La gran escapada de Elena Anaya

Si hay un tópico manido por los actores, incluso por los que hacen cine de puro entretenimiento, es que lo único importante es la historia. Elena Anaya puede presumir, con razón, de no hablar por hablar. Estrena una película argentina más que independiente, rodada a toda velocidad en cuatro semanas, días después de acabar otro pequeño proyecto en Escocia, y antes de ir a filmar a Nueva Zelanda. El primer reto de «Pensé que iba a haber fiesta» es medirse con actores argentinos de la talla de Valeria Bertucelli y Fernán Mirás: «La escuela actoral de ese país es increíble. Casi todos los profesores de interpretación que hay por España son argentinos. Tenemos que aprender mucho de ellos porque, además, tienen un gran respeto por el oficio, mientras que aquí lo de ser cómico siempre ha estado mal visto, especialmente antes. Se consideraba una desgracia para la familia», dice la protagonista de «La piel que habito». Disfrutó de la ciudad de Buenos Aires, de su ebullición cultural permanente, pero mucho menos de lo que le hubiera gustado, según admite, es lo que tiene viajar por trabajo y que el presupuesto no dé ni para una secuencia más de las planificadas. Así que el ritmo de ensayos fue intenso y el de rodaje, vertiginoso. «He aprendido cómo sacar adelante un proyecto pequeño, que aunque es tan personal, la directora ha sabido tirar para adelante, a pesar de la escasez de presupuesto. Todo se consigue cuando hay mucho talento y gente que te apoya».

Al otro lado de la puerta

Anaya ha cruzado el océano para interpretar a una actriz con poco trabajo que se hace cargo de la casa de una amiga mientras ésta se va de vacaciones, para aislarse, sin presentir que el destino va a llamar a su puerta en el momento en que el ex de la dueño de la casa toca el timbre. «Es uno de esos personajes que cuando lees el guión te preguntas cómo hacerlo porque hay mucho que no está escrito y que el director quiere que saque, que hay que contar con la mirada. Se trata de una persona libre, que ha tomado sus decisiones, que aparentemente está bien, pero que realmente está muy sola». Como en tantas historias reales y de ficción el peso de la familia es fundamental: «Desde pequeña le han contado que las cosas les salen al resto bien pero a ella no, y creo que ha dejado atrás un desgaste familiar muy acusado. Lo cierto es que aunque te vayas a un lugar lejano, como puede ser Argentina, lo sigues arrastrando. Aunque, de repente, se encuentra con la persona que más puede sorprenderle», añade. Y ahí empieza la tragedia o, al menos el dilema moral, ¿es lícito coquetear con el ex de tu mejor amiga aunque ella ya no siente ningún tipo de atracción por él, y aunque tengan una hija en común? «Es un tema que levanta ampollas, tengas la edad que tengas y te dediques a lo que te dediques», aporta la protagonista.

La actriz dejó su caché de nueva chica preferida por Almodóvar para abrazar una historia casi mínima de una realizadora que admiraba por su particular punto de vista, ya plasmado en dos filmes, «Cerro Bayo» y «Amorosa soledad». «Me gustó mucho conocer a una directora con una mirada personal que había podido disfrutar en sus anteriores películas, con diálogos que son muy pequeños y si hablan no es de lo que está pasando. Y un foco puesto en un sitio poco común: en dos polos opuestos, una mirada peculiar y privilegiada», continúa la actriz.

Disciplinada, pero sincera, Anaya no tiene problemas en admitir que tiene sentido del ridículo: «La escena que más me costó rodar fue el baile. La odiaba desde el guión, aunque me parece que era un acierto para la historia, odio bailar y, sin embargo, era la única secuencia que la directora quería ensayar. Me hizo practicarla varias veces y luego me dijo: ¿Qué quieres hacer? Y le respondí que quería hacer algo muy distinto, se lo propuse y ante la carcajada de todo el equipo por ver a aquella pulga saltando haciendo giros extraños, aceptó mi propuesta», dice en alusión a una secuencia que es lo menos parecido a una sesión de baile que podamos ver en una discoteca, por lo aparatoso y escasamente natural. La principal consigna durante el rodaje fue la naturalidad extrema, según recuerda: «Cuando tienes unos actores que sólo con leer un guión son capaces de decir el texto con esa naturalidad, con esa caradura, cómo es posible que lo digas de forma que no está escrito, que parece que se te acaba de venir a la cabeza. Es algo que nos pidió la directora y que todos, en la medida que pudimos, lo mantuvimos».