La aventura portuguesa de Víctor Erice

El cineasta indaga en la memoria de los trabajadores de una fábrica textil cerrada
El cineasta indaga en la memoria de los trabajadores de una fábrica textil cerrada

Quién diría que Víctor Erice fuera a ser un día un director por encargo. Claro que la ocupación no era poner imágenes a un nuevo superhéroe, sino conmemorar la capitalidad cultural europea de la ciudad de Guimarães en Portugal durante 2012. Sus compañeros tampoco eran directores capaces de firmar un taquillazo: Aki Kaurismaki, Pedro Costa y Manoel de Oliveria. Así au menta una exigua cinematografía, que, sin embargo, no le ha impedido ser tachado de maestro. Hace unos años también participó en otro filme coral, «3.11, a sense of home», sobre el desastre de Fukushima, y muy poco más (aparte de dos cortos: «Sea-Mail» y «La morte rouge»). «Nos dieron una especie de directriz: qué somos a través de nuestra memoria y qué podemos hacer para compartirla con los demás. Cada director tenía absoluta libertad, incluso para no rodar en la ciudad», comenta el cineasta. Erice optó por los antiguos trabajadores de una de las fábricas textiles que cerraron a principios de 2000.

Durante aquella experiencia descubrió que «la cultura portuguesa tiene algo de lo que carecemos en España, y que sería complemento ideal para una expresión verdaderamente ibérica: el sentido de lo crepuscular, que ellos poseen con una sensibilidad extraordinaria». Para prepararse volvió a leer la correspondencia entre Miguel de Unamuno y Manuel Laranjeira, unos textos que calificó como «una referencia para mí primordial del diálogo posible entre España y Portugal». «Unamuno decía que Portugal era un pueblo de suicidas, y su amigo se terminó suicidando. Ahí podemos ver el drama de una inteligencia lusa lúcida que no encuentra otra forma de redención ante la imposibilidad de una revolución».

No manipular

El cineasta se entrevistó con buena parte de los trabajadores que, tras el cierre de la fábrica, dejaron a la región bastante deprimida económicamente. Recuperó testimonios que impresionaron a alguien tan preocupado por la memoria: «Eran testimonios extraordinarios pero muy largos, que podían haber dado una película muy interesante de dos o tres horas. Como máximo tenía que hacer una película de 25 o 30 minutos, y como no soy partidario de manipular en exceso los testimonios de la gente, y trato de alejarme de lo que se entiende hoy como reportaje televisivo, adopté una estrategia: todo lo que en ella se dice es un texto, está escrito de antemano. En algunos casos, el texto refleja exactamente la experiencia personal, en otros para nada», explica.

Pedro Costa, otro de los cineastas que participan en el proyecto, explica que proviene del sur de Portugal, pero que Guimaraes, por haber protagonizado grandes capítulos de la historia de su país, es conocida por todos sus compatriotas: «Esa ciudad es para los portugueses un símbolo muy fuerte, demasiado connotado». Por eso optó evitar el paisaje urbano y filmar dentro de un ascensor, «alejado de todos los clichés posibles». Junta en el habitáculo a un inmigrante y a un soldado portugués. Aki Kaurismäki dirige «El tabernero», el retrato silencioso de un hombre que regenta una tasca solitaria en el centro de la ciudad, mientras Manoel de Oliveira prefiere ironizar con las hordas de turistas que visitan la urbe.