Más lejos de Europa

A un año de las próximas elecciones europeas, los españoles confiamos cada vez menos en el futuro del club comunitario. Parece que aún sentimos los colores, pero no tenemos ilusión.

A un año de las próximas elecciones europeas, los españoles confiamos cada vez menos en el futuro del club comunitario. Parece que aún sentimos los colores, pero no tenemos ilusión.

Faltan exactamente once meses para que los europeos vayamos de nuevo a las urnas y lo mejor que podemos decir a estas alturas es que no hay ambiente ninguno. Los españoles llevamos más de tres décadas años en la Unión Europea y cada año que pasa nos vemos menos concernidos por los asuntos comunitarios. Si en 1987 votó el 68,52 por ciento de la población, en 2014 lo hizo el 43,81%. Esto quiere decir que entre nuestra primera cita europea y la última el interés ha descendido casi un 25%. Por ponerlo en contexto: nuestra participación en las elecciones generales sólo ha bajado del 78,83% (1977) al 69,84% (2016). Todo un descalabro por tanto aunque, afortunadamente, nuestra pereza para acudir un domingo a elegir a los miembros del Parlamento de Estrasburgo no es directamente proporcional a nuestra pasión por la UE.

Los españoles seguimos sintiendo los colores. Según un Eurobarómetro publicado por la Comisión Europea, el europeísmo patrio está por encima de la media europea. Pero nuestro amor no es incondicional ni mucho menos; desde el pasado otoño, hemos bajado seis puntos porcentuales, el mayor descenso registrado en toda la UE.

Quizá esta pérdida de confianza tenga que ver con que pensamos que nuestra voz no cuenta. Nos ilusiona el proyecto europeo, creemos que estamos mejor dentro que fuera, pese a que no nos convence la toma de decisiones.

La crisis de los refugiados, el Brexit, el auge de los populismos de toda condición y otros dramas de este siglo han hundido en gran medida los cimientos de la construcción europea. Llama poderosamente la atención que, según el citado barómetro, ni Francia, ni Alemania, ni Italia encabecen la lista de los más optimistas sobre el futuro de la UE. Los países que se inventaron una propuesta revolucionaria tras la IIGM han perdido gran parte de la fe que tenían depositada en ella.

Aún así, no está todo perdido. La citada encuesta refleja que hay razones para la esperanza: la confianza media de los europeos se ha incrementado en un punto, el nivel más alto desde otoño de 2010. Un empujón que hemos de agradecer a 19 países que no mandan en las estructuras de poder.