Javier Valdez, el cronista del narco al que sólo callaron las balas

LA RAZÓN se acerca al entorno del periodista y escritor sinaloense para comprender su dimensión en la sociedad mexicana y el significado de su pérdida

Dos mujeres lloran con una imagen de Valdez en una protesta

LA RAZÓN se acerca al entorno del periodista y escritor sinaloense para comprender su dimensión en la sociedad mexicana y el significado de su pérdida.

Todo ocurrió el pasado lunes 15 de mayo a mediodía en Culiacán, capital de Sinaloa. Quince disparos a quemarropa acabaron con la vida de Javier Valdez cuando subía a su vehículo, estacionado junto a la puerta del diario «RioDoce». Un periódico que Valdez fundó junto a varios amigos periodistas en el año 2003. Todos ellos tenían algo en común: la voluntad de escribir con libertad dejando a un lado las presiones y censuras de los medios generalistas. La idea inicial no era hablar de narcotráfico, sino denunciar la corrupción política en la región, aunque en Sinaloa, como más tarde descubrieron, ambas ramas caminan de la mano.

Lo cuenta Alejandro Sicario, amigo personal y cofundador del semanario «Riodoce»: «Con la primera portada que dedicamos al narcotráfico se agotó la edición, desde entonces el 90% fueron dedicadas a este tema». Todos coincidían en que era lo mejor para el negocio y, también, para denunciar las injusticias en el Estado donde el Chapo Guzmán imponía su ley.

Valdez encabezó esta cruzada con su columna «Malayerba», desde la que lanzaba ávidos dardos en dirección a los culpables y donde recogía también la voz de las víctimas inocentes. «Fue a través de esa columna desde donde Javier alcanzó fama nacional e internacional», asegura su amigo Sicairo.

«Todo el mundo le conocía», comenta la periodista Gabriela Soto: «Eso lo hacía aún más vulnerable a los ojos de quien quisiera atacarlo». Soto fue su alumna aplicada cuando entró a trabajar en el semanario: «Entonces era mi jefe, era un maestro para todos los que estábamos empezando, siempre con buenos consejos y palabras de aliento».

Coincide con Soto la también periodista, y amiga de Valdez, Marta Durán de Huerta: «Era uno de los mejores periodistas de México. Decía todo lo que tenía que decir buscando siempre las palabras adecuadas para proteger a sus fuentes. Profesional, valiente, muy informado y cuidadoso».

Debía ser cuidadoso dado que Sinaloa se ha convertido en una auténtica tumba para periodistas. Especialmente desde la extradición del Chapo Guzmán, lo que ha desencadenado una batalla sin tregua entre las distintas facciones que aspiran a ocupar el trono del desterrado rey de la droga. Y Valdez lo sabía. Así lo denunció en su discurso tras ser galardonado en el año 2011 con el Premio Internacional a la Libertad de Prensa: «Donde vivo, Culiacán, Sinaloa, es un peligro estar vivo, y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos, que están en el narcotráfico y en el gobierno».

Lo que hacía especial a este cronista del narco es «que iba detrás de las historias que muchos no querían contar. Adentrándose en el seno del cartel de Sinaloa, conviviendo con ello y exhibiéndolo», asegura Soto. Para Durán de Huerta, Valdez «fue el que mejor narró la historia de las conexiones, los pleitos internos y los vínculos del cartel de Sinaloa con los funcionarios públicos».

Otra de las preocupaciones que ocupaban la mente de Valdez era la dramática situación de los periodistas en México. La guerra al narco declarada desde el Gobierno de Felipe Calderón se ha cobrado hasta la fecha la vida de más de cien informadores en los últimos 15 años. Unas cifras que se vuelven especialmente dramáticas en 2017, con siete muertos en apenas dos meses y medio.

Entre los caídos este año se encuentra la periodista Miroslava Breach, asesinada a balazos el pasado 23 de marzo. Su muerte también produjo un buen número de manifestaciones a lo largo y ancho del país. La protesta en Culiacán estaba encabezada por el propio Valdez, siempre solidario y consciente de que estas acciones eran necesarias para abrir los ojos a la opinión pública y, sobre todo, al Gobierno. Y es que, según los datos oficiales, el 99,75% de las agresiones contra periodistas queda sin resolverse y, además, el 53% proviene de funcionarios públicos. Unos datos que constatan que matar a un periodista en México a día de hoy sale muy barato.

Después de la marcha, el periodista dejaba un mensaje premonitorio en las redes sociales: «A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si ésa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio». Y no se calló. Siguió informando y eso le costó la vida. Algo en lo que está de acuerdo Durán de Huerta: «El crimen organizado sabe a quién hay que matar, a los que van más allá. Lo peor que puede tener un estado infectado hasta el tuétano por la corrupción son testigos que señalen las injusticias».

El mundo de Javier Valdez tampoco puede comprenderse sin su obra literaria. Un total de ocho novelas entre las que destacan: «Malayerba», «Miss Narco», «Huérfanos del Narco», «Narcoperiodismo» y «Con una granada en la boca», en las que sin ningún tipo de censura narraba el drama del narcotráfico. De esta faceta del autor habla a LA RAZÓN Ricardo Cayuela, director de Penguin Random House, la editorial que acompañó la carrera literaria de Valdez: «Su estilo era muy preciso. Tenía una gran habilidad para jugar con la lengua coloquial, el impulso moral de escuchar y dar voz a las víctimas, tanto a los huérfanos del narco como a los policías asesinados, y un arte de poder convertir todo eso en periodismo literario». En el camino se queda un nuevo libro pendiente de publicar: «Estaba en una fase muy incipiente, ahora lamentablemente ha quedado frustrado», comenta Cayuela.

Su muerte ha supuesto un ataque a la yugular de la prensa mexicana. Cientos de personas se han manifestado exigiendo justicia, incluso algunos diarios han parado momentáneamente su actividad. El objetivo está claro, que la muerte de Valdez no quede en el olvido y que caigan los culpables. En los primeros momentos, la Fiscalía sinaloense apuntaba al robo de vehículo como móvil para su asesinato. Ante la presión de los medios, el fiscal Juan José Ríos reconoció poco después que la principal línea de investigación pasaba a ser su actividad profesional. Según avanzan los días se van conociendo más datos que constatan esta tesis.

Desde su entorno apuntan a la edición de «Riodoce» del 19 de febrero como origen de la trama que terminó con su vida. Durante los primeros meses del año las distintas facciones que se disputan el control del cartel de Sinaloa habían intercambiado cartas y acusaciones utilizando este semanario como plataforma. Pero esa edición del día 19 fue «secuestrada». Alguien había comprado todas las ediciones de los kioskos de Culiacán. Según ha desvelado Judith Calderón, del sindicato de «La Jornada», diario para el que Valdez hacía de corresponsal en Sinaloa, hace 15 días el periodista se trasladó a Ciudad de México para expresar su preocupación por las amenazas recibidas. Situación que Calderón consultó con el Comité de Protección a Periodistas, pero los sicarios fueron más rápidos.

«Riodoce» quedó en medio de esta guerra de narcos, y Valdez fue víctima del fuego cruzado. Son sólo hipótesis, ahora es el turno de la Fiscalía y del Gobierno de demostrar que pueden combatir la impunidad dando con los autores materiales e intelectuales de este crimen que ha sacudido a todo México.