Sin margen para el error

Los Grupos de Operaciones Especiales son la élite de las Fuerzas Armadas y los grandes desconocidos.

Las vainas de las balas golpean el techo del vehículo blindado mientras avanza a toda velocidad. «¡Sigue, sigue!», grita uno de sus ocupantes al tirador que se encuentra a los mandos de la ametralladora pesada y que no para de disparar. Han sufrido una emboscada, un vehículo ha sido alcanzado por un cohete y hay que rescatar a sus ocupantes, uno de los cuales tiene la pierna rota. Las balas van y vienen y los movimientos del conductor no son lo que se dice suaves. El tirador, mientras, va moviendo su cabina para no perder de vista al enemigo. «¡Munición! ¡No hay cartuchos!», reclama. «¡Tira con lanzagranadas!», le responden mientras preparan una nueva remesa de balas. «¡Más vida con las granadas!» se escucha. A lo lejos se observa la explosión al lado de los objetivos. El Vehículo de Alta Movilidad Táctico (Vamtac) no para de dar botes y la ametralladora ya está otra vez lista: «¡Vuelvo a pesada!». En el techo siguen rebotando los casquillos. Poco después se hace el silencio. Ya está. Todo ha acabado bien y otros compañeros han conseguido rescatar al herido. Han sido varios minutos de tensión en los que ni han pestañeado ni han dudado.

Los protagonistas de esta escena son los miembros de los Grupos de Operaciones Especiales (GOE), las unidades de élite con las que cuenta el Ejército de Tierra para llevar a cabo las misiones más delicadas y peligrosas. Y lo que hacen forma parte de un ejercicio liderado por el Grupo «Caballero Legionario Maderal Oleaga» XIX (GOE XIX) para estar preparados en todo momento. Sus efectivos han pasado por Afganistán, Bosnia o Irak, pero poco se conoce de sus hazañas. Quizás su misión más «mediática» haya sido la del islote Perejil. Incluso alguno de ellos puede ser de los elegidos para viajar a Mali, pero ni confirman ni desmienten.

Quieren ser invisibles, pasar desa-percibidos. No cuentan mucho y se puede contar menos. Por seguridad, obviamente. Mantienen la maxima discreción; sus operaciones han de estar protegidas y sus datos y procedimientos son más que secretos. De ahí uno de los lemas: «Sé parco en palabras, que los hechos hablen por ti». Y así es. Hacen lo que sea sin preocuparse por su vida. Su deseo: que les desplieguen. ¿Tienen miedo? Como cualquiera, pero reconocen que «sin miedo no hay valientes». Eso sí, «no todo el mundo vale».

Tensión y estrés

Para llegar hasta aquí han pasado pruebas muy duras, físicas y mentales. Han entrenado a temperaturas más que gélidas, han puesto a prueba su cuerpo con jornadas sin dormir de hasta tres días o han sido sometidos a situaciones de estrés máximo. Como poco, se tardan tres años en lograr una plaza en un GOE y, una vez allí, no quieren dejarlo.

Su mayor aliado es la noche. En ella se mueven sin problema y son menos detectables, pero también a plena luz pueden entrar y salir sin ser vistos. En su haber queda el orgullo de no haber sufrido ninguna baja durante sus misiones. De ahí que sus máximos responsables afirmen que los medios, sin personal preparado, no sirven de nada. «Lo más importante es la experiencia», asegura el teniente coronel jefe del GOE XIX, quien tiene más que claro que los de casa están a la altura: «Cuesta encontrar soldados como los españoles».

Durante una jornada entera, LA RAZÓN les ha acompañado en el ejercicio de movilidad «Mobility 13», que se realiza durante 10 días en el campo de maniobras de San Gregorio (Zaragoza), un terreno que se asemeja a la difícil orografía de Afganistán y a su clima árido. Allí, en medio de la nada, 270 efectivos practican, entre otras, maniobras de aproximación e incursiones.

La especialidad de movilidad surgió con las enseñanzas de operaciones como Afganistán o Líbano, donde el uso del vehículo era predominante. Y en este ejercicio simulan varias situaciones que se pueden encontrar en un despliegue. En esta ocasión, el eje central de las maniobras –la acción– es un ejercicio en el que se escenifica un rescate de rehenes. Hay terroristas, artefactos explosivos, helicópteros, tiradores de precisión... Son 72 horas ininterrumpidas.

Pero van más allá y fuerzan siempre la máquina un poco más. Si pueden sufrir una emboscada, sufrirán dos. Y, aunque son «prácticas», no saben todo lo que ocurrirá. En tiempo real irán surgiendo nuevos problemas a los que deberán hacer frente en segundos. Y lo hacen con otras unidades convencionales de las Fuerzas Armadas y militares extranjeros, en este caso una unidad sueca. Aprenden unos de otros y ponen conocimientos en común para estar preparados.

El capitán jefe del equipo de movilidad, quien como sus compañeros quiere permanecer en el anonimato, reconoce que «siempre cabe la improvisación» porque puede ocurrir algo no esperado. Pero, pase lo que pase, «hay un margen muy pequeño para el error». Eso sí, pese a sus especiales condiciones físicas y mentales, no se consideran superhombres: «Para nada. Somos hombres con voluntad férrea».

En esta jornada han practicado el rescate de compañeros en una ruta hostil o un ejercicio de ruptura de contacto, esto es, se ven inmersos en una emboscada en medio de un valle y, aprovechando la protección y la potencia de fuego de la Caballería han de salir de ahí. Ni hay fallos ni hay posibilidad de fallar. En otro punto de este infinito tablero de juego que es San Gregorio se escenifica la detención de diversos sospechosos de colaborar con insurgentes y, más allá, un tirador de precisión, a bordo de un helicóptero, tiene la difícil tarea de eliminar a un enemigo. Y hasta aquí se puede leer. La discreción obliga a no dar más datos.

Este secretismo hace que sean unos grandes desconocidos, pero no quieren ser protagonistas de nada: «No nos gusta hablar de nosotros, nos gusta actuar, operar, estar al máximo nivel, pero no ir demostrando éxitos», dice el teniente coronel jefe del GOE XIX. Pese a ello, se saben útiles: «Parte de nuestra motivación está en el convencimiento de que somos necesarios».

Es lo que les hace repetir en todo momento que quieren ser movilizados. «Estamos esperando la oportunidad para desplegarnos, para eso trabajamos», asegura otro miembro del GOE XIX, un cabo que todas las semanas recorre cientos de kilómetros para cumplir con su tarea. Su compañero, suboficial, responde lo mismo: «Lo que quiero es otra misión». Aun así, son conscientes de que el suyo es «un trabajo de riesgo» y que quienes lo pasan mal son sus familiares. Otro reconoce, aunque muchos no lo entiendan, que «sí, se tiene vocación».

Sin apenas descansar, vuelven a subirse a un blindado. No quieren parar. «La adrenalina forma parte de nuestra profesión», sentencian.