El canciller en las redes de un espía

La «Ostpolitik» reconcilió al país con sus vecinos y anticipó la caída del Muro

VÍCTIMA DEL ESPIONAJE. Brandt dimitió en 1974 tras descubrirse que su secretario personal, Günter Guillaume, era un espía de la RDA

En la Europa dividida de la Guerra Fría, Willy Brandt no se resignó al «fatalismo geográfico» de Alemania

En la Europa dividida de la Guerra Fría, Willy Brandt no se resignó al «fatalismo geográfico» de Alemania. Desde el Gobierno, el canciller socialdemócrata apostó por la apertura al Este y la reconciliación con sus vecinos pese a la incomprensión de muchos de sus compatriotas. Sin embargo, en la cúspide de su carrera, un caso de espionaje precipitó su caída en 1974.

Todo comenzó en 1973, cuando el contraespionaje de la República Federal desenmascaró al agente de la República Democrática que informaba detalladamente de los planes del Gobierno de Bonn. Se trataba de nada menos que de Günter Guillaume, el secretario personal de Brandt, que fue utilizado como cebo durante once meses para cazar al espía. Los medios dieron buena cuenta de que Guillaume era un casanova que sedujo a numerosas secretarias de altos funcionarios de la RFA para sonsacarles valiosa información. Además, se supo de la estrecha relación entre los matrimonios Brandt y Guillaume, que llegaron a pasar juntos una vacaciones en Noruega, y que Günter organizaba citas amorosas al canciller. «No fueron capaces de descubrir un espía, pero sí de espiar mi vida privada», se quejó Brandt, que tras abandonar el Gobierno presidió el SPD hasta 1987 y la Internacional Socialista hasta poco antes de su muerte en 1992.

Brandt, hijo y nieto de madre soltera, nace con el nombre de Herbert Ernst Karl Frahn en Lübeck el 18 de diciembre de 1913 en el seno de un familia de tradición obrera. Interesado por la política desde muy temprana edad, publica su primer artículo con sólo quince años y se afilia a las Juventudes Socialdemócratas (Jusos) a los 17. La llegada de Hitler al poder en 1933 obliga a Frahn a exiliarse en Noruega, donde adopta el nombre de Willy Brandt. En el país nórdico, colabora con la resistencia y estudia Historia. En 1940, nacionalizado noruego tras perder el pasaporte alemán, se traslada a Suecia huyendo de la invasión de Noruega.

Acabada la guerra, regresa a Alemania en 1945 para cubrir como periodista los juicios de Núremberg, pero no solicita la nacionalidad alemana hasta 1948. Un año después es elegido diputado del Bundestag y arranca su meteórica carrera política. Como alcalde de la divida Berlín (1957-1966), Brandt asiste a la construcción del Muro en 1961 y a la visita de JFK en 1963, lo que le otorga fama internacional.

Su paso a la primera línea de la política federal se topa con una furibunda campaña de la derecha, que le tacha de hijo ilegítimo y de traidor por haber huido de Alemania. «¿Qué ha estado haciendo el Sr. Brandt doce años allí fuera?», se preguntaba el bávaro Franz-Josef Strauss calificándolo casi de traidor a la patria: «Nosotros sí sabemos lo que hemos hecho aquí».

Tras sendos fracasos electorales en 1961 y 1965, el líder socialdemócrata se convierte en vicecanciller y ministro de Asuntos Exteriores de la primera Gran Coalición alemana, presidida por el ex nazi Kurt Kiesinger. Como jefe de la diplomacia germana empieza a poner las bases de su «Ostpolitik» para normalizar las relaciones entre Alemania y sus nueve vecinos. Los resultados de las elecciones de 1969 dan la oportunidad a los socialdemócratas de encabezar un Gobierno de coalición con los liberales. Brandt se convierte así en el primer canciller socialdemócrata desde la Segunda Guerra Mundial. Inicia entonces una intensa actividad diplomática que se plasma en el deshielo con los vecinos del Pacto de Varsovia y en la firma de tratados de paz y buena vecindad con Polonia, Checoslovaquia, la RDA y la URSS. Pero, sin duda, la imagen que dio la vuelta al mundo fue la de un Brandt arrodillado frente al monumento al Gueto de Varsovia el 7 de diciembre de 1970. «Hice lo que tenía que hacer, lo que se hace cuando no se tienen palabras», aseguró el líder socialdemócrata, galardonado con el Nobel de la Paz en 1971. «Él, que estuvo luchando durante toda su vida contra Hitler, cargó el peso –que no la culpa– del pasado en sus hombros», recuerda el historiador Alfred Grosser. Sin embargo, el espontáneo gesto desconcertó a muchos alemanes que preferían evitar pensar en la Alemania anterior a 1949. Para Brandt, Alemania no perdió la guerra en 1945, sino que fue liberada del nazismo. Antonio Muñoz Sánchez, autor de «El amigo alemán» (RBA), recuerda a LA RAZÓN que «durante muchos años, los sectores más conservadores se habían hecho a la idea de que el nazismo había sido una cosa de un par de locos, y que el pueblo alemán no tenía la culpa de todo lo que había pasado y, por ello, tenía todo el derecho a recuperar su integridad nacional». «Su enorme prestigio se debe a que Brandt era un político de principios que no cambiaba su política cuando las encuestas empeoraban, sino que defendía sus convicciones», apunta el historiador Bernd Rother.

Antes de morir, el ex canciller pudo ver cumplidos sus sueños de libertad y democracia con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la reunificación de Alemania un año más tarde. «Ahora crece junto lo que pertenece al mismo tronco», declaró emocionado. Un siglo después de su nacimiento, se multiplican los homenajes al estadista en su país natal y crece la nostalgia por, como resume el profesor Muñoz, «un político al que el día a día casi se le escapaba y vivía de las grandes visiones y los grandes proyectos».

EL PADRINO ALEMÁN DE FELIPE GONZÁLEZ

Desde que se conocieron en 1974, Willy Brandt y Felipe González quedaron fascinados mutuamente. El joven socialista español veía en el líder socialdemócrata alemán el político que quería llegar a ser, mientras que este último apostaba por González para dirigir el socialismo democrático en España. Tras el Congreso de Suresnes, Brandt se convirtió en el padrino europeo del secretario general del PSOE. En 1975, el ex canciller alemán intercedió ante Don Juan Carlos para que se le expidiera a González un pasaporte para viajar a un Congreso de la Internacional Socialista en Alemania. Durante la Transición, el SPD ayudó al PSOE con una importante ayuda financiera y organizativa. «Desde el primer momento, me sentí unido e inclinado hacia el joven abogado Felipe González. Bajo su dirección, tan moderada como valiente, España ha dejado a sus espaldas un fascinante camino hacia la modernidad», escribió Brandt.