«Cuando el hombre quiso ser Dios», por César Vidal

La Razón
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El deseo de crear a un semejante para servirse de él está arraigado en el ser humano desde hace milenios

El relato del libro que los judíos conocen como Bereshít y los cristianos como Génesis señala que la clave para que Satanás pudiera arrastrar a los primeros seres humanos fue la promesa de que serían «como Dios». En otras palabras, no sólo podrían establecer su propia ética autónoma sino que además contarían con un poder creador. El que la promesa no se cumpliera no quiere decir que el ser humano no haya soñado con convertirla en realidad a lo largo de los siglos. Especialmente, porque el ser humano ha soñado siempre con que ese ser creado para él se convirtiera en un objeto a su servicio. Quizá la primera noticia de la creación de un ser humano artificialmente con la única finalidad de servir a otro se halle en la Epopeya de Gilgamesh.

Este texto milenario relata cómo la conducta irregular del héroe mesopotámico llevó a sus vecinos a suplicar la modelación de un ser humano que satisficiera sus necesidades y les proporcionara un respiro. Lo consiguieron. Un ente especialmente diseñado con esa finalidad y llamado Enkidu se convirtió en la solución del problema. Con todo, posiblemente el mito más desarrollado en realidad con la capacidad humana para crear un ser humano y someterlo a sus deseos sea el del Golem. La palabra hebrea es empleada en el salmo 139:16 para referirse sólo a un pedazo de materia amorfa. Sin embargo, acabó adquiriendo otros significados.

En el Tratado Sanhedrín 38b del Talmud, el Golem es ya la materia prima previa a la creación de Adán. El judaísmo intentó desanimar el intento de producir un ser humano de ese material primigenio señalando que el producto sería incapaz de hablar.

Sin embargo, la tentación era tan acusada que durante la Edad Media se fue desarrollando la tesis de que la materia informe podría convertirse en un ser humano mediante la utilización de un ritual que incluyera, por ejemplo, colocar el Nombre impronunciable de Dios en la boca o la frente del Golem. Eleazar ben Yehudah de Worms relató cómo fabricar un Golem en su Sodei Razayya a finales del s. XII. En el siglo XIV, de Rabbi Yakov ben Shalom, un rabino de origen alemán que se estableció en España, se afirmaba que había conseguido crear un Golem. Con todo, la descripción más antigua de la creación de un Golem por un personaje histórico se refiere a Rabbi Elyahu de Chelmno a mediados del siglo XVI.

Crear un nuevo ser humano partiendo de la materia primigenia era posible y así se siguió repitiendo en relatos como el referido al Golem de Praga o el de Vilna. En todos los casos, sin embargo, subyacía un temor, el de que semejante intento de imitar al creador concluyera con un desastre porque, a fin de cuentas, no se puede ser Dios. Esa misma visión es la que se percibe en la balada de Goethe conocida como El aprendiz de brujo que inspiraría el scherzo musical de Paul Dukas y uno de los cortos más extraordinarios de Walt Disney. Como con Gilgamesh o el Golem, el aprendiz intenta someter a sus deseos a una escoba para que realice las tareas domésticas que le ha encomendado el hechicero al que sirve.

Sin embargo, las escobas comienzan a multiplicarse y el osado mozalbete no tarda en perder el control de la situación. La moraleja es la misma de siempre. Quizá el hombre pueda en un día determinado producir a otros seres que estén sometidos por definición a servirlo. Sin embargo, de creer los citados relatos, el destino de esa decisión será trágico. Una lección tantas veces repetida no puede ser pasada por alto impunemente.