar el asunto migratorio como arma arrojadiza en campaña es una estrategia que le ha venido como anillo al dedo a la coalición de centro derecha de Silvio Berlusconi (Forza Italia), Salvini y Giorgia Meloni (Hermanos de Italia). Los sondeos los colocan en una clara ventaja. La escasa presencia del problema migratorio en los discursos del Partido Democrático, que se ha limitado a apoyar la gestión del Gobierno, y la ambigua posición del Movimiento 5 Estrellas han puesto en evidencia la poca voluntad que tienen de solucionar un problema que preocupa cada vez más a los italianos. Un vacío que ha sabido utilizar a su favor la derecha. Sus acalorados discursos y la instigación al odio por algunos de sus miembros han terminado por convencer a una población que se siente olvidada por Europa. Todo ello ha servido de foco para la expansión de grupos fascistas en toda Italia.

Para Carmela, «la inmigración ha existido siempre. El problema es que llevamos muchos años de crisis económica». «La gente está muy harta y votará a alguien que le prometa favorecer antes a los italianos», cree esta jubilada.
Según el último informe de ACNUR, el año pasado se produjo una disminución del 34% en los flujos migratorios con destino a Italia. Las llegadas fueron de 119.247 personas, frente a las 181.436 de 2016. La inmigración, sin embargo, parece ser una cuestión sistémica no sólo en Italia, sino en toda Europa. Las irreconciliables posiciones de los Estados miembros sobre su gestión hace que Italia continúe siendo uno de los primeros países receptores. La vulnerabilidad social de los italianos y el descontento ante la inoperatividad política han hecho que los extremismos avancen a pasos agigantados y los discursos racistas se vean más secundados que nunca. Partidos de extrema derecha como Casa Pound y Fuerza Nueva están asistiendo a un fuerte aumento de adeptos y palabras como raza y superioridad no son difíciles de escuchar durante esta campaña, a pesar de que quienes han encendido la llama a golpe de eslóganes extremistas, Forza Italia y la Liga, se obstinen en negar el ascenso de los movimientos fascistas.

Italia se ha convertido en la coctelera perfecta para hacer un mix cuyos ingredientes son la inmigración y la seguridad y lo más peligroso es que parece que está funcionando.

Los principales abanderados de este inflamable binomio son las formaciones filo fascistas, que pelean por conseguir entrar en el Parlamento y recorren el país manifestándose y creando polémica allí donde pisan.

Para Riccardo, un antiguo trabajador del matadero de Roma de 72 años, «los neofascistas en Italia son pocos pero exaltados». «Lo único que hacen es provocar una agitación política que finalizará el propio día que se vaya a votar».

Pero no han sido los únicos. Salvini no duda en ofrecer declaraciones incendiarias: «Es necesario cortar el grifo de la inmigración y limitar los desembarcos. Ése será el modo de garantizar mayor seguridad para Italia». Por su parte, Berlusconi no se ha quedado atrás aludiendo a que «en Italia hay 600.000 migrantes que son una bomba social a punto de explotar». Y es que, a pesar de definirse como un político moderado y estar bien considerado en Europa, Berlusconi sabe que estas declaraciones lo hacen ser más afín a los extremos que al centro, y esto en la urnas se podría traducir en más votos para gobernar sin necesidad de unirse a su adversario, el Partido Democrático de Renzi.
Lo verdaderamente preocupante del tono que han tomado estas elecciones, así como de los últimos acontecimientos en Italia, es que Europa asiste atónita a un peligroso fenómeno al alza: el aumento del sentimiento anti inmigración, xenófobo y racista. El auge de esta fuerzas políticas no hace más que poner en evidencia un problema que no debe ser infravalorado ni por los países en particular, ni por Europa en general.