La baronesa Thyssen y Borja sellan la paz en el bautizo de Kala

Blanca Cuesta, Carmen Thyssen y Borja, con los cuatro hijos de la pareja

Fue emocionante por su significado, ya que se convirtió en un doble bautismo. Uno simbólico, en el que Tita Thyssen y su hijo Borja reanudaban su relación filial, en un perdón en el que se ha manejado una cantidad importante de dinero y otro real, el de la pequeña Kala, que ya ha cumplido seis meses. Ofició la ceremonia el bondadoso padre Ángel, que había terciado para que la convivencia familiar volviera a su cauce. Un paripé en toda regla bajo el patronazgo de San Antón, la céntrica iglesia que está en el barrio gay de Chueca y donde cada 17 de enero se bendice a los animales.

Fue una mañana con un sol deslumbrante donde sólo se vieron dos pamelas entre las invitadas. La mayoría optó por floripondios en la cabeza, como el morado de la baronesa, bastante delgada y que frecuenta más su casa de Sant Feliu de Guíxols que la Andorra donde tiene su residencia oficial, para evitar esta fiscalidad que sufrimos y que maldice todo el pueblo soberano.

Manolo Segura, el padre oficial de Borja, llegó con su esposa, vestida de raso verde esmeralda. Les acompañaban Carmen Manzano, que mostraba sus piernas bajo transparencias y llevaba sobre la cabeza algo así como un centro de los que prepara en su negocio de botánico en La Moraleja.

–Ya era hora de que naciese una niña–, suspiró Tita, que ya tiene sus gemelas, quienes, ¡oh, sorpresa!, no se unieron al resto de los familiares.

–Están estudiando–, justificó su madre, también reconocida y orgullosa abuela que siguió suspirando.

–¿Estudiando un domingo y tratándose de la última hija de Borja?

–Pues sí–, y cambió de tema. Aparentemente le preocupaba el brillantazo que llevaba. Reconoció que tiene otro, talla XXL. Lo hizo ante un David Meca tan moreno que parecía que se había maquillado más de la cuenta. Tal bronceado náutico chocaba con la gran opulencia de su reloj suizo Audemars Piguet con cadena de oro. Es un capricho de catorce mil euros. Sus habilidades para lucir objetos tan caros son una incógnita, pero hay que reconocer que es un chico todo corazón. Comentaron con pesar que «ya no se relaciona con Cuqui Fierro», cosa que me cuesta creer. La madre de Blanca Cuesta, Heidi Unkoff, apareció tan delgada como su hija. Fue con un vestido demasiado clásico: un bolero crema avolantado con falda a juego. No se arriesga como Tita y destacó cuando se levantó para ver cómo su nieta recibía las aguas bautismales. La baronesa no estuvo tan pendiente. Parecía obsesionada con cada rincón del templo, donde destaca la barroca reliquia de San Valentin que figura próxima al altar mayor: «Feliz es quien ama y quien se deja amar», se pronunció en un momento. Parecía un mensaje para la pareja, ya casi cuarentona. Impactaron avisos de otro carácter, como uno que indicaba que «en esta iglesia puedes cambiar a tu bebé, entrar con animales de compañía, beber agua fresca, reparar tu corazón y utilizar el WC». Todo muy al estilo del Papa Francisco, que no recriminó el fervor del padre Ángel en el funeral por Zerolo, como le censuró el obispo madrileño. A Kala la recogieron sus padrinos: Olga Rodellar y Pedro Mejías ante Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, donde ahora exponen lo mejor de Zurbarán: «A finales de año inauguramos exposiciones con fotografías de moda, muchas de Newton o Avedon», me adelantó como novedad veraniega.

–Y usted, baronesa, ¿qué hará con su imponente barco?

–Pasaré parte del verano a bordo, con Borja y Blanca. O eso espero–. Su deseo cortó muchas respiraciones. El paripé parecía rematado, igual que un bautizo donde la neófita lució el mismo faldón que anteriormente usaron sus tres hermanos varones, de ocho, seis y cuatro años, que iban de traje rayado con corbata.