Los fantasmas del pasado resurgen en Bélgica

Bélgica volvía ayer a verse sacudida por el horror. En los últimos meses, la ausencia de nuevos ataques había hecho olvidar que la bestia del yihadismo seguía viva. Tras la grave crisis institucional desatada tras el doble atentado del 22 de marzo de 2016 en la estación de metro de Maelbeek y el aeropuerto de Zaventem, todo parecía indicar que el país había aprendido de sus errores y mejorado la coordinación de sus Fuerzas de Seguridad.

En enero de 2018, Bélgica rebajaba su nivel de alerta terrorista del 3 al 2 (de un máximo de 4) por primera vez desde el año 2015 al alegar que no se habían producido atentados en suelo europeo en los tres meses anteriores. Ayer, la OCAM, el órgano que mide la amenaza terrorista, decidió que este nivel permaneciera intacto, lo que significa que las autoridades siguen calificando la posibilidad de un atentado de «improbable». Desde enero de este año, aunque los militares han seguido patrullando las calles, el número de efectivos ha sido menor y la alta vigilancia se ha concentrado en los lugares considerados estratégicos como actos públicos o las centrales nucleares. Las autoridades incluso han llegado a repartir de manera gratuita pastillas de yodo a la población ante un eventual riego nuclear propiciado por un ataque yihadista.

El nivel de amenaza llegó a subir al máximo –«seria e inminente»– en 2015 tras los atentados del mes de noviembre en París. Las autoridades belgas decretaron el cierre del metro, centros comerciales, colegios y centros públicos y el país quedó sumido en un sui generis toque de queda. El nivel fue rebajado y volvió a alcanzar su cénit tras los ataques sufridos el 22 de marzo. En esta fecha sus ciudadanos vivieron sus días más amargos y se sumieron en un agrio debate sobre la descoordinación de las fuerzas policiales, fruto de la fragmentación administrativa del Estado federal belga y las tiranteces entre flamencos (norte del país, habla neerlandesa) y valones (francófonos del sur). Ayer volvían los viejos interrogantes. La prensa belga vuelve a preguntarse si el ataque podía haberse evitado y clama contra los pocos esfuerzos en evitar la radicalización en las cárceles, una de las vergüenzas del país por el confinamiento de los detenidos y la falta de recursos.