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La vuelta del peronismo

Mauricio Macri hizo un esfuerzo extraordinario en las últimas semanas de la campaña electoral para convencer a los argentinos de no caer en el mismo error, de no tropezar con la misma piedra que sumió al país en la corrupción años atrás. No lo ha logrado. Ha regresado el peronismo al poder en Argentina. Para la comunidad internacional, en general, resulta sorprendente pero, al final, comprensible.

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¿Por qué sorprendente? Sencillamente porque la mayoría de los argentinos ha elegido a un candidato que tiene como acompañante de fórmula a una de las políticas más corruptas de la historia recientes del país. Han elegido a Alberto Fernández, un político que perteneció a uno de los Gobiernos con mayores acusaciones de manejos ilícitos. Nos referimos al período kirchnerista que comprendió los años 2003-2015. Doce años, tres períodos de Gobierno, con un manejo de la economía irresponsable. Con una bonanza que alivió el bolsillo de los argentinos por unos años – aquí se argumenta lo comprensible–, pero que dejaron índices preocupantes. Los argentinos han preferido soluciones inmediatas a pesar de la irresponsabilidad y posible corrupción del Gobierno venidero. Han decidido evitar el sacrificio. ¿Es real el descenso en la calidad de vida en el país austral? Es totalmente cierto y no resulta una mentira cuando el candidato peronista lo denunciaba durante la campaña. ¿Es verdad que hubo errores del macrismo para afrontar los desafíos que demandaba el país? También es totalmente cierto. Macri ha cometido errores de cálculo político, ha sobrestimado la confianza de los mercados internacionales con respecto a la inversión en el país. Y ha cometido serios errores de comunicación, dejando vacíos importantes en la opinión pública, que no comprendió el plan de Gobierno ni los argumentos para justificar semejantes recortes y petición de sacrificios.

Quedará siempre la duda sobre él éxito del macrismo en esta elección, en caso de que las cosas se hubiesen hecho mejor a pesar del sacrificio. Por ejemplo, si no se hubiese ocultado la tormenta que se avecinaba. Así, el peronismo aprovechó esos errores y emprendió la tarea que mejor saber hacer: ganar elecciones a través de una organización sólida, a través de compromisos con distintos actores sociales y por la reunificación de fuerzas más allá de lo ideológico.

A partir de diciembre, el reto del presidente electo, Alberto Fernández, será estabilizar la economía en primer lugar. Posteriormente, deberá «limpiar» la imagen de un peronismo manchado de corrupción. Para esto, será difícil conciliar a las fuerzas más radicales –la Campora, por ejemplo– con los sectores más intelectuales o tecnócratas, es decir, perfiles parecidos a él. Por otro lado, el futuro del presidente saliente resulta incierto. Por ahora, no parece que será víctima de persecución judicial. Pero su imagen quedará para la historia como aquel que no logró convencer que a veces, si un país quiere progresar, debe pagar un costo importante, debe someterse a sacrificios inevitables.