El peso de la culpa

Alemania ha vuelto a ser la primera potencia europea, pero vive atenazada por su pasado

Alemania ha vuelto a ser la primera potencia europea, pero vive atenazada por su pasado

Los datos son reveladores. Alemania, la RFA, es la nación más poblada de la Unión Europea, la cuarta potencia económica mundial y la primera del continente. Desde hace casi una década, además es la campeona mundial de las exportaciones, como la definió Joschka Fischer. Alemania vende a todo el mundo y, en especial, a su antigua enemiga, Francia, con la que mantiene una relación de superávit comercial. Esa situación se repite en el caso de Estados Unidos – que absorbe cerca del 9 por ciento de sus exportaciones– y también de Gran Bretaña e Italia. No es pequeño logro para una nación que fue derrotada en dos terribles guerras mundiales, invadida, desmembrada y, finalmente, reunificada, aunque parte de su territorio histórico –como Prusia oriental– siga bajo dominio extranjero.

El pasado de Alemania, marcado trágicamente por el nazismo, la obliga a moverse con sumo cuidado en el plano internacional. Históricamente, la culpa de las dos guerras mundiales ha sido arrojada sobre Alemania en un veredicto sin apelación que los propios gobernantes germanos asumen y repiten compungidamente en todos los foros. En fecha reciente, por ejemplo, Angela Merkel pronunciaba un discurso en Polonia en el que culpaba a Alemania del estallido de la guerra. Teniendo en cuenta que Polonia había devorado pedazos de las naciones que la rodeaban después de su creación tras la Primera Guerra Mundial; que los aliados –en especial, Gran Bretaña– la impulsaron a adoptar una imprudente posición de desafío; que la Unión Soviética también la invadió y que, en la actualidad, sigue ocupando territorio histórico de Alemania, las palabras de Angela Merkel resultaban, como mínimo, matizables. Todo esto por no hablar de la manera en que la codicia de los vencedores de la Primera Guerra Mundial –en especial Francia– acabó empujando a Alemania a una situación de la que brotó Hitler. Incluso en este aspecto, Alemania ha sido juzgada con más rigor que otras naciones. Según el caza nazis judío Simon Wiesenthal, en torno al cincuenta por ciento de las labores de exterminio del Holocausto fueron llevadas a cabo por austriacos. Con todo, desde la Segunda Guerra Mundial, la RFA ha dado muestras de una flexibilidad política admirable.

Huyendo de Weimar

No se trata sólo de que la derecha de la posguerra supo entroncar a la nación con la democracia, las reformas sociales y el inicio de la Europa unida, sino que la difícil reforma del Estado del Bienestar para asegurar su supervivencia ha sido logro de una izquierda socialdemócrata. De manera semejante, Alemania ha reducido su federalismo precisamente porque lo considera poco operativo en una época de globalización. Todo esto se ha producido a la vez que aceptaba un tratamiento no del todo ecuánime en el seno de unas instituciones europeas nacidas, en primer lugar, para evitar que volviera a chocar con Francia en el campo de batalla. Su representación en el seno del Parlamento Europeo es inferior a la que, en justicia, le correspondería y, ciertamente, buena parte de los costes de mantener a flote la UE y su moneda única recaen sobre la República Federal. No es que Alemania sea una gran ONG para la Unión Europea. De hecho, la reunificación alemana ha sido posible gracias a los socios de la unión y, en particular, España está realizando un esfuerzo costosísimo para devolver el dinero que recibió en los días del «boom» inmobiliario de una banca germánica no caracterizada precisamente por un exceso de prudencia. Sin embargo, a estas alturas resulta más que obvio que la Unión Europea posee la fuerza que tiene gracias a Alemania –y no a una Francia que dista mucho de estar cumpliendo con sus deberes– y que existe un cansancio comprensible en muchos de sus ciudadanos.

Alemania ha ido recibiendo los beneficios de seguir un destino como el que George Washington propugnó para Estados Unidos: ser una república democrática abierta al comercio, negarse a las intervenciones militares en el extranjero y bajo ningún concepto aspirar a un destino imperial. Alemania no quiere ni acercarse a una inflación como la que azotó a la República de Weimar ni ser la pagadora de la falta de responsabilidad de otras naciones, pero tampoco desea convertirse en una potencia en solitario que despierte recelos ni privarse de los beneficios de la UE. La búsqueda de un equilibrio tiene que pesar no poco en unas elecciones porque millones de alemanes están convencidos de que, como señala la letra parcialmente censurada de su himno, «Deutschland, Deutschland über alles...», Alemania está por encima de todo.