Beaton, contra sus estrellas

Las verdaderas opiniones del fotógrafo de la aristocracia sobre aquellos personajes que caían en sus enigmáticos flashes salen a la luz.

«Elizabeth Taylor es todo lo que detesto». Durante más de 50 años, Cecil Beaton hechizó a sus contemporáneos más célebres. Uno no era nadie si no se rendía al objetivo del fotógrafo, que logró reunir durante su estelar carrera los retratos más icónicos de los ricos y famosos. Pero ahora, las verdaderas opiniones de Beaton sobre aquellos personajes que caían en sus enigmáticos flashes salen a la luz en un libro que se alimenta de los veredictos que hacía sobre sus retratados en sus diarios. «Cecil Beaton: Portraits & Profiles» verá la luz el 4 de septiembre y a cambio de 38 euros uno podrá conocer su opinión sin censuras sobre Grace Kelly, Marilyn Monroe, Mick Jagger o la familia británica, cuyos retratos son los preferidos por Isabel II. Y parece que para ella es para la única para quien sólo tenía palabras de alabanza: «Es serena, magnética» y «de una simpatía arrolladora». La reina de Inglaterra fue inmortalizada por Beaton en 1943, y siete años después, le hizo un retrato con un recién nacido príncipe Carlos en brazos. «Su verdadero ''charm'', como el de su madre, no se transmite en las fotografías, y cuando uno la ve en persona, queda maravillado al ver que es mejor de lo que habría imaginado». Pero mása que las dulces palabras son las críticas las que abundan en sus diarios. El fotógrafo, con una sinceridad carente de medias tintas, afirma que la estrella de los Rolling Stones «podría haber sido un eunuco» y que «es sexy, pero asexuado»: «Su figura, sus manos y sus brazos eran increíblemente femeninos. Parecía una dama cohibida de los suburbios».

El fotógrafo, que murió en 1980 a los 76 años, compara a Marilyn Monroe con una niña ingenua jugando a ser adulta y preve un desenlace infeliz para su historia. Después de trabajar con ella en 1956, escribió: «Camina como un basilisco ondulante, quemando todo a su paso. Su voz susurrante tiene la sensualidad de la seda o el terciopelo, pero la sorprendente verdad es que la señorita Monroe es una sirena de fantasía, poco sofisticada como una doncella del Rin, inocente como un sonámbulo». Pero Beaton reservó sus comentarios más afilados y venenosos para Elizabeth Hurley, a quien asegura odiar «por su vulgaridad, ordinariez y craso mal gusto»: «En comparación con ella, todo el mundo parece elegante». Entre sus agudas descripciones también dedicó unas líneas a Grace Kelly, a quien retrató en 1965: «Si ambos lados de su rostro fueran iguales que la mitad derecha, no estaría en la pantalla. Ese lado es muy pesado, como el de un carnero, pero el lado izquierdo es intensamente femenino y crea el punto de contraste», algo que chocaba con «la inherente calidad de estrella» que otorgaba a Audrey Hepburn, a quien adoraba por su inteligencia, discreción y ternura. Julie Andrews era «increíblemente ingenua y simple y angelicalmente paciente», Marlene Dietrich había adquirido «el temperamento de una de una estrella de cine y sus caprichos», Winston Churchill «ladraba, jadeaba y gruñía» y Salvador Dalí tenía «un mal aliento realmente espantoso». Nadie se salva de las críticas de Beaton.