«Las dos caras de enero»: Vigo Mortensen tiene dos caras

Las maneras de Viggo Mortensen recuerdan a las de actores como Robert Mitchum y Richard Widmark
Las maneras de Viggo Mortensen recuerdan a las de actores como Robert Mitchum y Richard Widmark

Decía David Cronenberg, que ha trabajado con él en tres ocasiones, que a Viggo Mortensen le había sentado bien el éxito tardío. Que así había aprendido a sentirse agradecido por ello. Y sí, Mortensen es harina de otro costal. No hay más que ver la entrega con que charla con la Prensa –insólita en un actor durante la época de promoción en el último Festival de Berlín, donde estrenó «Las dos caras de enero»– para darse cuenta de que el único capricho de estrella excéntrica que se permite es apoyar a muerte a su equipo de fútbol, Club Atlético San Lorenzo de Almagro, a veces con mascota incluida. Se toma muy en serio lo que dice: si menciona a un pintor y se equivoca –como, de hecho, ocurrió en las entrevistas de «Jauja», la extraordinaria película de Lisandro Alonso que presentó en Cannes–, se toma la molestia de ponerse en contacto con los periodistas vía mail para rectificar y asegurarse de que van a citarlo correctamente. Actor, poeta, fotógrafo, artista plástico... Cualquiera diría que es el típico intenso, pero no: sorprende que hable suave y sepa escuchar.

Pobre pero digno

En la ópera prima del guionista Hossein Amini interpreta a Chester McDonald, un rico especulador en Bolsa que derrocha dinero que no le pertenece durante un viaje a Europa junto a su flamante esposa. «Es el clásico americano que creció durante la Depresión y luchó en la Segunda Guerra Mundial», explica. «Esos tipos que podían ser los más pobres de la ciudad pero aún conservaban algo de dignidad. Aquellos para los que la apariencia era muy importante: podían tener sólo una chaqueta pero se la ponían a todas horas». Es bien sabido que Mortensen se prepara sus papeles concienzudamente. Lee, investiga y acostumbra a aportar elementos de atrezzo que completan la biografía y el retrato psicológico de sus personajes. «Cuando interpreté a Sigmund Freud en "Un método peligroso", intercambié decenas de e-mails con David (Cronenberg) sobre la clase de puros que tenía que fumar», recuerda. «En este caso, al no encarnar a un personaje real, tenía más libertad para crear. Llené la maleta de Charles de libros sobre la Antigua Grecia y Roma, y también con una primera edición de El viejo y el mar". No es un hombre con mucha cultura, pero quiere aparentar que la tiene, sus lecturas tienen que definirle. Incluso el traje que lleva, de color hueso impoluto al principio y arrugado y sucio al final, está contando cómo es la historia de su declive», explica el actor.

Mortensen puede descolgarse citando a un filósofo, recomendándote un libro sobre la crisis del neoliberalismo o divagando sobre una exposición de fotos que quiere ver en Berlín. Su curiosidad intelectual parece no tener límites. Es hasta sospechosa. ¿Se trata de un acto de impostura, una manera de desmarcarse de la frivolidad con que asociamos a las estrellas de Hollywood? «El día en que trabajamos en la ruinas de Cnosos había convocada una huelga general en Grecia. Rodamos sin turistas alrededor, el lugar estaba completamente vacío. Mucho más estimulante para alguien a quien le interesa tanto la Historia y la mitología como a mí». Lo dice con cara de niño después de contar que ha pasado un fin de semana en Eurodisney. Viéndole en «Las dos caras de enero», que transcurre en 1962, se tiene la impresión de que Mortensen habría sido un gran actor de cine clásico, como si hubiera decidido reencarnarse en Robert Mitchum o Richard Widmark. Y es obvio que Hossein Amini buscaba evocar ese recuerdo al elegirlo como protagonista. «Todos los personajes de la película tienen secretos y todos acaban siendo víctimas de ellos», admite. «Es algo que está implícito en el ''film noir'' y, por supuesto, en la literatura de Patricia Highsmith. Muchas veces actuamos para boicotear nuestros intereses, o a sabiendas de que nos estamos metiendo en un lío tremendo. En el caso de Charles, su punto débil es el amor que siente por su mujer», que no es una ''femme fatale'', asegura, porque es demasiado lista para no querer a su marido. Termina hablando sobre «Jauja» tres meses antes de que pudiéramos disfrutarla en Cannes. «Es una película muy distinta a todas las que he hecho», reconoce. «Una especie de ''western'' donde hablo danés, vestido de época, perdido en un desierto». Es, claro, el filme que Lisandro Alonso jamás podría haber hecho sin alguien como Mortensen apoyando la producción. Son felices veleidades artísticas que el actor puede permitirse después de que le tocara la lotería cuando Stuart Townsend se retiró del rodaje de «El señor de los anillos» y Peter Jackson, in extremis, apostó por él. Es curioso pensarlo: sin Aragorn tal vez "Jauja"no existiría.