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Los pasionales y malogrados amores de dos hermanas: Terele Pávez y Emma Penella

Hermanas tan iguales y tan distintas. Con un carácter tremendo y tormentosas relaciones. La actriz, que falleció el sábado, vivió al límite y también quiso de la misma manera a los hombres que la marcaron, como el pintor Rafael Ruiz Balerdi y el editor José Benito Alique

Tenían el mismo carácter fuerte, iguales arrebatos, pero a Emma Penella y su hermana, la recientemente fallecida Terele Pávez, las separaban más cosas que las que las unían.

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Tenían el mismo carácter fuerte, iguales arrebatos, pero a Emma Penella y su hermana, la recientemente fallecida Terele Pávez, las separaban más cosas que las que las unían. Sobre todo, en el terreno sentimental. Mientras la primera conoció el amor más absoluto al lado de su marido, el productor cinematográfico Emiliano Piedra, la segunda vivió más la cara del desamor en todos sus extremos. Pávez no creía en las relaciones estables ni en las relaciones para toda la vida. Desconfiaba de los hombres y de sus promesas, era tan pasional como fría en los amaneceres compartidos y le costaba entregarse porque nunca quiso renunciar a su independencia. Vivió como quiso, sin intermediarios que manejaran sus sentimientos. Por ello, ha dejado escasa constancia de sus idilios. En una ocasión me confesó que «cuando una relación no te llena hay que cortarla de raíz. No se puede estar con un hombre por pena. Y yo, por mi fuerte carácter, no les he pasado ni una, por eso me duraban tan poco».

La bofetada de narros

Paradojas de la vida, en su adolescencia estaba enamorada platónicamente del único hombre que le dió una bofetada tras una discusión, el director teatral Miguel Narros, con el que acabó enfrentada en los tribunales y una sentencia a favor de ella. Con el paso del tiempo llegó la reconciliación y los dos acabaron quitándole importancia a aquel triste episodio. La intérprete reconocía que «yo estaba enamorada y lloré bastante cuando me pegó tras una fuerte discusión. Miguel era un hombre tan seductor que fue imposible no caer rendida a sus encantos». Pero ni supo seducirle ni fue seducida. No fue mujer de llantos. Prefería quedarse con los buenos momentos y aseguraba que «aunque me sienta algo apenada, fíjate lo bien que estoy que hasta tengo sentimientos».

Dos hombres la marcaron especialmente. El primero, el pintor vasco Rafael Ruiz Balerdi (San Sebastián,1934-Altea, 1992), con el que mantuvo una relación a mediados de los sesenta. De aquel encuentro quedan diversos retratos que el artista hizo a su entonces pareja, a quien introdujo en un círculo cultural y, sobre todo, pictórico, en el que el recordado Eduardo Chillida, junto con Oteiza, eran las figuras más admiradas. Tras la abrupta ruptura, Balerdi se quedó en el País Vasco y ella regresó a Madrid. Aquí conocería años después al editor, escritor y traductor José Benito Alique (fallecido en 2008 cuando estaba casado con la que fuera ministra socialista Cristina Alberdi). Nunca contrajeron matrimonio, aunque es el único hombre con el que estuvo a punto de hacerlo. Fueron a solicitar los papeles para casarse por lo civil y les exigieron que renunciaran a sus creencias religiosas. La actriz, mujer muy creyente aunque no practicante, se negó y aquel proyecto se difuminó. Aún recuerdo una de sus frases favoritas cuando hablaba de la religión: «Soy un renglón de Dios, torcido, pero de Dios».

José Benito y Terele fueron padres de Carolo, el único hijo de la artista y al que ella definió como «el gran amor de mi vida». La pareja se separó definitivamente al poco tiempo de ese nacimiento y ella decidió criar al niño sola, sin tan siquiera darle los apellidos paternos. La infancia del pequeño transcurrió de pensión en pensión, siguiendo a su progenitora entre giras teatrales y rodajes. Incluso hay quien afirma que en más de una ocasión permaneció esperando a su madre en los guardarropas de los locales que ella frecuentaba, como Bocaccio, en esas noches de copas y humo.

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Murió sin pareja y sin ganas de tenerla, centrada totalmente en su trabajo y en ese hijo que la ayudaba económicamente con sus escasos ingresos cuando el teléfono de su madre dejaba de sonar. Carolo fue su amor más profundo, la fidelidad más absoluta.

Haciendo un paralelismo entre la mujer y la actriz, cabe pensar que el desamor, la penuria y los altibajos emocionales y personales podrían cimentar la idiosincrasia de cualquiera de esas trágicas mujeres a las que dio vida la actriz, desde la Régula de «Los santos inocentes» a la última ajusticiada en España por garrote vil en «El caso de las envenenadas de Valencia».

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Mientras Pávez vivió el desamor más injusto, su hermana Emma, con quien mantuvo una relación tormentosa, de largos años de silencio, de cariño a su manera, encontró en el productor de cine Emiliano Piedra al gran hombre de su vida. Pero antes hubo otras historias y otros hombres, alguno compañero de profesión, como Francisco Rabal, junto a quien iba en el coche la noche del 23 de diciembre de 1963, cuando un tremendo accidente (el vehículo en el que viajaban se empotró contra un camión) le desfiguró a él la cara. Ella salió ilesa. Y ambos acabaron en la clínica del doctor Muñoz-Calero, en la calle O’Donnell de Madrid. A Asunción Balaguer la avisó el hermano del actor, Damián Rabal. Y la esposa, agitada, se marchó a ver cómo estaba su marido.

Emma Penella era mujer de grandes pasiones. En cierta ocasión, hablando de su pareja, me dijo que «solamente he amado de verdad una vez y es a Emiliano. Reconozco que los hombres anteriores que pasaron por mi vida eran simples ensayos, prólogos de una novela incompleta. Al conocerlo me di cuenta de que había encontrado la novela completa. Yo tenía 32 años cuando llegó a mi vida y supe que era amor. Teníamos la misma edad y nos amamos primitivamente. Cuando se ama de esa forma, y se es amada, eres más positiva». Emiliano, según palabras de Emma, «me enseñó a ser una mujer. Fueron casi treinta años llenos de felicidad y su muerte me dejó en la más absoluta tristeza. Fue un amor irrepetible».

Su conexión era tan absoluta que el amor se complementó con la profesión, ya que ambos unieron sus caminos laborales en filmes de tan importante recuerdo como «Fortunata y Jacinta» y «La Regenta». Tuvieron tres hijas y una de ellas, poco después de fallecer su madre, hace ahora diez años, me desveló que para ésta la vida carecía de sentido tras el fallecimiento de su esposo y que si pudo aguantar con entereza los últimos años de su existencia fue por la presencia de esas hijas a las que estaba tan unida.

Pasión primitiva

La hermana que completa el trío de actrices (la cuarta no se dedicó a la interpretación) es Elisa Montes, la única viva. A sus espaldas queda un matrimonio fallido de ocho años con el desaparecido actor Antonio Ozores y una relación sentimental con un comentarista taurino. Tuvieron una hija, la intérprete Emma Ozores, a la que su madre envió con dos maletas a la casa de su ex marido al poco de romper su matrimonio y cuando la niña tenía apenas siete años. Se desentendía así de sus obligaciones maternales y Antonio ejerció de padre y madre de Emma toda la vida.

Las tres hermanas solo trabajaron juntas una vez en la película «La cuarta ventana» (1963), dirigidas por Julio Coll. Terele Pávez se consideraba «la oveja negra de la familia, o por lo menos la gris, la más rebelde y contestataria, la menos dócil de las hermanas: «He cometido muchas equivocaciones, incluso en el terreno del amor, pero se irán conmigo el día de mi muerte». Y así ha sido.