Sangra la herida del Ulster

Han vuelto los enfrentamientos en Irlanda del Norte entre católicos y protestantes. Los acuerdos de paz no han podido imponerse en la calle

Jóvenes protestantes durante los enfrentamientos
Jóvenes protestantes durante los enfrentamientos

Son las siete de la tarde. La noche es cerrada. No hay nadie por la calle. Comienza a helar. Niall, de unos 30 años, sale de casa. Ha quedado con sus amigos en Strand Walk. Se trata de una pequeña callejuela situada a tan sólo unos metros de un gran muro de cemento. Tiene cuatro metros de altura y tapa la luz de las farolas que se encuentran al otro lado. A uno le invade una sensación de claustrofobia. Paradójicamente, a Niall y a sus amigos la gran barrera les transmite seguridad.

La tapia es uno de los 48 llamados «muros de paz» que hay en Irlanda del Norte. Su función: separar los barrios católicos de las protestantes para evitar confrontaciones. Las casas que dan a la gran barrera tienen la entrada descuidada y las ventanas cubiertas por vallas metálicas. Las familias que residen aquí jamás han utilizado la puerta principal. A pesar del muro de contención, es habitual que desde el otro lado les tiren piedras. Ellos responden de la misma manera, así que prefieren acceder a sus casas por el garaje, que se encuentra en la parte trasera.

Al igual que el grupo de Niall, otras patrullas de voluntarios custodian cada rincón de Short Strand, el barrio católico del este de Belfast, rodeado por casas protestantes. Se trata de uno de los puntos más conflictivos de la ciudad. El silencio se ve perturbado por la voz de alarma que da uno de los muchachos. «Rápido, están en St Matthews». Es la iglesia de la comunidad. Todos salen corriendo. Al cruzar la esquina se empiezan a escuchar los gritos. Hay humo. Los cócteles molotov vuelan de un lado a otro. En cuestión de segundos aquello se convierte en una batalla campal. Niños de tan sólo diez años de ambos lados acuden por pura diversión.

En las últimas siete semanas, cada noche, católicos y protestantes protagonizan violentos enfrentamientos. Más de cien personas han sido arrestadas y más de cien agentes heridos. El pasado mes de diciembre, el Ayuntamiento aprobó en una votación la propuesta presentada por los nacionalistas para retirar la bandera de la Union Jack del balcón e izarla sólo 17 días al año.

Las manifestaciones convocadas por los protestantes –que quieren seguir formando parte del Reino Unido– siempre comienzan de manera pacífica. Pero cuando los asistentes regresan a sus casas surgen los problemas. En el centro de Belfast se aglutina el ayuntamiento, las oficinas, la zona universitaria y los restaurantes. Pero tan sólo se trata de un pequeño cogollo. El resto de la ciudad es una maraña de barrios separados por barreras físicas y psicológicas, más duras sin lugar a dudas que los altos muros de cemento.

Según el último censo de 2011, el 39,8 por ciento de los ciudadanos de esta provincia del Reino Unido se considera británico, el 25,2 irlandés y el 20,9 norirlandés. Las divisiones entre las zonas donde habitan las distintas comunidades son imposibles de distinguir para un foráneo, pero unos y otros aprenden desde niños dónde se encuentran las líneas invisibles.

Joe me muestra una a una mientras vamos en su coche. Como la gran mayoría de los hombres pertenecientes a la clase obrera, Joe se dedica al negocio del taxi, enseñando los murales que colorean la ciudad. Durante los años de los llamados «Troubles» formó parte activa en el conflicto del Ulster, «como todos», me aclara. Estuvo en la cárcel –«como todos»– y, llegado el acuerdo de paz, se tuvo que buscar la vida, «como todos».

Joe es católico. Tiene 50 años. No fue hasta los 20 cuando tuvo el primer contacto con un protestante. «Yo creo en el proceso de paz. Y las barreras que hay que romper no son las de cemento sino las que hay en la cabeza», me dice. «Cuando conduces hay que mirar el espejo retrovisor de vez en cuando. Pero si lo miras demasiado y no ves lo que hay delante te pegas el golpe. Pues aquí pasa lo mismo. Claro que uno no se puede olvidar del pasado, pero si te quedas anclado ahí no habrá forma de avanzar», señala.

Mientras cuenta la metáfora atravesamos una de las calles protestantes llenas de banderas. Desde que se quitó la insignia en el City Hall, éstas se han multiplicado en las zonas unionistas. «Normalmente esta parte la enseña mi compañero. Él es unionista. Cada uno explica a los turistas sus murales». Aunque ahora no tiene problemas para llevar a un cliente al que fuera «barrio enemigo», prefiere tomarse una pinta en su pub de siempre. «Una cosa es que aceptemos el proceso de paz y otra que seamos amigos íntimos. Aquí nos conocemos todos y todo el mundo sabe lo que ha hecho el otro», confiesa.

Para Joe, el gran problema que tienen los protestantes es la falta de liderazgo. «Al día siguiente de la manifestación más violenta, Gerry Adams (líder del Sinn Fein) estaba aquí hablando con todos nosotros para ver qué había ocurrido. Peter Robinson (líder unionista y ministro principal) no sabe ni dónde vive la gente que le vota», matiza.

De alguna manera, John me admite que éste es uno de los problemas, «aunque el principal es que quieren quitarnos nuestra identidad». John es protestante. Tiene 37 años. No fue hasta los 17 cuando tuvo su primer contacto con un católico. Me cuenta sin tapujos que estuvo en la manifestación de la noche anterior mientras se dirige a casa de un amigo, situada en Cluan Place. Es una pequeña calle donde están situadas veinte viviendas de familias unionistas. Está en el centro de una comunidad católica, así que hace años las autoridades tuvieron que construir una valla metálica que acotase el vecindario. Uno tiene la sensación de estar metido en una jaula. «¿Tú ves normal que tengan que vivir así? A la Prensa sólo le interesa cuando hay violencia, pero barrios como éstos nunca salen».

Para John, la decisión de retirar la bandera tan sólo ha sido «la gota que ha colmado el vaso». «Apoyo el proceso de paz, pero parece que sólo son los católicos los héroes. El Sinn Fein es intocable porque como son los chicos del IRA hay que tenerles contentos. Pero ¿y a nosotros?», pregunta. «Primero fue retirar la corona del uniforme de la Policía, luego fue reducir los recorridos de los desfiles de la Orden Naranja y ahora nos quitan la bandera», señala. «Por no hablar de la paridad. En todos los lados tiene que haber 50 por ciento de católicos, pero el otro 50 no se llena con protestantes, se llena con extranjeros y ateos, así que nos quedamos en minoría en todo», recalca. «Pero la votación en el City Hall fue democrática y no queda más remedio que respetarla», señala.

Que siga la vida

Por su parte, Richard, que vive en el centro de la ciudad, preferiría que la bandera se hubiera quedado en su sitio. No porque tenga un interés especial en política sino porque regenta un hostal y desde que empezaron las manifestaciones ha perdido 3.000 libras con las cancelaciones. Los disturbios han ocasionado pérdidas de hasta nueve millones de euros. «La gente ve las noticias y se cree que la ciudad es un campo de batalla. Pero las zonas conflictivas y los que quieren liarla cada noche son una minoría. El resto queremos seguir con nuestra vida y pagar las facturas. Como la gente normal». Richard es protestante, pero está cansado de que la gente le pregunte qué es. «Yo me siento norirlandés. Los bandos forman parte del pasado».

Niños que juegan en el mismo patio

«¿Por qué se pelean en la calle?». Patricia Murtagh tiene que enfrentarse cada día a preguntas complicadas. Es la directora de Hazelwood School, uno de los primeros colegios integradores de Irlanda del Norte. El centro no puede estar situado en una zona más conflictiva. La calle de Hazelwood está dividida en varias partes y algunos edificios parecen abandonados, como la sede de la Orden Naranja, situada a tan sólo unos metros de la puerta del colegio. La zona fue uno de los puntos más calientes durante el conflicto del Ulster. Pero en 1985, un grupo de 16 padres decidió que había que cambiar las cosas. Fundaron un centro donde niños católicos y protestantes pudieran aprender juntos. Patricia recuerda los primeros días. Los niños tenían que quitarse el uniforme para regresar a sus casas por miedo a las amenazas. Afortunadamente, todo forma parte del pasado y ahora los estudiantes juegan al fútbol con sus camisetas de los Rangers y el Celtic, prohibidas en otros colegios para evitar confrontaciones entre las distintas religiones. Celebran el día de St. Patrick y también el Jubilee de la reina de Inglaterra. Sólo hay un pero. Hace cuatro años, al lado del patio se tuvo que construir uno de los muros de paz para evitar los problemas entre los vecinos. Los niños han aprendido a convivir con ello. Algunos piensan que está para no tirar basura al otro lado. Otros ni siquiera se plantean qué hace allí. Los más mayores tan sólo esperan que sus hijos no entiendan de barreras.