Juncker designa a Barnier negociador jefe del Brexit

Londres recibe el nombramiento como una declaración de guerra por sus intentos como comisario de regular los servicios financieros

Londres recibe el nombramiento como una declaración de guerra por sus intentos como comisario de regular los servicios financieros

La Comisión Europea designó ayer al negociador jefe para encarar el Brexit. Se trata de, Michel Banier, un viejo conocido en los pasillos comunitarios y en la política francesa con dilatada experiencia en el mundo de las Relaciones Internacionales. En un proceso que se adivina largo y tortuoso este nombramiento parece cargado de intenciones. Se trata de un político de la vieja escuela y de nacionalidad gala, precisamente el país europeo que está presionando con mayor contundencia para que Reino Unido active el artículo 50 lo antes posible frente a una Ángela Merkel menos interesada en forzar los tiempos.

Barnier ha sido ministro de Exteriores y de Agricultura de su país, también ocupó un escaño como eurodiputado y ostentó dos carteras dentro de la Comisión Europea: Política Regional y de Mercado Interior. Ésta es la parte de su currículum que precisamente puede ser vista con mayores recelos por parte del otro lado del Canal ya que tras la quiebra de Lehman Brothers, su principal cometido en la segunda legislatura de la comisión Barroso fue intentar poner coto a los excesos de la City británica, entre ellos, las indemnizaciones multimillonarias de los banqueros. Uno de los puntos que puede levantar más ampollas en unos momento en el que Francia está dispuesta a dar la batalla y sacar el máximo rendimiento posible ante el previsible declive de Londres como capital financiera.

Barnier nunca ha ocultado su ambición e incluso disputó a Jean Claude Juncker el puesto de presidente del ejecutivo comunitario. Actualmente, ostentaba un puesto como consejero político sobre Seguridad con posiciones a favor de una mayor integración de las políticas de Defensa europeas.

Este político conservador francés, cercano a Nicolas Sarkozy, ocupará su cargo en octubre. Juncker lo calificó ayer como un “negociador capacitado con una rica experiencia en la mayoría de áreas de la política relevantes para las negociaciones” que participará en las reuniones del colegio de Comisarios y le ofrecerá información directa. No está previsto que las negociaciones comiencen hasta que Londres active el artículo 50, lo que dará el pistoletazo de salida a un proceso de divorcio con una duración mínima de dos años. Hasta que esto ocurra y ante la imprevisibilidad del proceso, Barnier se encargará de sentar las bases de las negociaciones desde el punto de visto interno del bloque comunitario.

La elección de Barnier fue valorada ayer en Londres como una auténtica declaración de guerra por parte de Junker. Sobre todo en la City, donde el francés es considerado cuasi enemigo público, a raíz de sus intentos por regular los servicios financieros tras la crisis global que estalló en 2008. Sus propuestas en Bruselas para restringir los bonos de los banqueros encontraron el rechazo frontal del entonces Chancellor George Osborne y fueron incluso ridiculizadas en 2011 por la Confederación de la Industria Británica (CBI, por sus siglas en inglés) que las tacharon como “producto muy inadecuado del Laboratorio Barnier”.

“No podía existir un nombramiento peor”, confesaba desde el anonimato un alto directivo de la City. “Es increíblemente provocativo. Sin duda alguna es una venganza en toda regla de Juncker hacia el Reino Unido”, apostilló en Financial Time otro colega que tampoco quiso revelar su nombre.

Por su parte, el Ejecutivo británico no pudo reaccionar con mayor frialdad. Es más, el comunicado oficial publicado por Downing Street ni siquiera llegó a mencionar su nombre menospreciándole y situándole, de alguna manera, como el tercer interlocutor menos importante. “Esperamos con interés trabajar con los representantes de los Estados miembros, el Consejo y la Comisión para garantizar una salida ordenada del Reino Unido de la UE”, se limitó a decir un portavoz de la residencia oficial de Theresa May, quien ayer se encontraba en Roma como parte de la gira europea que está llevando a cabo para allanar precisamente el camino de cara a un divorcio que, como pronto, podría comenzar a tramitarse a principios del próximo año.

Claro que la nueva primera ministra británica tampoco ha elegido a un hueso fácil de roer para llevar a cabo las negociaciones. Barnier tendrá que tratar directamente con el gran euroescéptico David Davis, ministro del Brexit, una nueva cartera creada para la ocasión por el Ejecutivo de la nueva Dama de Hierro. Lo cierto es que ambos ya se conocen de antes. Barnier fue ministro de Europa en 1996 y Davis ocupó el mismo puesto para el entonces Gobierno de John Major. Las malas lenguas aseguran que, desde entonces, no guardan precisamente una bonita amistad.

Fue precisamente entre 1994 y 1997 –coincidiendo con las discusiones de las ampliaciones de la UE y la OTAN- cuando el británico forjó su gran euroescepticismo y fue tomando cada vez más peso en la formación. Disputó por primera vez el liderazgo en 2001, pero fue derrotado por Iain Duncan Smith. En 2005, lo intentó de nuevo, pero el arrebató el puesto un jovencísimo David Cameron. Cuando éste último le ofreció un puesto en el Ejecutivo de coalición con los Liberal Demócratas lo rechazó para poder criticarlo desde las bancadas traseras de la Cámara de los Comunes, donde siempre ha gozado de un gran respeto pese a no venir del mismo background que sus compañeros. Porque a diferencia de la gran mayoría de los diputados tories, Davis ni viene de familia acomodada ni estudió en colegio privado. Fue criado sólo por su madre y asistió a la universidad de Warwick con una beca militar, aunque luego completó sus estudios en Harvard.

Como ministro del Brexit, ha dejado caer que Londres podría bloquear la permanencia en el país de los ciudadanos comunitarios que lleguen antes de que formalmente se produzca el divorcio con Bruselas. En una de sus primeras entrevistas, reiteró que el Ejecutivo tendrá que actuar con determinación para frenar la posible llegada masiva de inmigrantes europeos ante el eventual cierre de sus fronteras, pues toda vez que se establezcan en la isla, podrían acogerse al derecho de libre circulación de personas. "Tal vez tengamos que plantear que ese derecho sólo se aplica a los llegados en una fecha determinada. No obstante, tendremos que tomar decisiones basadas en la realidad, no en la especulación", declaró el tory quien, pese a todo, se ha comprometido a obtener un "acuerdo generoso” para los comunitarios que residen en suelo británico y para sus compatriotas que viven en algún país del club comunitario.