China, a la caza de una mente prodigiosa

China busca el gen de la inteligencia a través de muestras de ADN de superdotados

Mas de 2.000 muestras de ADN esperan para ser secuenciadas en una nave industrial de Schenzen, cerca de Hong Kong. Todas proceden de personas con una inteligencia muy superior a la media. Si el Cociente Intelectual (CI) de la mayoría ronda el 100, en este experimento la cifra no baja de 150. En el Instituto Genómico de Beijing (BGI) aspiran a aislar el genoma de la inteligencia como antes hicieron con los gusanos de seda, el oso panda y la soja. Y tienen planeado darlo a conocer antes de que llegue el verano.

El director de esta investigación que parece sacada de una novela de Isaac Asimov es Zhao Bowen, un joven chino de apenas 20 años con la personalidad excéntrica de los genios. Atraído por la Ciencia, Bowen abandonó el colegio cuando aún era un niño para hacer prácticas en la Academia China de Ciencias Agrícolas. Pronto pasó de limpiar los tubos de ensayo y departir con los estudiantes de postgrado sobre los libros que le prestaban a participar en los ensayos.

Con 15 años ya vio publicado un estudio sobre el genoma del pepino en la revista «Nature Genetics» en el que había participado. Según el diario «The Wall Street Journal», este «enfant terrible» de la genética habla un inglés perfecto que aprendió a ratos y sin la ayuda de un profesor. Su primera incursión en el mundo del ADN humano fue un fracaso rotundo porque no llegó a obtener las muestras necesarias para identificar los genes responsables de la capacidad intelectual. Bowen trató de recolectar las muestras en colegios de niños superdotados ante el horror de los padres, que no accedieron a que a sus pequeños Einstein les sacaran sangre. La mayoría del ADN que analiza en estos momentos el BIG procede de ciudadanos estadounidenses, lo que demuestra que la colaboración científica entre el gigante comunista y el paradigma del capitalismo va viento en popa.

El doctor norteamericano Robert Plomin, del King's College, contribuye al experimento chino con 1.600 muestras que fueron recogidas durante décadas de niños que destacaban en matemáticas. Sólo una de cada 30.000 personas en el mundo tiene el potencial requerido para el proyecto. Se trata de comparar los genes de estas mentes prodigiosas con los de ciudadanos normales para identificar a los responsables de la calidad del intelecto.

Pero cuando se trata de conquistar el mapa genético, hay mucha cuestiones éticas que se interponen en el camino. En este caso, se abre la posibilidad de seleccionar embriones con una mayor capacidad de aprendizaje en una suerte de ingeniería genética que produciría bebés superdotados.

En declaraciones a «The Times» esta misma semana, el «Bill Gates chino» aseguró que «puede parecer que estamos haciendo algo que va contra natura, que China quiere cultivar genios o algo así, pero no es el caso. No se puede decir si la ciencia es buena o es mala, simplemente es el instrumento con que contamos para llegar a la verdad. Nos conduce a una realidad que ya existe, el mundo está ahí hagamos lo que hagamos. La ciencia en sí misma no es mala, aunque puede serlo si la aplicamos mal».

Uno de los detractores de esta «joint venture» chino-americana es Jeremy Gruber. Presidente del Consejo de Genética Responsable, con sede en Cambridge, Gruber considera que «hay muchas formas de hacer un mal uso de los resultados de investigaciones como ésta, por ejemplo la selección de embriones, decidir quién nace y quién no». En conversación telefónica con este periódico, el profesor rebaja considerablemente las expectativas creadas por el estudio del joven Zhao porque, en su opinión, las causas de la inteligencia son muy complejas, intervienen múltiples factores ambientales «y nada hacer pensar que en el medio plazo sea posible desentrañar el factor genético». En el caso del gen que determina la altura, hicieron falta más de 10.000 pruebas de ADN para empezar a cosechar resultados. La conclusión fue que existen hasta 1.000 variaciones que intervienen en que una persona sea más o menos baja.

Jeremy Gruber está de acuerdo en que la ciencia no puede tener límites relacionados con la ética o la moral, al menos en un nivel experimental. «No debe haber líneas rojas en la investigación, el problema está en la forma de vender las conclusiones a la opinión pública incluso antes de extraerlas. Ahí sí se puede hacer mucho daño», advierte.

Lo cierto es que el precoz director del BGI también admite sus limitaciones. En una entrevista con «The Times», Bowen reconoce con modestia que su cociente intelectual es de 135, a cinco puntos de los 140 que tiene un Premio Nobel (Albert Einstein tenía 160, igual que Bill Gates). «La verdad es que todo es mucho más complejo que decir ''mira, estos son los genes de los genios''. Hablamos de centenares, posiblemente miles de genes y mutaciones, cada una con un mínimo efecto en el CI. Seguro que habrá quien le diga a los padres que puede crearles un bebé más listos manipulando embriones, pero eso no será posible técnicamente hasta dentro de varias décadas», afirma.