La oscura red que tapó a Weinstein

Contrató a un ejército de abogados y periodistas para buscar trapos sucios de los acusadores.

Contrató a un ejército de abogados y periodistas para buscar trapos sucios de los acusadores.

Sabíamos que Harvey Weinstein era un hombre de recursos. El todopoderoso productor de cine, caído en desgracia tras una avalancha de denuncias por agresiones sexuales, tenía vía directa con la Casa Blanca y era un firme aliado de Hillary Clinton, para la que recaudaba fondos y ejercía de cicerone en el «show business». También hacía y deshacía en Hollywood con el poder de un virrey y acumulaba una cosecha de Oscar nunca vista. Sí, claro, hacía décadas que la gente del mundillo comentaba sus excesos. Sus manos largas. Su agresiva impronta de macho encelado y temible. Pero nadie hablaba fuera de las cenas de gala y los reservados VIP. Como él mismo gustaba de repetir: «Soy Harvey Weinstein», y en la mera pronunciación de su nombre latía la médula de un silencio colectivo, cerrado a cal y canto.

Hasta que el «New York Times» y la revista «New Yorker» publicaron dos artículos sísmicos, en los que más de 80 mujeres abrían por vez primera la boca para contar sus experiencias al lado del magnate. Las citas en los hoteles. Los intentos de acostarse con ellas. El exhibicionismo. Las posibles violaciones. El miedo al que dirán. Las amenazas contra quien osara rebelarse, ir a los periódicos o presentar denuncia. El sistema de intimidaciones, por cierto, fue mucho más sofisticado y enérgico de lo que nadie suponía. Al menos eso se desprende de un monumental reportaje que publicó el «New York Times» el pasado miércoles. Allí, y merced a las más de 200 entrevistas originales, amanece la figura de un hombre malo, sí, pero sobre todo la pintura de un ecosistema que transigió con sus presuntos crímenes. Aunque no sería descabellado hablar de la omertá, también reinaba la estupefacción. La dificultad de creer que las denuncias bisbiseadas en los camerinos fueran incluso peores. Los consejos de corte utilitario o práctico, que conminaban a las víctimas a resistir calladas, no fueran a descarrilar enfrentadas al productor.

Para fortalecer su impunidad Weinstein no habría dudado en acudir a un escuadrón de abogados especializados en litigar a cara de perro y en cultivar su amistad con algunos de los principales editores de tabloides. Coleccionista de información ajena, dicen Megan Twohey, Jodi Cantor, Susan Dominus, Jim Rutenberg y Steve Eder, los autores del reportaje, que «Harvey Weinstein disponía de conseguidores, silenciadores y espías, advirtiendo a quienes descubrieron sus secretos que no dijeran nada. Cortejó a aquellos a los que proporcionar el dinero o el prestigio para mejorar su reputación, así como su poder para intimidar». Incluso afirman que, horas antes de que se publicara el artículo del «Times» que destapó todo, el mismísimo Weinstein llamó al diario y amenazó a los autores.

Para acumular la información sensible que podría usar a la contra, al más puro estilo de un J. Edward Hoover, pudo ser clave el papel de tipos como Dylan Ho-
ward, editor del «National Enquirer», que «habría enviado periodistas a buscar información que pudiera socavar a acusadores como Ronan Farrow, un prestigioso reportero y abogado, hijo de Mia Farrow y Woody Allen, cuyas investigaciones han sido claves en el desvelamiento de Weinstein.

Otra de sus maniobras favoritas habría sido la compra-venta de silencios a cambio de favores y cheques. Según el «Times», una de las últimas veces que habría ensayado la fórmula fue con la actriz Rose McGowan, que amenazaba con contar en un libro de memorias que el productor «la había agredido sexualmente». Weinstein habría «tratado de hacer llegar un pago de 50.000 dólares a su ex agente» y habría propuesto «diversos negocios al actual agente literario de McGowan». Y explosivas han sido las confesiones de actrices y escritores como Lena Dunham, que habría advertido a los asesores de Hillary Clinton durante la campaña presidencial de 2016, que «Harvey es un violador y tarde o temprano saldrá a la luz». Aunque el entorno de Clinton niega la mayor, Dunham insiste en que «en una de las campañas más progresistas de la historia, esto (los explosivos rumores acerca de Weinstein) no era un problema».

A medida que avanzaban las investigaciones y según iba pareciendo más y más claro que la piscina reventaría y quedaría al descubierto una de las historias más truculentas del Hollywood moderno, Weinstein, desesperado, habría tirado de sus últimos recursos. Ninguno funcionó, quedaron neutralizados en cuanto la primera de las actrices se atrevió a contar su historia. Complicado sobrevivir a párrafos como éste: «Los hermanos Weinstein utilizaron el miedo, la intimidación y el abuso psicológico y emocional contra sus propios ejecutivos, hombres y mujeres», señaló Amy Israel, ex codirectora de compras de Miramax. «Como espectadora del abuso callabas por miedo a convertirte en el próximo objetivo. La única alternativa era renunciar, tirar todo por lo que habías trabajado tanto y salir por la puerta». La propia Israel, cuenta el «Times», habría sido objeto de un intento de abuso por parte de Harvey a mediados de los noventa. Una, otra más.