El espía de Franco

Ni siquiera sus familiares más cercanos conocían su gran secreto: que el mayor «constructor del régimen» había sido una pieza clave en la organización de la Quinta Columna durante la Guerra Civil en Madrid

Empresario de éxito, constructor de lugares emblemáticos, promotor turístico y un personaje destacado en la sociedad española del siglo XX. José Banús ha pasado a la historia por levantar los barrios madrileños de la Concepción y del Pilar, o su famoso Puerto Banús en la Costa del Sol. Muchas de sus obras fueron realizadas durante el régimen de Franco y apoyadas por el propio general, con el que tenía hilo directo. Un hilo cuya madeja se remonta a tiempos de la Guerra Civil española, una unión de la que evitó dejar constancia a pesar del importante papel que jugó como espía de los nacionales.

El capitán de los juegos de la pandilla, el líder del grupo de amigos, así era José Banús de niño. Un chaval con una infancia corta, que dejó de estudiar a los catorce años para ayudar a su padre en un negocio de construcción en la localidad tarragonesa de La Masó, donde nació. Cuando cumplió la mayoría de edad se trasladó con su familia a Madrid, donde trabajó para la compañía de ferrocarriles M. Z. A., una de las empresas más potentes de la época, encargada de la explotación de las líneas de ferrocarril de Madrid, Zaragoza y Alicante. En los convulsos años previos a la sublevación militar, su vida transcurrió a caballo entre Zamora, Alicante y Madrid, donde ejerció como contratista de obras, trabajo que le enseñó su padre, que siempre fue su ejemplo a seguir. De hecho, en el verano del 36, tanto el padre como el hijo estaban construyendo varias carreteras de acceso a la capital desde el norte de España.

La guerra le sorprendió en Madrid, en su casa de la calle Santa Teresa, cerca de Génova, zona en la que más adelante establecería unos contactos asombrosos con el espionaje franquista. En agosto del 36 fue detenido en plena calle por no llevar documentación, pero los milicianos le dejaron en paz, y vivió sin más complicaciones hasta que su quinta fue movilizada en otoño. Su primer y único destino durante el conflicto fue el Hospital Militar número 24, en el que se trataba a heridos de unidades anarquistas en los frentes de Somosierra y Talavera. El hospital estaba situado en un lujoso edificio requisado por la CNT en la calle Monte Esquinza de la capital. Para evitar ser enviado al frente de batalla, Banús se hizo pasar por enfermero y masajista. Al igual que numerosos derechistas, decidió afiliarse a la Confederación Nacional de Trabajadores.

En poco tiempo, José consiguió ganarse la confianza de los dos máximos responsables de su hospital, el doctor González Díaz y el camarero anarquista Antonio Iglesias. Nunca había manifestado sus inquietudes políticas, y libre de toda sospecha, empezó a contactar con José Luis Pove y Enrique Díaz, dos viejos amigos falangistas que estaban intentando organizarse desde la clandestinidad para conspirar contra la República. Sus dos amigos solían visitarle disfrazados de milicianos, un atuendo que poco tenía que ver con sus ideales: preparaban un grupo clandestino para controlar los servicios básicos de Madrid cuando los nacionalistas entraran en la capital. En unos meses, sin embargo, sus objetivos cambiaron por completo.

Aprovechando su posición en el Hospital de la CNT, José Banús y sus contactos más próximos empezaron a elaborar una de las redes quintacolumnistas más eficaces de la Guerra Civil. Su talento y su capacidad de liderazgo convirtieron a Banús en todo un líder, y desde febrero de 1937 su red de colaboradores se extendía por más de una docena de hospitales militares de Madrid, unidades militares en los frentes de Usera y la Casa de Campo e incluso altos cargos de Telefónica. Entre sus colaboradores más cercanos destacaban dos: José Luis Moreno Ciges, un joven peluquero natural de Jaén, y Manuel Carpio, un teniente-enfermero que se encontraba destinado en un Hospital de la carretera de Chamartín.

Una maquinaria perfecta

En la primavera de 1937, la organización bautizada como «grupo Banús» pasó de perseguir el control de Madrid en el tramo final de la guerra a convertirse en una importante red de espionaje. Sus contactos le llevaron hasta el corazón de la «Posición Jaca», el búnker subterráneo en el que se estableció el Cuartel General del Ejército del Centro. Todavía hoy sigue siendo un misterio la forma en la que Banús consiguió captar a uno de los conductores de esta posición dominada por el alto mando militar republicano. Durante varios meses, la organización de Banús funcionaba como una máquina perfectamente engrasada: los componentes trabajaban mediante enlaces, en los hospitales se daban bajas de inutilidad a personas derechistas perseguidas y las informaciones que llegaban desde las unidades militares eran cada vez más exhaustivas. El único problema que tenían era establecer contacto con la España de Franco.

Cierta tarde de abril de 1937, José recibió una extraña visita en el Hospital de Monte Esquinza. Un hombre pequeño, apocado y con unas enormes gafas había preguntado por él a una de las enfermeras. Ese hombre se hacía llamar Paco Llanas, aunque su verdadera identidad era Francisco Grañén, uno de los responsables de la Falange de Guadalajara que había huido a Madrid tras fracasar el levantamiento en la localidad alcarreña. Grañén se presentó como miembro de la Falange Clandestina y le ofreció colaborar con la organización «Rodríguez Aguado», uno de los grupos de la Quinta Columna que mantenía contactos con los servicios secretos de Franco a través del Tajo. Este grupo se dedicaba a evacuar de la retaguardia madrileña a militares simpatizantes de los alzados que se encontraban perseguidos por la seguridad republicana. Aprovechando estas evacuaciones, los jefes de esta organización enviaban todo tipo informes y planos al SIPM (Servicio de Información y Policía Militar), dirigido por el Comandante de Caballería Bonel Huici en el Frente de Madrid y uno de los verdaderos impulsores del movimiento quintacolumnista en Madrid.

Desde ese instante, la «organización Banús» empezó a colaborar codo con codo con el grupo «Rodríguez Aguado», facilitándole informes de sus agentes en el Cuartel General del Ejército de Centro y del sector de la Casa de Campo, donde luchaban algunos miembros del Batallón Local del Cuerpo de Tren que también formaban parte del grupo del constructor catalán.

A finales de verano de 1937, la Brigada Especial de Investigación del comisario socialista Fernando Valentí puso en marcha una operación a gran escala para detener a todos los componentes de la organización «Rodríguez Aguado». Varios miembros, entre ellos Paco Llanas, fueron arrestados acusados de espionaje y alta traición. Tan solo quedaban en la calle los dos máximos responsables del grupo, Antonio Rodríguez Aguado y Joaquín Jiménez de Anta, dos militares de intendencia a los que la policía republicana había puesto precio por su captura. Ante el peligro inminente de ser detenidos por la inteligencia enemiga, Banús recurrió a sus contactos para convencer a un diplomático de la Embajada francesa para que trasladara a los dos militares a un lugar seguro. En diciembre de 1937, consiguieron establecerse en la Embajada de Turquía en calidad de asilados. Durante al menos dos ocasiones, José se reunió con Rodríguez Aguado en el interior de la legación, situada en un magnífico palacete propiedad de la condesa de Arcentales. El militar pretendía que Banús reorganizara a los elementos del grupo que no habían sido detenidos por la policía. No tuvo tiempo; el 28 de enero de 1938 el SIM republicano (Servicio de Información Militar) asaltó la Embajada de Turquía para detener a los dos espías franquistas.

Renace la Quinta Columna

Pasado un tiempo, a José le llegó la información de que la Falange Clandestina en Madrid estaba reconstruyendo las organizaciones derechistas clandestinas desarticuladas por la seguridad republicana. Así surgió la organización de los «195», un grupo quintacolumnista formado por casi 200 personas en el que Banús jugó un papel muy importante. El contratista estableció en el hospital su base de operaciones, recibiendo visitas a diario para pasarle informaciones que tenía que hacer llegar a Burgos o a Salamanca. En esta época, José llegó a manejar informes calificados de alto secreto que le llegaban desde el mismísimo frente de la Casa de Campo por medio de un teniente coronel de una unidad anarquista.

Además de recibir las visitas en Monte Esquinza, Banús también solía reunirse con otros agentes de la Quinta Columna madrileña en dos cafés muy famosos de la capital: el de la Granja del Henar, junto a la Gran Vía, y el de Europa, situado en plena glorieta de Bilbao. En este segundo café le presentaron a una de las agentes del Servicio de Información con mejores contactos de Madrid, Carmen de Blas. Esposa de un oficial del cuerpo de inválidos, y muy bien relacionada con altos directivos de Telefónica, ésta le puso en contacto con el multimillonario Horacio Echevarrieta, uno de los empresarios más influyentes durante el reinado de Alfonso XIII, que construyó en sus astilleros el Buque Escuela «Juan Sebastián Elcano» y el potente submarino alemán E-1. El empresario vasco, que también fue responsable de negociar con Abd el-Krim la liberación de los prisioneros españoles tras el desastre de Annual, era un republicano convencido y había mantenido muy buena relación con el socialista Indalecio Prieto, en esa época ministro de la Guerra.

Con la presencia de Carmen de Blas, Banús y Echevarrieta mantuvieron al menos dos reuniones en el palacete del millonario, situado entre las madrileñas calles de Diego de León y Claudio Coello. José se presentó ante Echevarrieta como agente secreto nacionalista y llegó a pedirle que colaborara con su organización de la Quinta Columna. Meses después de mantener aquellas conversaciones con el multimillonario vasco, Banús reconocería que Echevarrieta «se había puesto incondicionalmente a disposición de la organización ofreciéndose a colaborar a título particular y también a través de mi fortuna». El constructor también afirmaría que le dijo: «No soy faccioso, pero tampoco estoy conforme con el régimen actual». En aquella reunión, siempre según la versión de Banús, Echevarrieta le llegó a sugerir que pusiera a su disposición unos 3.000 hombres armados con los que estaría dispuesto a tomar Madrid en menos de veinticuatro horas. El primer punto que estaría dispuesto a asaltar sería Unión Radio, ofreciéndose a dar un discurso a toda la población de la capital con la intención de tranquilizar los ánimos.

Estas reuniones entre el falso enfermero y el famoso empresario dieron para mucho. En ellas acordaron hacer todas las gestiones posibles para que la Cruz Roja intentara canjear a Valdés Larrañaga, jefe de la Falange en Madrid, preso en un hospital penitenciario y del quintacolumnista Fernández Golfín. Después de esa primera toma de contacto, José y Horacio tomaron la decisión de no volver a verse en persona. La prioridad de ambos era garantizar sus medidas de seguridad y para conseguirlo pusieron en marcha un lenguaje convenido que sólo ellos dos sabían. Carmen de Blas sería el correo de ambos, es decir, la encargada de entregar esos mensajes cifrados a los dos. Ahora, más de setenta años después, hemos podido descifrar parte de esos mensajes que se intercambiaron Banús y Echevarrieta durante algunos meses: «Dos kilos de cebolla» significaba que habían captado a dos coroneles republicanos para la organización. Referirse a «tres cabezas de ajo» quería decir que los militares captados tenían el rango de comandantes.

Si José Banús reconoció abiertamente que había mantenido contactos con Horacio Echevarrieta, el multimillonario se limitó a ponerlo en duda ante las autoridades republicanas. El empresario no desmintió la reunión, aunque se limitó a decir que «por su casa pasaban cientos de personas» y que «no siempre» se acordaba de los nombres y conversaciones que allí se mantenían. Pese a las sospechas que tuvo el espionaje republicano de Horacio, sus importantes contactos en el Gobierno del Frente Popular evitaron seguramente su posterior detención.

Banús era muy cuidadoso con todos sus movimientos, y recibía órdenes directas del servicio de información a través de Radio Salamanca, mediante mensajes cifrados. Frases aparentemente sin sentido, como «El zamorano llegó bien» o «Artagna vas bien» escondían el mensaje real: que la expedición de evacuados había llegado bien a la «otra» España o que aprobaban los informes que su organización había remitido a los nacionales. Banús, por medio de otro quintacolumnista, que era ingeniero, había conseguido poner en marcha un transmisor construido con una combinación de heliógrafo con radio y rayos X con el que trasmitían a la otra zona.

Aunque la Brigada Especial ya le seguía la pista a Banús tras la desarticulación de la organización «Rodríguez Aguado», la seguridad republicana no le detuvo hasta abril de 1938. El SIM introdujo al infiltrado Pablo Moreno Argüelles dentro de la organización de los «195», aprovechando que antes de la guerra había sido jefe de la Falange en el distrito del Congreso. Los servicios secretos de la República le ordenaron que se hiciera pasar por quintacolumnista para descubrir las organizaciones clandestinas que operaban en la capital. Los hombres de Ángel Pedrero, el jefe del SIM en Madrid, introdujeron a Moreno Argüelles en un despacho de la Glorieta de San Bernardo, donde se hizo pasar por abogado. Durante meses, recibió a infinidad de quintacolumnistas, incluido Banús. Mientras, en la habitación contigua, agentes republicanos escuchaban las conversaciones.

El 5 abril de este año, el SIM puso en marcha una redada en Madrid en la que detuvieron a casi doscientas personas, entre ellas a Banús y sus colaboradores más cercanos, que fueron acusados de espionaje y alta traición. Todos los detenidos fueron trasladados al Ministerio de la Marina, sede del servicio secreto, donde les interrogaron durante largas jornadas siendo sometidos a malos tratos. El constructor terminó reconociendo que había espiado y no le quedó más remedio que dar algunos nombres de compañeros que todavía quedaban en libertad. Entre esas personas estaba Carmen de Blas, su enlace con Echevarrieta, que fue detenida cinco días más tarde. Su hija, con la que hemos contactado, asegura que terminada la guerra su madre guardaba un recelo especial hacia Banús por «haberla delatado».

Condenado a muerte

Banús y algunos de sus compañeros fueron trasladados a la cárcel de Porlier, y en julio de ese año fue puesto a disposición judicial. El 1 de agosto de 1938 y a petición del fiscal, el presidente del Tribunal Especial de Guardia número 1 de Madrid le condenó a muerte, una noticia que apareció publicada en casi todos los periódicos de la época. Tras conocerse la sentencia, los colaboradores que aún estaban en libertad empezaron a diseñar un plan para rescatar a su jefe. Una vallisoletana de 24 años, Esperanza Ortega, y dos militares refugiados en la Embajada de Paraguay trazaron un plan para intentar el rescate de Banús, aunque otra vez el SIM lo desbarató.

Mientras esperaba su condena, a Banús le llevaron a la Casa de Trabajo de Alcalá de Henares, donde trabajó en la realización de campos de aviación y carreteras. Su sentencia a muerte no se llegó a cumplir. Conscientes de que la guerra estaba perdida, los tribunales republicanos no se atrevieron a fusilar a José Banús y a su grupo. Lo mantuvieron preso en Alcalá hasta el 17 de marzo de 1939, fecha en la que fue trasladado a la prisión de Duque de Sexto. Trece días más tarde, los suyos entraban en Madrid y Banús quedó en libertad.

Terminada la guerra intentó llevar una vida normal. Durante años siguió trabajando como contratista de obras y estableció su oficina en la calle Monte Esquinza número 6, exactamente el mismo lugar en el que había ejercido como falso enfermero durante la contienda. Allí ideó sus proyectos más ambiciosos como constructor y promotor turístico hasta llegar a convertirse en uno de los hombres fuertes del régimen franquista. Murió en 1984, a los 78 años, y con él todos sus secretos y que ahora ven la luz.

De los quintacolumnistas a la «jet set»

Entre la vida de José Banús durante la Guerra Civil y su obra más conocida –a la que le da nombre– todo punto de conexión es pura frivolidad. En 1966, cuando el príncipe de Hohenlohe reinaba en Marbella, quiso construir una copia de Beverly Hills. Para eso se trajo al arquitecto Noldi Schreck, que impuso su estilo en la «zona rosa» de California y otros lugares de esparcimiento de México. José Banús les convenció que ese no era el lugar apropiado para construir rascacielos. Él propuso un pueblecito andaluz, y se puso al frente de la obra, conviertiéndose en el gran promotor turístico de entonces. Puerto Banús se inauguró en mayo de 1970 y no faltó nadie: los entonces príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía, los príncipes de Mónaco, Rainiero y Grace Kelly, el Aga Khan, el doctor Barnard, que realizó el primer transplante de corazón, y muy asiduo de la «jet set», y el fundador de «Playboy», Hugh Hefner. Cantó Julio Iglesias.