Fútbol

Casillas, de espaldas a la pesadilla en Oporto

Vive momentos difíciles con el Oporto, aunque ha encontrado una feliz calma en la capital portuguesa junto a Sara Carbonero y su hijo Martín.

Vive momentos difíciles con el Oporto, aunque ha encontrado una feliz calma en la capital portuguesa junto a Sara Carbonero y su hijo Martín.

Si hay alguien capaz de pedir perdón después de una «cagada» (en sus palabras), como el error que recientemente protagonizó ante el Guimaraes, ése es Iker Casillas. El mismo que tras una actuación estelar de su larga época dorada seguía dándole vueltas a los partidos horas después. Y no precisamente por los grandes aciertos. Iker se devora a sí mismo en los fallos... hasta un límite. De Del Bosque, y de sus primeros entrenadores en la cantera, de perfiles similares al del seleccionador, aprendió a no dejarse llevar en el esplendor ni a dejarse vencer en la caída. Con una excepción –siempre hay una, la que confirma la regla– cayó rendido ante el Real Madrid. A partir de ahí, es difícil que cualquier situación adversa deportiva vuelva a hundirle.

Y así es. El error que le costó la suplencia en el Oporto, el cambio de entrenador, las críticas («manos de mantequilla» le apodaron en Portugal tras el fallo) o la vuelta al debate de si debe ser el portero de Del Bosque para la Eurocopa..., es decir, la misma pesadilla que vivió en el último tramo madridista, la vive ahora con distinto ánimo. El fallo le motiva, como antaño, para seguir trabajando y mejorar. Es un acicate para él desde la perspectiva de quien es consciente de que no se puede permitir más fallos porque la Eurocopa es su última parada internacional. Es el arrojo del que se siente en la postura de que cualquier tiempo pasado (el más reciente) fue peor. Porque sea como fuere la pesadilla que vive actualmente en Portugal, jamás será comparable a la que padeció en Madrid. Ni la presión es equiparable, ni la crítica es tan dañina, ni la factura personal es aprisionadora, ni la llegada del nuevo técnico, José Peseiro, en sustitución de su gran valedor Julen Lopetegui, se asemeja a la batalla que pudo plantarle el mediático José Mourinho. El Oporto no es el Real Madrid, ni los aficionados fuera del campo son tan viscerales, ni los «paparazzi» hacen guardia como en España, ni Peseiro, pese a que ya en 2014 declarara que «el fin de Casillas» estaba «próximo», es tan fiero. Dicho todo esto, Iker y Sara pueden seguir haciendo su vida con normalidad. Igual que días atrás. La pareja ha encontrado una feliz calma en la capital portuguesa. Viven en el barrio de Foz de Douro, en un piso de cinco habitaciones con espectaculares vistas al mar, del que salen, como cualquier pareja, a jugar en la playa o al parque con Martín. También por la zona vive Julen Lopetegui, pero con quienes han hecho buena amistad la pareja es con los otros futbolistas españoles del equipo: Tello, Alberto Bueno, Iván Marcano y José Ángel. Sobre todo, con Cristian Tello y su pareja, Lorena, padres de Carlota, compañera de juegos de Martín, como hemos podido ver en alguna fotografía de los niños que ha subido Sara en su Instagram. Una amiga que Martín pierde ahora, pues Tello ha sido en los últimos días cedido a la Fiorentina y ha abandonado Oporto rumbo a Italia.

Críticas contadas

Aun así, Iker y Sara pasan poco tiempo solos echando de menos a sus más íntimos. La periodista recibe muy frecuentemente la visita de su amiga, compañera de informativos y socia, Isabel Jiménez. No en vano, el taller de la marca «Slow Love», que ambas crearon junto a la estilista Mayra del Pilar, está en Guimaraes. La hermana de Sara, Irene, y el hermano de Iker, Unai, van a verles con asiduidad. También recientemente amigas de la etapa de LaSexta y sus respectivas parejas pasaron unos días con ellos a finales del periodo vacacional de Navidades. Ratos agradables muy frecuentes que Sara cuelga en sus redes sociales, algo que aquí no le daría tiempo porque esas mismas fotografías estarían en los medios del corazón que tienen detrás de ellos nada más pisar suelo español.

Viven pues en un oasis donde pueden ser ellos mismos sin estar permanentemente bajo los focos de las cámaras ni el ojo de lince de los aficionados. En España hacían vida de urbanización privada elitista; en Oporto les gusta hacer vida de barrio. Las veces que ha tenido que escuchar Sara «qué malo es Casillas» allí en Oporto son contadas, mientras aquí habría sido «la gracia habitual», cuentan quienes les frecuentan, porque aportan que, en ese sentido, los portugueses son «más educados y menos espontáneos» para proferir comentarios a los personajes públicos.