Internacional

Ucrania resucita la «realpolitik»

Si bien la Rusia de Putin se ha convertido en la mayor amenaza al orden global, no debemos permitir que otros regímenes autoritarios sean blanqueados

Un mural alusivo a la extracción de petróleo en las afueras de la empresa estatal de Petróleos de Venezuela (PDVSA)
Un mural alusivo a la extracción de petróleo en las afueras de la empresa estatal de Petróleos de Venezuela (PDVSA) FOTO: Miguel Gutiérrez EFE

¿Cuántas veces habremos escuchado bramar al autócrata en Caracas sus más ardientes críticas contra el imperio norteamericano? Sin ir más lejos, el pasado 3 de febrero, Nicolás Maduro, presidente de la República Bolivariana de Venezuela y matón de cuarta, inauguraba ante sus más allegados esbirros La Plaza de la Rebelión Antiimperialista en Caracas para conmemorar el fallido intento del golpe de Estado de 1992. La semana pasada, poco más de un mes más tarde, el dictador venezolano liberaba a dos presos de nacionalidad estadounidense días después de haberse reunido con una delegación de la Casa Blanca enviada por el presidente Joe Biden.

Y es que, en un episodio absolutamente dantesco, el presidente estadounidense decidió tirar por la borda años de presión sobre regímenes autoritarios como el de Venezuela, así como el de los ayatolás de Irán. Esta actitud por parte de Biden no es sorprendente, pero sí que es absolutamente condenable. No es sorprendente ya que Estados Unidos tiene tendencia a establecer estrechas relaciones incluso con regímenes autoritarios para presionar al enemigo geopolítico de turno. Pero sí que es absolutamente condenable, ya que en política exterior tiene que haber algo más que un simple cálculo basado en la “realpolitik”. Si bien la Rusia de Putin se ha convertido en la mayor amenaza al orden internacional actual, no debemos permitir que regímenes autoritarios, aunque de menor envergadura, sean blanqueados en nuestro esfuerzo por aislar al Kremlin.

Lo cierto es que estamos ante una situación global más que delicada. Como consecuencia de la invasión rusa a Ucrania nos encontramos ante unos mercados de materias primas absolutamente desbocados. Desde los cereales a los metales, pasando por el petróleo y el gas, están sufriendo inmensas disrupciones, particularmente desde el anuncio por parte del Gobierno de Estados Unidos de la prohibición de la importación de petróleo y gas ruso. Rusia no deja de ser tanto la mina como el granero del mundo.

Con el precio de estas commodities por las nubes, además de con una inflación previa disparada, Biden busca encontrar alternativas de suministro y así evitar las todavía mayores subidas que aún están por venir. La realidad es que esta escalada de precios que estamos experimentando no es más que el inicio, es apenas una reacción a los primeros compases de un conflicto que promete alargarse. Rusia es el mayor exportador global de gas, así como de crudo y productos de petróleo del planeta. Así pues, estamos ante una encrucijada de difícil solución. Aunque según parece, Biden cree haber encontrado una solución. O no.

Rusia produce actualmente un 8% del petróleo y un 24,3% del gas natural mundial. Estos porcentajes son difíciles de sustituir. Si bien existen alternativas al gas para la generación de energía, hemos apostado en muchos países del continente por no aprovecharlas en su totalidad. La nuclear es, hoy por hoy, la única tecnología de la que disponemos para asegurar nuestra independencia en materia energética a futuro.

Por otro lado, aunque el porcentaje en lo que a petróleo se refiere pueda parecer más asumible, lo cierto es que la gran mayoría de productores globales se encuentran al borde de su capacidad de extracción y producción. No olvidemos que las inversiones necesarias para acceder a estos combustibles fósiles son costosas y requieren de tiempo para su construcción. Los únicos productores con cierto margen de ampliación de producción son actualmente los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, si bien esa capacidad conjunta apenas llegaría a cubrir una parte del hueco dejado por la producción de Moscú. Además, los dos países arábigos, no estarían muy por la labor de incrementar su producción. Irán, por su parte, está al borde de sus capacidades extractivas.

Venezuela es otra historia. Venezuela es un país que ha sido llevado a la ruina por la mayor incompetencia, la corrupción y la maldad. Un país que tiene las mayores reservas probadas de petróleo es, después de décadas de dictadura chavista, un país asolado por la miseria. En su apogeo de producción, Caracas llegó a producir unos 3,5 millones de barriles de petróleo diarios, una cifra que permitiría para cubrir parte de los cerca de 11 millones rusos. Sin embargo, la mala gestión, la malversación y la falta de capacidad técnica hacen que, hoy, sea imposible que Venezuela alcance esos niveles. Y es que Maduro y sus secuaces fueron incapaces de producir poco más de 800.000 barriles diarios, cifra que dista mucho de alcanzar su meta de producción de 1,28 millones en el 2021. Para que la industria petrolera venezolana pudiera realmente hacer frente a la demanda necesitaría de un par de cientos de miles de millones de euros y de casi una década de trabajo.

Visto lo visto, las aproximaciones de Biden a los regímenes autoritarios de Caracas y Teherán harían bien poco por sacarnos del aprieto energético en el que nos encontramos. Se hace, pues, necesario un replanteamiento de nuestra política energética. Lo que está claro es que no debemos cejar en nuestro empeño de combatir el autoritarismo allá donde se encuentre, ya sea Moscú, Caracas, Teheran, o Pekín. ¿Qué mensaje estaríamos mandando si no desde Occidente sobre el uso de las sanciones?