La caída del «traidor» Tsipras

Los sondeos prevén una severa derrota del primer ministro heleno en los comicios de hoy. Los griegos no confían ya en un populista que no dudó en ignorar la mayoría de sus promesas para exigirles los más duros sacrificios.

Los sondeos prevén una severa derrota del primer ministro heleno en los comicios de hoy. Los griegos no confían ya en un populista que no dudó en ignorar la mayoría de sus promesas para exigirles los más duros sacrificios.

Fue el primer ministro que llegó para hacer la revolución y acabó aplicando a rajatabla las medidas que le impuso la «troika». Alexis Tsipras mantiene muy pocas, por no decir ninguna, posibilidades de ganar las elecciones de hoy, y su batacazo puede ser muy parecido al que sufrió en los comicios europeos y locales de apenas hace unas semanas, cuando una «ola azul» le arrebató gran parte de su poder.

Tsipras ha prometido en las últimas semanas de campaña hasta bajadas de impuestos, pero nada parece ser suficiente para sacarle de esos entre ocho y diez puntos de desventaja que todos los sondeos le han puesto de distancia con los conservadores. «Un Gobierno con las manos desatadas», ha llegado a pedir en sus mítines, sabedor de que pocos mensajes pueden llegar a una población que le ha visto recortar pensiones y salarios al dictado de los acreedores. De confirmarse las encuestas, la derrota del ídolo caído puede ser histórica. Nueva Democracia podría obtener directamente la mayoría absoluta gracias al sistema electoral griego, que premia con 50 escaños (de los 300 del parlamento) al partido vencedor. Esto haría innecesario el apoyo de fuerzas radicales como Amanecer Dorado o Solución Griega.

Lejos queda ya el año 2015, cuando la izquierda, el partido Syriza, por primera vez en la historia del país se hacía con el Gobierno. Esto no hizo sino llenar a la población –incluso a los que no habían votado por ella– de la sensación de que se podía acabar con la austeridad que había dejado al país noqueado desde el primer rescate: primero bajo el Pasok (que se derrumbó electoralmente) y después bajo los conservadores de Nueva Democracia (ND). Una Grecia sumida en las protestas continuas y el fuego y gases lacrimógenos en las calles de repente respiraba una nueva esperanza de la mano de un líder que no pertenecía a las grandes estirpes y grandes familias políticas griegas.

El tiempo ha querido la ironía de que a pesar de que Tsipras haya conseguido que Grecia salga de los programas de rescate, haya quedado dilapidado por el camino gran parte de su ascendiente sobre la opinión pública, su capital político. Su carisma nacido del idealismo se ha ido derrumbando cesión a cesión, derrota a derrota, y por ello ha pagado un precio más alto que cualquiera de los políticos tradicionales.

Tsipras es visto ahora como un traidor por gran parte de la izquierda, como uno de los mayores recaudadores de impuestos por la clase media y como un peligro para el país por la derecha. Poco sirve decir que a pesar de que el país sigue teniendo algunas rémoras del pasado, como un sector público demasiado grande y en gran parte ineficiente, Tsipras ha conseguido hacer de Grecia un destino más atractivo para la inversión extranjera, ha estabilizado el paro y la ha metido en la senda del crecimiento (aunque débil). Además el primer ministro ha hecho historia aprobando la ley de matrimonio de personas del mismo sexo y ha resuelto el histórico conflicto por el nombre con Macedonia del Norte, aunque esto le ha enemistado con los sectores más nacionalistas.

Todo un proceso en el que hay que remontarse al 26 de enero de 2015, cuando Syriza consigue una victoria inapelable en las urnas. Pablo Iglesias, que ve que las ideas de populismo de izquierdas pueden prosperar en varios frentes europeos antes de que lleguen las elecciones en España, se sube al escenario con él, quiere la foto de la punta de lanza contra la austeridad. Ambos triunfadores en las elecciones europeas antes que en la nacionales, ambos jóvenes y al mando de fuerzas que bien eran residuales (Syriza) o inexistentes (Podemos) antes de la crisis. El griego era la gran esperanza de la izquierda, las masas le aclaman en la plaza de la Universidad de Atenas. Muchos votantes de centro y derecha ven bien un cambio de rumbo. Muy pocos son los que no le dan al menos el beneficio de la duda.

El punto de inflexión fue sin duda el referéndum de julio de 2015, consecuencia de un Gobierno que se cree respaldado por la mayoría del electorado, y en cierto modo es verdad. En la calle se vivió como si Grecia hubiera ganado el Mundial. El «no» a la austeridad resonaba. Durante una noche en Grecia se había ganado a la troika. Alexis Tsipras alcanzó ahí su cumbre. Y desde entonces siempre ha ido cuesta abajo. Los griegos han sufrido su viraje tormentoso por la ruptura de esa gran promesa, por el tercer rescate, por la ruptura del partido, por la colaboración con Amanecer Dorado, etc. El primer ministro se ganaba cada vez más su fama de superviviente. Pero su gesto era cada vez más serio. Y el sacrificio exigido a su país ha sido inmenso.

Hoy, los casi diez millones de griegos convocados a las urnas, parecen dispuestos a vengarse. Aunque Tsipras ha aprobado en junio, a contrarreloj, un bonus para pensionistas y recortes de impuestos, aunque ha prometido en campaña nuevos incentivos a las clases medias, las más castigadas, no parece convencer a nadie. Ha perdido buena parte de su credibilidad, un pecado para todo político con aspiraciones. Además, es la misma promesa que su rival conservador y máximo favorito, Kyriakos Mitsotakis, y éste, al menos, tiene el beneficio de la duda. Y ha ido más lejos en sus propuestas, como la reducción de las cotizaciones sociales, del impuesto de Sociedades del 28% al 20% o la bajada del IRPF a las clases más humildes.

El Gobierno de Syriza ha reducido el paro del 27% al 18%, pero gran parte de los empleos son a tiempo parcial o precarios. El 59% de los griegos cobra hoy menos de mil euros al mes e incluso una cuarta parte no llega a 500. Los ciudadanos llegan exhaustos a esta cita electoral, y buscan la esperanza en el otro lado del espectro político, en Nueva Democracia.

Los años han pasado y el primer ministro griego que finalmente se puso la corbata cuando el término del rescate era inminente es más reconocido fuera de Grecia que dentro del país. En Bruselas es apreciado por su cintura política, dentro es el camaleón político que no ha sabido paliar las consecuencias más duras de la crisis para sus ciudadanos.