Política

«Ganamos una miseria mientras el Gobierno le da todo a los ricos»

Critican a las autoridades por ignorar que el vehículo propio es vital en la Francia rural.

Un grupo de «chalecos amarillos» se manifiestan el sábado frente al Arco del Triunfo en París, que fue ocupado durante unas horas
Un grupo de «chalecos amarillos» se manifiestan el sábado frente al Arco del Triunfo en París, que fue ocupado durante unas horas

Critican a las autoridades por ignorar que el vehículo propio es vital en la Francia rural.

Pressylia Giménez es una joven madre de tres niños en la localidad de Colmar, en Alsacia, que pasa por condiciones difíciles. Su marido, mecánico, apenas llega a ganar 1.200 euros mensuales y ella está fichada por el Banco de Francia por facturas impagadas. «No es que vaya a llegar Navidad y no podamos permitirnos absolutamente nada, es que tampoco puedo comprarles nada a mis niños. Hay que ahorrar y pagar facturas». Así lo cuenta esta madre de 25 años que tiene antepasados españoles y que no dudó ni un minuto en adherirse al movimiento de los «chalecos amarillos». «Ganamos un mísero salario para pagar la subida de impuestos de Macron, mientras él concede todo a los ricos», sentencia Pressylia, que tiene poca fe en la apertura de un diálogo con el Gobierno para calmar los ánimos. «Ellos seguirán a lo suyo, pero nosotros seguiremos a lo nuestro». La determinación en los argumentos de esta joven se mezclan con una absoluta desconfianza hacia los medios de comunicación, hasta el punto de parar la entrevista y reclamarnos nuestra tarjeta de prensa. «Los medios están manipulando todo lo que decimos y jugando a favor del Gobierno».

Para ella, al igual que para miles de «chalecos amarillos» de provincia, París representa un mundo de élites a años luz que los desprecia y Macron es la encarnación de esa otra Francia. La de ellos es la Francia del amarillo fluorescente que emerge de un sentimiento de injusticia fiscal que ya estaba desde hace años latente, pero que ahora ha dado el salto a la palestra para plantearle un pulso a cara de perro al presidente.

Aquí, en el departamento del Alto Rin, pegado a la frontera alemana, Le Pen ya venció en la primera vuelta de las presidenciales del año pasado y ahora es uno de los puntos con más movilización de «chalecos amarillos». En la misma región vive Sophie, una profesora de la escuela pública que se unió al movimiento en la primera semana, pero a la que los hechos de vandalismo del pasado fin de semana en los Campos Elíseos le han hecho tomar distancia. Sophie es una de las perjudicadas de la reducción de líneas de tren no rentables en tantos rincones de Francia. «Con Miterrand teníamos la estación de tren a menos de 500 metros de casa. Ahora es ya una estación fantasma por la que no pasa ningún tren. Tomé el transporte público siempre que pude, pero ahora soy dependiente de mi coche en cada movimiento. No puedo llegar al trabajo sin vehículo». Sophie considera que desde la época de Sarkozy, las sucesivas administraciones han ido dando pasos de gigante para desconectar a París de la Francia rural. «Y este malestar algún día estallaría», sentencia.

Dos de cada tres franceses están de acuerdo con el grueso de las reivindicaciones del movimiento, según un sondeo de Opinion Way que cifra en un 78% el número de galos que consideran que los anuncios hechos por Macron para calmar la cólera del movimiento no son suficientes. El Gobierno lleva días escenificando una estrategia resumida en cuatro palabras: escuchar sí, ceder no. Macron se niega a dar marcha atrás en el aumento del impuesto a carburantes, algo que impacta especialmente en esa Francia periférica, donde el transporte público es restringido y el automóvil es indispensable.

Francia afronta de esta forma el complicado dilema entre la necesidad de combatir el cambio climático, y el coste social de estos esfuerzos. Y ante la presión de la calle, el presidente galo tiene claro que ceder fue el gran error de sus predecesores. Ahora bien, la estrategia del Elíseo ha cambiado en estas semanas. En ocasiones ha pretendido minimizar el movimiento, o identificarlo con la ultraderecha, o confiar en que se extinguiese por puro agotamiento. Esta semana los acercamientos plantean un nuevo escenario.

Los «chalecos amarillos» ya tienen representación y, por tanto, queda superada la dificultad de no tener detrás a sindicatos ni otras formaciones políticas. Ahora sus delegaciones han entrado en diálogo directo con los ministros y el propio Macron utilizó un tono más humilde y empático con esa Francia periférica que lo ha mirado siempre con recelo en su exposición de medidas compensatorias por las subidas. Esa Francia que no pretende salvarse del fin del mundo por calentamiento global porque tiene bastante con salvarse del fin de mes.