Desayuno con Givenchy en el Museo Thyssen

Hubert de Givenchy, que detenta con 87 años una perspectiva privilegiada de la historia de la moda.

Cuando Cristóbal Balenciaga echó el cierre a su «atelier» de la avenida George V, un puñado de grandes damas se echó las manos a la cabeza. «Cruzad la calle y que os siga vistiendo Givenchy», indicó, por toda respuesta el maestro de Guetaria. Al otro lado del bulevar, en el número 3, la alta sociedad parisina y mundial encontró en el joven Hubert el mismo buen hacer e idéntico gusto por la sencillez –el corte exquisito, las costuras mínimas– que había abanderado el genio español.

Amante de lo bello desde la cuna –su familia ostentó la dirección de la Fábrica de Gobelinos–, el conde Givenchy (Beauvais, 1927), último representante vivo de la época dorada de la alta costura, insufló nueva vida al clasicismo de los años 50 y, en sintonía con los tiempos, pero fiel siempre al gusto artesano y la elegancia sin ambages, marcó época y fidelizó una clientela de primera línea: Jackie Kennedy, Farah Pahlavi, Audrey Hepburn, la duquesa de Windsor, Grace Kelly...

En una retrospectiva sin precedentes –por ser la primera monográfica mundial del diseñador y la primera dedicada a un «couturier» en el Museo Thyssen–, la pinacoteca madrileña repasa a través de 91 vestidos casi medio siglo de moda: lo que va desde las primeras puntadas en solitario de Givenchy (abrió su propia «maison» en 1952) hasta su retirada en 1996.

«Es el último grande vivo de lo que ha sido la alta costura con letras mayúsculas; él representaba la elegancia, pero con un toque vital y rupturista», explica Eloy Martínez de la Pera, comisario de una muestra en la que el diseñador se ha implicado personalmente: ha elaborado los textos en primera persona que acompañan al visitante, realizado una serie de bocetos ex profeso y diseñado todo el merchandising de la exposición.

La muestra plantea un viaje temático, no cronológico, por una obra trufada de estaciones icónicas: desde la cincuentera blusa Bettina –con tela blanca de algodón masculina, cuello abierto y mangas bordadas– a los vestidos de noche en terciopelo y faya rojos con que dio por finalizada su carrera... pasando, evidentemente, por dos nombres propios: el primero, Jackie Kennedy, representada a través del vestido bordado de noche con que la primera dama norteamericana –francesa de nacimiento– cenó en Versalles junto a De Gaulle. Excepcionalmente, se le permitió romper el protocolo de vestir creaciones «made in USA» en viaje oficial al extranjero y su elección no fue otra que Givenchy. Para la segunda en cuestión, Audrey Hepburn, el conde Hubert fue, más que una elección, una vocación. «Es como un árbol: grande, recto y bello», decía de su amigo. Por su parte, en la actriz, Givenchy encontró no ya una musa, sino una filosofía de la composición. Para ella confeccionó el mítico vestuario de «Desayuno con diamantes», «Sabrina» o «Una cara con ángel». «Mantuvieron una amistad duradera, sincera y muy honesta; a día de hoy aún se acuerda a diario de ella y él tenía muy claro que quería hacerle un homenaje explícito en esta exposición», explica Martínez de la Pera.

La apertura de esta resprospectiva precisamente en el Thyssen ha propiciado, además, un diálogo excepcional entre moda y arte. Diecisiete pinturas de los fondos de la pinacoteca dialogan con las composiciones de Givenchy, denotando una influencia que va desde el amor por el detalle miniado –la pasamanería, los brocados, los bordados...– de la «Santa Casilda» de Zurbarán, a los ecos de la vanguardia y la Bauhaus que ejemplifican obras de Moholy-Nagy, Sonia Delauny o Mark Rothko, y que el sastre «mamó» desde sus inicios en el taller de Schiaparelli. En suma, un vistazo a la alta costura entendida como una de las bellas artes y al tiempo que la hizo posible.