El asesino vivía en Río de Janeiro

Manuel Rodríguez
Manuel Rodríguez

Manuel M. no había cumplido un año cuando su familia se trasladó a vivir al País Vasco. Allí, como casi todos los niños, Manuel creció queriendo ser policía. A diferencia de casi todos, sin embargo, de adulto no olvidó sus planes infantiles. Estudió en la Academia de Policía de Santander y al terminar le asignaron Bilbao como destino. Un lugar complicado para ser policía nacional en los años 80, pero que para él era gratificante: estaba cerca de su familia y su labor nada tenía que ver con la detención de terroristas. En 1988, Manuel M. era un hombre soltero, no había cumplido los 30 años, jugaba sus partiditos de fútbol y, sobre todo, ejercía una profesión que le gustaba. Aún podía creer que uno puede ser lo que se proponga en la vida.

Manuel M. se arrepiente. Al principio dice que sí, pero luego cambia de idea, llama y asegura que finalmente prefiere no posar para este reportaje. La detención del etarra José Ángel Vizán en Brasil le ha despertado los recuerdos. Los malos rescuerdos: los que se esconden o se guardan, pero que nunca se van. Son los que le remueven todo. «Yo siempre seré policía», dice desde el teléfono, con voz dubitativa. Siempre será policía. Pero no lo es o no ejerce. No lo es desde que tenía 30 años, aquel 14 de enero de 1988, cuando, en Basauri, se montó en su Talbot Horizon blanco y, antes de ponerlo en marcha, estalló. Manuel salvó la vida, pero tuvo que cambiar de vida.

Dejó de ser joven, dejó de ser policía y dejó de vivir en el País Vasco.

El «Comando Vizcaya»

A otro Manuel, Manuel Rodríguez, sus hijos pequeños le preguntan por el hombre de la foto en blanco y negro que está enmarcada en su casa. Es Eladio Rodríguez, el padre de Manuel, el abuelo de los niños que preguntan: «¿Está muerto?».

«Yo les digo la verdad. No está muerto. Lo mataron». Pero a los niños les cuesta entender un concepto que tan claro quedó para Manuel Rodríguez, a sus 22 años, el 6 de noviembre de 1989, cuando Eladio, su padre, fue asesinado por ETA. «Y no lo puedes describir, no se puede contar todo lo que te pasa: que te avisen a las siete de la mañana, que te digan que tu padre ha sufrido un atentado, que puede que haya sido tan terrible que ni se le pueda identificar. Yo iba pensando que no le iba a poder verle la cara». La bomba la puso el «Comando Vizcaya», del que formaba parte José Ángel Vizán. El mismo «comando» que hizo estallar el coche de Manuel M. y le segó la juventud.

En las fotos que los dos Manueles han visto estos días en la Prensa, las que se difundieron de su detención en Río de Janeiro, el etarra José Ángel Vizán es un hombre maduro, con gafas, en camiseta y al que le empieza a escasear el pelo cano. Han pasado los años desde aquella imagen del joven de pelo negro, con un flequillo desordenado que le caía por la frente, de una barba muy cerrada y cejas pobladas. Han pasado más de veinte años y una vida en México y en Brasil, huido de la Justicia española y de sus asesinatos.

Tanto tiempo que ya ni siquiera se llamaba o se hacía llamar Joseba o «Potxolin» o «Jon Gorri Gorri», sus apodos como terrorista. Decía que su nombre era Aitor Julián Arechaga Echevarría. Simulaba ser un español discreto que vivía en Río de Janeiro, con una mujer y un niño, y que se ganaba la vida dando clases de castellano o traduciendo textos. Sin llamar mucho la atención, a punto de conseguir los papeles definitivos para quedarse en Brasil, después de, según algunas informaciones, vivir allí desde 1996. Era un ciudadano más, como si se pudiesen dejar atrás, sin ningún castigo, los tiempos en los que era un joven barbudo y formaba parte de un «comando» que ponía bombas bajo los coches.

El pasado de Vizán estaba a una semana de prescribir, de que oficialmente no hubiese cometido atentados con graves consecuencias para las vidas de los demás. Para, entre otros, Manuel Rodríguez, que perdió a su padre Eladio. O para el otro Manuel, que tuvo que dejar de ser policía en el País Vasco. Herido leve, decían algunos periódicos el día después del atentado a Manuel M. En realidad, perdió un oído y no puede caminar bien porque se le hincha un tobillo. Enseguida le mandaron a un hospital de Madrid, en un avión, sin compañía. Y en el hospital de la capital no había cama para él. Tuvo que quedarse en casa de unos amigos. Lo recuerda con dolor. Intentó seguir trabajando, pero no era posible.

Recibía amenazas diciendo que iban a ir a por él otra vez, pues en la primera habían fallado. Tras el atentado no superó los exámenes médicos para darle el alta. Le dieron la medalla con distintivo blanco y se tuvo que jubilar. Apenas había pasado la treintena y, aunque desde que tenía un año vivía en el País Vasco, tuvo que abandonarlo y volver a la tierra de la que habían emigrados sus padres: un pueblo pequeño de Badajoz, donde tiene que recorrer más de veinte kilómetros para poder ser atendido por el seguro. El sueño infantil de ser Policía había estallado.

Vizán, huido

El 23 de enero de 1991, la Policía Nacional fue a casa de Vizán a detenerlo, pero era demasiado tarde: había huido. Se marchó a México, un país en el que, en aquella época, los etarras podían llevar una vida más o menos tranquila. Allí formó parte de un denominado «comité de refugiados», que hacía más sencilla la llegada de los etarras que escapaban al país. El comité les buscaba escondites, papeles y, si podía, trabajo. Vizán, según algunas informaciones, trabajó como gerente de ventas en una bodega. La vida continuaba. Dejaba atrás España y lo que había hecho. Era fácil acostumbrarse.

«Acostumbrarse fue difícil», explica Manuel M, desde su pequeño pueblo. Pasar de ser el joven polícia que forma parte de los Zetas en el País Vasco, a vivir en el pueblo donde la población no llega a más de mil habitantes en invierno. El que era su lugar de veraneo se transformó en su casa para siempre. Intentó dedicarse a la caza, pero su cuerpo no se lo permitió. Las autoridades prometieron ofrecerle algún trabajo. Al final no salió nada.

Los días, los primeros días sobre todo, se hicieron muy largos, muy largos. Se agobiaba entonces y se agobia a veces ahora. Pasa mucho tiempo en casa o sale e intenta estar con los amigos. Dedica tiempo a una huerta familiar.

Reconoce que se ha aburrido. Los años han pasado más lentos de lo que él esperaba y sobre todo distintos. Aún así dice que también tuvo suerte: se casó y tiene dos niñas, que le hacen más llevadero todo. Pero su situación, la vida que ha llevado en los últimos veinte años, la resume en una frase: «No era la vida que quería llevar». Él siempre había querido ser policía. «A nivel psicológico –dice– pasas una mierda».

Según la policía brasileña, Vizán no opuso resistencia, pero dejó caer la posibilidad de pedir asilo político en Brasil. Fue en los periódicos donde Manuel M., y también Manuel Rodríguez, leyeron que uno de los culpables de los atentados de finales de los ochenta en el País Vasco había sido detenido. Nadie les dijo nada.

A Manuel M., en su casa de su pueblo extremeño, los recuerdos se le amontonan, mientras su familia intenta protegerle. «Ya das por hecho que nunca le iban a coger. Cuando lo lees, de repente, te acuerdas de todo, de cuando te pusieron la bomba. Pero me alegro mucho: si no le atrapan iba a quedar impune», acaba Manuel M., sin creer que esta detención pueda arreglar lo que desde hace más de veinte es irreparable.

«Es surrealista que hayan pasado más de veinte años»

Manuel Rodríguez vivía en Galicia con su hermana, mientras su padre Eladio, policía, trabajaba en el País Vasco. Iban a verle cuando podían. Pero desde que en noviembre de 1989 una bomba en el Seat Málaga acabó con la vida de su padre, quiere saber muy poco del País Vasco. Manuel cuenta que eran años distintos a los de ahora, cuando los atentados de ETA eran habituales y pasaban más inadvertidos. No tenían apenas repercusión social y en muchas ocasiones, las víctimas se sentían maltratadas tanto por la opinión pública como por algunas autoridades. Aunque eso ha cambiado bastante, a Manuel le sigue pareciendo «surrealista» que un etarra haya podido escapar de la Justicia española y vivir tranquilamente en México y en Brasil. Que hayan tenido que pasar más de veinte años para ser detenido. Pero se alegra de que al final hayan dado con él. Dice que no cierra el dolor, ni los años que tanto él como su hermana han pasado sin su padre, sin el hombre que les guiaba y aquel cuya ausencia hizo muy dura la vida para su madre.