España en verano: Campeones del tatuaje

Por la piel de los futbolistas del mundial corren ríos de tinta

Nigel de Jong, de Holanda, luce un tatuaje de guerra originario de Indonesia.
Nigel de Jong, de Holanda, luce un tatuaje de guerra originario de Indonesia.

Por la piel de los futbolistas del Mundial de Brasil corren ríos de tinta.

Los tatuajes son un lenguaje carcerlario, del talego, propio los jaques, valentones, chulos, arteros, mareros, maleantes y otras castas de las raleas más desharrapadas y descubiertas de la sociedad. De esos tipos que saben que por una palabra mal callada pueden encontrarse rezando cualquier «santiamén» y con el bautismo de un navajazo chungo cruzándole la garganta. Un boxeador sube al cuadrilátero con un «tatoo» en el pecho porque ese dibujo es un amuleto más práctico que cualquier crucifijo. El pandillero decora las diestra, la de la ambea, la pistola, porque esas marcas en tinta roja dicen más de él que todas las palabras que pueda largar entre las bofetadas del interrogatorio. Hay tipos que no necesitan darle a la mui para señalar quiénes son. Y el tatuaje son su vocabulario, los morfemas de un mundo de sordos y de mudos, de los que no necesitan hablar porque lo que hacen es lo que les define. Antes era un idioma de la marginación, la tarjeta de presentación del delincuente, de los reos condenados al cadalso que se dibujaban calaveras en los bíceps para conjurar su valor y asustar a la dama negra cuando viniera a por ellos. Ahora ha calado entre los deportistas, porque ninguna victoria se define con sentencias improvisadas ni titulares a cinco columnas. Tampoco la derrota, cuando uno se encuentra consigo mismo después del quinto gol y cincuenta minutos de juego todavía por delante. El deporte es la forma más elegante que existe para humillar a un contrario. Y ahí vale todo para amedrentar al adversario, para apelar al valor, infundirse ánimo a sí mismo y que ese gancho que te ha desgarrado los músculos del cuello no suponga besar la lona. Messi lleva en la piel el nombre de su hijo; Ramos, las copas que ha conseguido, porque los triunfos son los emblemas de su intimidación; Nigel de Jong trae toda la geometría de los guerreros neozelandeses en la piel porque a falta de juego, lo suyo es ir de tipo duro; Raheem Sterling trae la infancia en un antebrazo y Neymar, una sentencia filosófica que le recuerda que nada es eterno. Cuando la vida pase y los forenses embalsamen los cuerpos de estos nuevos bucaneros encontrarán entre los escorzos de esos bocetos, la identidad que no revelan ni las biografías ni los obituarios, una arqueología de éxitos y oportunidades perdidas, el óleo de lo que consiguieron, de todo lo que fueron, por lo que muchos serán recordados... o, quizá, olvidados.