Vaclav Klaus: «Soy muy crítico con la UE, pero no con Grecia»

Entrevista con el presidente de la República Checa

«Los griegos no son culpables de la crisis de la moneda única, sino que son sus víctimas»
«Los griegos no son culpables de la crisis de la moneda única, sino que son sus víctimas»

MADRID- Más próximo a las tesis de los euroescépticos británicos que ningún otro líder de la UE, Vaclav Klaus despertó la irritación de sus homólogos europeos cuando en 2009 retrasó lo más que pudo la firma del Tratado de Lisboa. Pero su desconfianza hacia el proceso de integración europea viene de lejos. Aunque como primer ministro solicitó en 1996 el ingreso de la República Checa en la UE, evitó dar una consigna de voto en el referéndum celebrado en 2003. De visita en Madrid para presentar su libro "La integración europea sin ilusiones"(Editorial Club Universitario), Vaclav Klaus (Praga, 1941) concedió a LA RAZÓN una distendida entrevista en la que se confundían el estadista y el profesor universitario. Contrario a la deriva "centralista""burocrática"y "estandarizadora"en la que, en su opinión, ha caído la UE, el presidente checo aboga por regresar a la cooperación intergubernamental y evitar los experimentos federalistas

-Está acostumbrado a desatar la polémica con sus declaraciones e ideas contrarias al «establishment» europeo. ¿Prefiere definirse como un euroescéptico o un disidente?

-En nuestra región, los disidentes eran perseguidos por el régimen comunista, por lo que prefiero obviar ese término. Soplo contra el viento en la Europa actual, pero no creo que esté solo. Quien está ahora aislada en Europa es Bruselas. Creo que millones de personas piensan de manera muy similar a mí. No estoy tan aislado en la política, lo que pasa es que la filosofía políticamente correcta es estar en el otro lado. Hace unos meses estuve en una cumbre en Laos entre los líderes de la ASEAN y la UE. Uno de ellos me comentó que estaba de acuerdo con el 95% de mi libro y otro que lo tenía intencionadamente en la mesa de su despacho para provocar a los visitantes. Les dije que no había escuchado nada de esto en sus discursos y me respondieron que sería imposible ahora en sus países.

-¿Cree que falta debate en la UE?

-Hay una falta fundamental de debate. El consenso de Bruselas permite discutir detalles, pero no asuntos sustanciales. La UE es muy diferente a la época comunista. Pero bajo el comunismo también se podían discutir detalles, pero no lo fundamental, porque si lo hacías eras enviado al Gulag. No soy amigo del sistema europeo actual, como tampoco lo fui del régimen comunista.

-Merkel y Barroso creen que la respuesta a la actual crisis es profundizar más en la integración europea. ¿Usted qué opina?

-Es un error. Estoy en desacuerdo en un cien por cien. No es necesario desarrollarlo.

-En su libro dice que la crisis griega es sólo la punta del iceberg...

-Soy muy crítico con el desarrollo europeo, pero no critico a Grecia, que no es la culpable de la crisis de la moneda única, sino que es su víctima. Grecia se ha comportado como lo ha hecho durante siglos. Pero ha cometido un trágico error: entrar en la eurozona. Cada cierto tiempo, los griegos devaluaban el dracma y ya no pueden hacerlo. En vez de discutir los problemas del sistema, se discute sobre los problemas de Grecia. En los 35 años anteriores al nacimiento de la moneda única, los países miembros del euro devaluaron sus monedas un 82%. Los problemas de la zona euro eran previsibles. Ahora ya no se pueden hacer devaluaciones con un cambio común, lo que es una insensatez económica. Los deseos de que una economía muy heterogénea se transformara en una homogénea resultaron fallidos.

-¿Sobrevivirá el euro a esta crisis?

-No hay solución para el euro bajo el sistema actual. No importa que los ministros de Finanzas sean más o menos imaginativos.

-Sostiene que el europeísmo es una ideología no liberal, pero los países de la UE se han unido a ella libremente...

-Claro, aceptamos entrar tras un referéndum, pero explicar esto en Dinamarca, Austria u Holanda es muy difícil. Tras el régimen de Franco, España quería desesperadamente ser aceptada en Europa como un país normal, lo que significaba entrar en la Comunidad Europea. Lo mismo ocurrió en muchos países del centro y este de Europa tras la caída del comunismo. Teníamos que participar en el proceso de integración europea. Hace quince años dije irónicamente que queríamos entrar en la UE para iniciar una revolución desde dentro.

-¿Cree que existe un sueño europeo?

-No creo que haya sido formulado, pero defiendo que vivo en el continente europeo. El sueño europeo es una frase vacía propia de lo políticamente correcto. En cambio, estoy a favor de unas relaciones amistosas entre los vecinos y en la cooperación intergubernamental. Éste es mi sueño europeo, no que Van Rompuy o Barroso organicen nuestras vidas desde Bruselas.

-¿Considera que la UE se merece el Premio Nobel de la Paz?

-Eso es una broma. Es imposible responder seriamente a esta pregunta.

-¿No cree que hoy en día el concepto de soberanía nacional está pasado de moda?

-Absolutamente, no. Es un error supranacionalizar la democracia. No es posible tener una democracia a nivel continental, sino que existe en cada país. La soberanía es parte de la historia de nuestros Estados-nación. Creo en la cooperación, pero no considero que una cooperación cada vez mayor sea una solución.

-¿No deben los países europeos ceder soberanía para que Europa sea un actor global y no un continente irrelevante?

-Es un error completo. Nadie quiere ser un actor global.

-¿Cuál es el balance de ochos años de pertenencia de la República Checa a la UE?

-En términos económicos y políticos, el mayor progreso se ha hecho entre 1989, cuando cayó el comunismo, y 2004, cuando ingresamos en la UE.

-¿Por qué no ondea la bandera europea en el Castillo de Praga, donde está su despacho oficial como jefe de Estado?

-[Ríe] Yo fui elegido presidente de la República Checa, no soy un virrey impuesto por una potencia o imperio extranjero.

El «enfant terrible» de Europa

Economista y padre de dos hijos varones, Vaclav Klaus ha protagonizado la vida política checa desde 1989. Fue el primer ministro de Economía tras la caída del comunismo, fundó en 1991 el partido Democrático Cívico (ODS, conservador), negoció como primer ministro la división de Checoslovaquia en 1993, y presidió el Parlamento antes de suceder como jefe de Estado a su eterno enemigo, Vaclav Havel, en 2003.