La frivolidad de Instagram en tiempos del coronavirus

La crisis del covid-19 ha sacudido el bienestar social en el que vivíamos. El confinamiento ha cambiado los hábitos de consumo y las prioridades de las personas.

Ahora, cuando empieza a pasar el subidón de los primeros días de encierro en los que todavía muchos se tomaban el confinamiento como fiesta, empiezan a aflorar emociones y sentimientos. El miedo y la sobre información han dado paso a la templanza y a la tristeza, pero también a ordenar de manera sistemática las prioridades que teníamos hasta hace dos días.

De pronto, con la primavera brillando tras la ventana, nos parece superfluo nuestra antigua búsqueda del labial rojo perfecto o las horas que invertimos en buscar esas zapatillas en color x. Quizá esta es la lección más valiosa que podemos sacar de esta pandemia: nunca las banalidades fueron tan superficiales como ahora.

En los primeros días de cuarentena aumentaron las ventas online de caprichos con los que rellenar un tiempo libre que se nos antojaba insoportable; ahora somos cada vez más conscientes que ese paquete que viene del exterior puede estar contaminado con el virus. Y sobre todo y más importante, que hay una persona, el repartidor, que se juega la vida para que nosotros tengamos un puzzle nuevo. O un menú de hamburguesa con patatas.

Vivimos días de intensa vulnerabilidad psicológica donde el miedo aparece muchas veces como un perro negro. El miedo es tan antiguo como el mundo, pero la crisis del Covid-19 lo ha presentado con formas antes desconocidas y lo torna en paranoia. La sociedad del pánico despierta cada cierto tiempo, y es un proceso que sucede desde hace siglos en cualquier civilización. Puede provocarlo una sequía, un maremoto o una epidemia como la que estamos viviendo, pero en este 2020, nuestra continua conexión digital acelera nuestro desconcierto, nuestro desasosiego y nuestras ganas de odiar. Odiar es un verbo muy contundente, pero entrad un momento a Facebook, o a Twitter y veréis a desconocidos dispuestos a saltar a la yugular de cualquiera que tenga un pensamiento distinto al propio.

Las crisis sacan siempre lo peor y lo mejor de nosotros mismos, y hace que convivan a la vez el espíritu de sacrificio, la generosidad y la empatía con el resentimiento, el egoísmo y la desconfianza.

A la espera de lo que suceda en las próximas semanas, con el turismo suspendido en gran parte del mundo y el consumo bajo mínimos, la incertidumbre ha afectado también a la intensa actividad social que rodea al mundo de la moda y el lujo.

Es por esto que mientras algunas llamadas influencer siguen engañando-se a sus seguidores e intentando hacerles creer que en casa llevan tacones de 12 centímetros, descubrir a personas como Caterina Crespo es un soplo de aire fresco.

Caterina, periodista, dueña de una agencia de comunicación y con más de cuarenta y cuatro mil seguidores en Instagram, denuncia en su última publicación que hay marcas que no han entendido aún la esencia del coronavirus y siguen enviándole paquetes con cremas y colonias para que las “venda” desde su perfil.

Un retrato suyo acompaña a este texto: “Nos quedan dos semanas muy duras, y quizá si los pronósticos de los que sí están enterados van bien, empecemos a descender para entonces. Ojalá abril nos devuelva la esperanza y el sosiego. Ojalá la solidaridad y la humanidad que en estos días está aflorando se nos quede más allá de la primavera. Por si hubiera duda, la foto es de este verano, y de no estar en mitad de una pandemia sin posibilidad ni ganas de hacerme fotos bonitas no os la subiría. La verdad tengo mil cosas en casa para enseñaros pero no me apetece. Y así se lo he transmitido a las marcas."

"Nos levantamos con cifras de muertos y contagios que ponen los pelos de punta, por no hablar del desasosiego que crea el saber que todo está cerrado y la economía congelada. Tenemos un nudo en el pecho constante. No estamos para tonterías. Estamos para querernos, apoyarnos y ser mejores personas que nunca. Sinceramente no tengo ánimo de hacer ejercicio, vestirme como si fuera a salir o hacer una video-llamada con nadie, pero lo voy a intentar porque de la cama a la mesa y de la mesa a la cama pasando por el sofá para ver series y pelis no me hace mejor ser”.

La valenciana ha puesto el dedo en la llaga de la superficialidad en el que nos hemos movido hasta ahora: no es el momento de ver pruebas de cremas, ni perfumes exclusivos (así lo ha comprobado en sus propias carnes Paula Echevarría al aconsejar tratamientos para aumentar la defensas al alcance de muy pocos).

Hay marcas que lo han entendido y han desarrollado nuevas técnicas de marketing, como el gran almacén nacional que ha donado toda la ropa de cama del hospital de campaña creado en Ifema. O la donación de dinero y mascarillas quirúrgicas por parte del mayor emporio de la moda española. Sin embargo, no todas lo han visto igual e insisten en mandar ramos de flores o colonias a domicilio sin pensar que ahora al otro lado de la pantalla se van a encontrar humo. Porque nuestras prioridades han cambiado y los hábitos de consumo también. Ahora al otro lado del móvil hay chicas que desean abrazar a su novio o a su abuela. O mujeres en chándal que solo desean que los niños se duerman para tener un rato de paz viendo una serie. O personas agobiadas que no saben cómo van a poder a sacar su empresa a flote cuando la pandemia remita.

El coronavirus nos ha superado a todos. Sin embargo, existe una verdad incuestionable: todo pasa y esta situación tan complicada también pasará. Es el momento de reflexionar, cambiar y mejorar. Encima de las nubes siempre está el sol.