Tinto de verano, qué duda cabe

Nadie puede imaginar una tortura más refinada y refrescante para un militante vinícola convencido. ¿Quién puede resistirse? Bienvenidos conversos, dispónganse a hacer borrón y cuenta nueva. Ha nacido una estrella, el combinado del que nadie nos va a librar por mucho que intenten conjurarlo. Todos los veranos nacen conversos, las altas temperaturas provocan el pecado. La temporada estival llega con puesta en escena en forma de tinto de verano.

Los vínculos que se crean tienen beneficios para la salud. Ayuda a disminuir la ansiedad del bodeguero, coloca su morapio, mitiga la soledad de la gaseosa y facilita la integración del limón y por encima de todo nos quita la sed. A su manera. Terapia asistida. Beneficios inmediatos. A cada cual lo suyo. Un consumo que invisibiliza otros hábitos.

La ley de la gravedad gustativa en el abismo estival, siempre gana, te succiona. Sólo hay una verdad que prevalece frente a todo discurso sumellier. El tinto de verano ha llegado para quedarse. Vamos a los hechos. No se mezclan refrescos universales con alcoholes de honores pretéritos, ron, whisky. Nada de alarma social. El tinto de verano ha llegado para instalarse en el hábito circunstancial de manera patológica.

Debemos perdonar una infidelidad vinícola, sólo si vale la pena. Vino de calidad, con madera, crianza. Es peligroso buscar la aceptación, hay que encontrarla en el gusto. Pisamos terreno movedizo. Porque el mundo del vino es un asunto particularmente subjetivo y porque variables mundanas y atrevidas como el tinto de verano trastocan enormemente el gusto.

Conoce sus limitaciones, humilde, no puede con la rubia legendaria, pero cubre otros momentos. El tinto de verano ha pasado por la misma fiebre, aunque sin llegar a los estados alucinógenos de la denostada sangría. No son lo mismo... cuidado.

La causalidad, madre de todas las creaciones líquidas, ha querido que conociéramos desde mediados del siglo pasado a nuestro protagonista. Bebida de familia acomodada en los gustos hispanos como sus familiares lejanos, sangría, calimocho, zurracapote, renuncia a sus orígenes para llegar al gran público. A principios del nuevo siglo emprende camino por separado y comienza su regeneración en barras y mesas de altura.

Bebida fajada en lucha contra los ataques puristas. No es necesario someterla a semejante tensión. Con donaire conviene a los rigores del verano. Sus propios parientes no comprenden qué clase de embrujo lo mantiene tan apegado al gusto mayoritario.

El falso limón o la adultera gaseosa ofrecen un recorrido por los espacios en los que ha discurrido la vida de nuestro protagonista. Prometedora carrera. Interrumpida al final del estío. Nos atrapa. Difícil elección. Clara confusión de realidad y ficción.

Bebida paciente y protagonista inesperado de la temporada estival. Su sabor emerge como una mezcla ingeniosa algo desmelenada, sencilla y necesaria. Cóctel estival que ha concurrido en miles de gustos, sabor desarmado, gaseosa o limón y vermut rojo como compañeros inquisitivos.

Tal vez se trate de un reto supremo para un gourmet probar un tinto de verano. Una historia de pasiones extrema al alcance de todos los públicos. Sin posibilidad de repetir sabores cada vino reacciona de diferente manera ante el trato de la gaseosa o el limón.

Salvadas esas distancias la oferta dictamina. Sin duda. Aumenta el consumo del vino. Pero pongamos las cartas sobre la mesa. Todo tiene su momento.

Cualquier intento de reforma en las costumbres debe ir acompañado simultáneamente de un impulso que favorezca tal cambio. Algunos dicen que a poco tardar veremos al tinto de verano disputando el trono a la omnipresente rubia o al refresco universal de cola. Tiempo al tiempo. El controvertido tinto de verano de momento es un sucedáneo combinado vinícola.

De cita vinícola desaconsejada a hábito estable. Con el pin vinícola necesario para triunfar en las barras y terrazas. Olvidados los excesos de la malvada sangría años atrás. No es una cuestión medular gustativa, hasta los mejores sumillers de campaña se entregan al rito estival, escondidos anónimamente tras el tinto de verano, qué duda cabe.

¡Ha vuelto!

Hay bebidas dotadas de un aura especial aunque ellas no lo sepan. Aunque no se impliquen de lleno. ¿Cómo es posible? En la batalla de las bebidas de verano se perfila como uno de los gladiadores del gusto. Tras pedir un tinto de verano recibimos el correspondiente pregón recriminatorio. «Parece mentira. Tú... qué decepción». Aguantamos el tipo ante la mirada de nuestro acompañante, sentido militante vinícola, tras dudar un instante, certificamos nuestra decisión. Si... por favor un tinto de verano.

El nivel de satisfacción es uniforme a lo largo del trago. No es la clave. Sin depender de la opinión ajena interiorizamos que debemos ser autoindulgentes, que todos cometemos fallos, bendito error. Hay que flexibilizar la actitud purista vinícola. El drama es que hay que llegar a pasar calor para aprender algo tan básico. Momento preciso, dosis justa, sin sentimentalismo vinícola, ni manipulación emocional. Será difícil de olvidar. Tras el linchamiento vinícola previo y gratuito, reestructuramos nuestro gusto. A medida que pasa el tiempo y la fuerza irruptiva del tinto de verano se diluye este se consolida como un combinado popular refrescante. Proclamas de revanchismo. Fuera caretas. Nos declaramos fans de nuestro protagonista. Desempolvamos fotos del pasado. ¡Ah! Qué veranos con el porrón del abuelo. Bienvenido el maridaje atrevido. Ha vuelto.