Jimmy Kimmel contra (casi) todos

Ha sido elegido para presentar los Oscar, un trabajo al que cuesta poner precio porque encontrará al país escindido en dos gajos: la América de las costas y la América del interior

EL VALIENTE KIMMEL Al cómico no le libra del infierno ni Satanás en un día en que se regalasen salvoconductos
EL VALIENTE KIMMEL Al cómico no le libra del infierno ni Satanás en un día en que se regalasen salvoconductos

Ha sido elegido para presentar los Oscar, un trabajo al que cuesta poner precio porque encontrará al país escindido en dos gajos: la América de las costas y la América del interior

En la vida hay trabajos vocacionales y otros alimenticios. Luego ya restan los situados más allá de la devoción o el deber. Ayuda recibir a cambio un cheque jugoso en ceros, pero está por demostrarse que los motivos crematísticos hayan convencido al humorista y estrella de la televisión Jimmy Kimmel a presentar los Oscar. Básicamente porque encuentra al país gangrenado y escindido en dos gajos. Los partidarios de Trump. Sus enemigos. Dos Américas. Dos países. Casi dos continentes. Enfrentados en todo lo posible y hasta en lo imposible. Por resumir, o peor, simplificar, está la América de las costas, mestiza, vibrante, culta, sofisticada, esnob y preocupada por el calentamiento global, los cultivos transgénicos y los nuevos discos de Neil Young, esa que colecciona viejas fotos de Obama y sale a pasear en bicicleta, la de Silicon Valley y Brooklyn, la del MIT y la Quinta Avenida, la de los tacos auténticos en Los Ángeles y los corridos que suenan en los semáforos mezclados con la cacofonía de acentos y lenguas. Y luego ya, también en pie de guerra y acosada, acuciada por un mundo que entiende cada vez menos, la América del interior. La del Cinturón de la Biblia y el Medio Oeste. La de la frontera y los paisajes desolados, convencidos sus habitantes de custodiar las sagradas escrituras de un país que hizo del «western» su credo y del pistolero a su bola y manera, «My way», el héroe arquetípico. Pues bien. Pues vale. Pues entre esos dos ejércitos navegará el valiente, o insensato, Kimmel.

¿Qué hacer? ¿Ponerse liberal, modelo Hollywood, y disparar contra el flequillo rubio de destrucción masiva y sus deyecciones en formato tuit? ¿O bien, más precavido, darse a la comedia, el chiste teledirigido y el «lalaland» de bromas blandas para feliz consumo de una audiencia que prefiere dejar las cuitas políticas aparcadas junto a la furgoneta? En el primero de los casos recibirá proyectiles de cuantos cree que ya le vale a Hollywood con su manía de explicarnos a quién votan sus estrellas y corta el rollo, guapo, que a ti te encontré en la calle y de seguir con semejante bodrio pienso «piratearme» todos vuestros programas de televisión y no digamos ya las malditas películas. En el segundo supuesto, si toma partido por la inanición, la complacencia y las risitas, siquiera si se limita a cumplir como un soldado pero evita significarse, desayunará una considerable dosis de fuego racheado por parte de sus colegas, los comentaristas en los periódicos y, en general, la gente que siga el espectáculo desde un garito en Nueva York o Boston y, ya puestos, de cuantos consideran que desde el pasado noviembre EE UU vive al borde de la implosión. Son los que exigen paso al frente, mentón alto, leña al mono y duro con el presidente.

Unos y otros, amigos y enemigos, dedican sus días a fustigar los vicios y las cualidades, y hasta la dicción y las corbatas, de cuanto ser humano ose ejercitar su labor a la vista del respetable. Las hordas de internet, los censores atrincherados en las redes sociales, los verdugos del prójimo, los comandantes de la prestancia y la moral y la virtud ajena, los que en alarde de gloriosa megalomanía acostumbran autodenominarse los internautas, correrán raudos a empalarle. A Kimmel, en fin, no le libra del infierno ni Satanás en uno de esos raros días en los que incluso el más célebre de entre los ángeles caídos desconecta del curro y regala salvoconductos.

En declaraciones a «The New York Times», en entrevista urgente, el cómico presume de temple, bromea hasta con su bendita sombra y asegura que apenas le está dedicando tiempo a los ensayos. Tampoco es para tanto, ¿no? Apenas un monólogo, unos premios repartidos aquí y allá, quién sabe si una canción y unos pases de baile. Con mucho, a lo sumo, una audiencia de mil millones de personas. «Cuando haces un programa de televisión todas las noches», le explica a Dave Itzkoff, del «Times», «presentar unos premios tampoco se antoja una tarea imposible».

Lo dicho. El rollo de siempre. La vieja rutina. Pero ya sabemos, basta con comparar televisiones, que los fulanos que operan en los «late night shows» estadounidenses están hechos de un material ignífugo. Dominan la oratoria con la prestancia de Vittorio Gassman, el canto como si fueran Louis Armstrong y el baile con la destreza de Fred Astaire. Armado con semejantes talentos, y quién sabe si, de tapadillo, una benéfica dosis de ansiolíticos, el bueno de Kimmel repartirá caramelos y espinas este domingo para solaz de una audiencia y unos críticos que ya lo esperan con los brazos abiertos y un hacha en cada mano. Hay trabajos a los que, verdaderamente, cuesta poner precio. Este, sonriente muñeco del pim pam pum, es desde luego uno.