«La Venus de las pieles»: El orgullo de una obra menor

Dirección: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski y David Ives, según la obra de este último. Intérpretes: Emmanuelle Seigner y Matthieu Amalric. Francia-Polonia, 2013. Duración: 96 minutos. Comedia dramática.

En el orden de la creación artística puede parecer que los roles del sádico y el masoquista están repartidos de un modo rígido, imperturbable. El director teatral, el cineasta y el pintor dominan el universo, los actores y los modelos se ofrecen a su control. Polanski sabe que la gracia está en intercambiar los roles y en demostrar que él mismo, que en los «sets» tiene fama de mariscal de guerra, posee espíritu masoca. De resultarle un tema ajeno –recordemos «Cul-de-sac» o «Lunas de hiel»– no nos atreviríamos a decir que, con «Las venus de las pieles», inspirada en una exitosa obra de teatro que transcurre en los ensayos de un texto basado en la novela de Leopold Sacher-Masoch, alicata una sesión de autoanálisis que, a base de encierros, enfrentamientos dialécticos, intercambio de identidades y juegos de dominación, lleva contándonos desde los tiempos de «Repulsión». Polanski se entrega a este tira y afloja entre gato y ratón con una autoconsciencia lúdica, irónica y cómplice. Emmanuelle Seigner saca la fusta de su voluptuosidad con una perfidia y un saber hacer fantásticos, haciéndose la dueña de la función, convirtiendo la película en una especie de «showcase» de sus habilidades como dominatrix. Matthieu Amalric, que parece un Polanski rejuvenecido, las ve venir como un muñeco anti-estrés que lo es a su pesar. Le toca bailar con la más fea, aunque hay que ser un actor convencido de su propio talento para emular al Donald Pleasance de «Cul-de-sac» travestido de mujer. Más allá del duelo actoral, más allá de reconocer las obsesiones de su director, más allá del hallazgo escenográfico de situar este sangrante ensayo en un decorado de western clásico, más allá de que parezca que Polanski y sus cómplices se han divertido de lo lindo rodándola, «La venus de las pieles» no puede esconder su condición de obra menor. Ni puede ni quiere: no pretende ser más que un juego metatextual, una puesta en abismo de las relaciones de poder que se establecen a través de la guerra de sexos librada en el ring del acto creativo, juego que el director de «La muerte y la doncella» lleva filmando desde que el mundo es mundo.