Los recuerdos quemados de Osetia del Sur

Desde aquel verano de 2008, Rusia controla el 20% del territorio georgiano. Muchos ven en la ofensiva rusa los inicios de los deseos expansionistas de Vladimir Putin. La mayoría de los 160.000 desplazados internos, diez años después, no han podido volver a sus hogares.

Una mujer grita después de que un avión de guerra ruso lanzase una bomba contra un bloque de apartamentos, matando al menos a cinco personas, el 9 de agosto de 2008
Una mujer grita después de que un avión de guerra ruso lanzase una bomba contra un bloque de apartamentos, matando al menos a cinco personas, el 9 de agosto de 2008

Desde aquel verano de 2008, Rusia controla el 20% del territorio georgiano. Muchos ven en la ofensiva rusa los inicios de los deseos expansionistas de Vladimir Putin. La mayoría de los 160.000 desplazados internos, diez años después, no han podido volver a sus hogares.

Ivane Kopadze tenía sólo 18 años aquel verano de 2008. Estudiaba Derecho y, en junio, hizo voluntariamente un curso militar para reservistas. El último día, el capitán les dio un discurso en el que subrayó que ya estaban listos para servir a su país si eran llamados a filas. Lo que nunca pensó Kopadze es que iba a ser necesario tan pronto. La noche del 7 al 8 de agosto, después de una escalada de tensión entre las provincias separatistas prorrusas y el entonces presidente Mijail Saakashvili, el Ejército georgiano intentó tomar Tsjinvali, capital de Osetia del Sur. La respuesta de Moscú fue arrolladora y desmedida. «El 9 de agosto, se declaró la ley marcial en Georgia, lo que significaba que todos los reservistas debían presentarse en su patria para defenderla», recuerda Kopadze a LA RAZÓN. «Actué en consecuencia. Fui directo a una comisaría militar a primera hora de la mañana». Le informaron de que ya lo coordinarían, que estaban sobrepasados, pero que esperase su llamada en casa. «Volvía a mi hogar, en Gori, cuando de repente, no sé por qué me paré y me senté a unos 800 metros de mi casa. Esos segundos me salvaron la vida. Sobrevolaron unos cazabombarderos rusos y soltaron una enorme bomba. Vi cómo la mitad de mi edificio se colapsaba delante de mí. Mis vecinos, con quienes había chateado dos horas antes, gritaban pidiendo ayuda», recuerda Kopadze. «Mis padres, desorientados, no se acordaban de que yo había salido y me buscaban desesperados entre los cadáveres. Nunca olvidaré sus caras cuando me vieron vivo». Kopadze no sintió miedo, el joven reconoce que se quedó mudo, paralizado por la ira de no poder hacer nada. «Ni era médico para ayudar a mis vecinos ni tampoco podía ayudar a mi país con mis estudios de Derecho, pues el invasor violó la legislación internacional frente al mundo».

Gori, a 80 km de la capital, fue una de las ciudades que junto a Poti y Zenaki, más sufrieron la furia de Rusia. La guerra abierta duró cinco días hasta que se firmó el plan de paz impulsado por Francia. Pero lo cierto es que el conflicto nunca se ha cerrado. Desde Odzisi, a dos horas de Tiflis, se puede observar cómo las tropas rusas se han multiplicado en Osetia del Sur. Han construido bases y barracones, en los que viven unos 500 militares rusos y sus familias. En total, son 19 las instalaciones castrenses de este tipo. En la «frontera» para los rusos, «línea de ocupación» para los georgianos y «línea de demarcación administrativa» para la Misión de Observación de la Unión Europea (EUMM) cruzan a diario unas 400 personas. La misión europea intenta que se cumpla el alto el fuego y facilitar la vida de los residentes de la zona. De vez en cuando se viven «arrestos» para los rusos, «secuestros» para los georgianos e «incidentes» para la EUMM.

Y aunque las autoridades georgianas buscan la reconciliación, esta guerra sigue siendo una profunda herida abierta. La vida de Teo Gherkenashvili es un ejemplo perfecto. Ella vivía con su familia en Tsjinvali. «La guerra no empezó de un día para otro, ya en julio vivimos tiros y explosiones. Nos tuvimos que guarecer en el sótano. El 1 de agosto fue el peor día, hubo una fuerte explosión tan cerca de casa... Mi madre, mis hermanos y yo huimos el 4 de agosto a Tiflis, donde vivía una tía. Mi padre aguantó hasta el 8 y mi abuela mantenía que todo iría bien, por lo que se quedó. Hasta que soldados surosetios y rusos quemaron mi casa y obligaron a mi abuela a ser testigo. Ese día borraron todos nuestros recuerdos, nuestra infancia y su vida, pues ése hogar lo construyeron mi abuelo y mi abuela con sus propias manos». Gherkenashvili confiesa que aunque no la hirieron físicamente, su abuela no volvió a ser la misma desde aquel traumático episodio. Su familia fue reubicada en un colegio, en el que vivieron cuatro meses gracias a ayudas y alimentos básicos del Gobierno. «En 2009 nos fuimos al asentamiento para Personas Desplazadas Internas (IDP) de Tserovani», donde vive en la actualidad. La joven, que ahora es socióloga, reconoce que al principio fue muy duro vivir en esos complejos, todos iguales y tan impersonales. También porque empezaron de cero. Sus padres dejaron mucho dinero y joyas en casa, creyendo que volverían pronto. «Durante el primer año pensé que regresaríamos a casa y que todo iría bien, pero después perdí la esperanza. Ya no hay nada y no creo que el Gobierno georgiano vaya a resolver el problema. El territorio está perdido. Aunque desearía volver, no creo que jamás vea donde me crié».