Eduardo Mendicutti: «No me fío lo más mínimo de Pablo Iglesias»

Se confiesa negado para la poesía, aunque la lee y dice que no es de los que buscan conflictos donde no los hay. ¿Cualquier tiempo pasado...?

Se confiesa negado para la poesía, aunque la lee y dice que no es de los que buscan conflictos donde no los hay. ¿Cualquier tiempo pasado...?

Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, 1948) es autor de una docena de obras en las que ha optado por la literatura comprometida, pero con humor. Su última novela se titula «Furias divinas». Como protagonistas ha elegido a un puñado de personajes en paro. Inaugurarán un local nocturno para actuar como transformistas y, sensibilizados por los problemas de los más desfavorecidos ante la crisis y como protesta ante una fiesta de lujo y derroche, emprenderán una reivindicación al grito de «Sí se puede».

–¿Cuándo fue la última vez que se puso divinamente furioso?

–En el Orgullo Gay de hace un par de años. Iba yo con unos amigos de mi edad, caminando con dificultades en medio de una tremenda aglomeración ocasional, cuando un chico muy joven que iba detrás de nosotros y hablando por teléfono con alguien dijo: «A ver si puedo salir de aquí, mariconchi, pero es que llevo delante a unos carrozas...» No pudo terminar la frase. Me volví hecho una fiera y le dije de todo a aquel niñato desaprensivo.

–Su pueblo, Sanlúcar de Barrameda, es uno de los que tiene más parados de España ¿A qué cree que se debe?

–A que la débil estructura empresarial de Sanlúcar – industria vinícola, pesca...– tiene una bajísima capacidad de crear empleo, y ni los empresarios ni los sucesivos gobiernos municipales han sabido buscar soluciones o alternativas. Los parados sanluqueños tienen que trabajar muchísimo, y en tareas no necesariamente delictivas, para mantener a sus familias.

–¿Y se le ocurre alguna solución?

–Ya digo, nuevas y diversificadas iniciativas empresariales. Y, desde luego, más imaginación, no sólo del sector privado sino también del sector público, y más comprimiso por parte del Gobierno estatal y el Gobierno autonómico.

–Y el alcalde de Cádiz capital, ¿le parece un buen personaje?

–¿Buen personaje de novela? Estupendo. Tiene una personalidad lo bastante estrambótica, osada, desafiante, conflictiva, chusca, errática y seguramente bienintencionada como para admitir un enfoque sarcástico y dar mucho juego en una narración divertida.

–¿Ha conocido a muchos «currantes» de Podemos?

–No conozco a nadie del aparato político de Podemos, aunque hay cargos públicos de ese partido que sí parece que han currado en la vida, cuando han encontrado donde currar. Por lo demás, entre los cuadros de Podemos me temo que hay «overboking» de estrategas versátiles, muy versátiles. Entre sus votantes, claro que hay currantes.

–¿Hay algún político que le dé miedo?

–No me fío lo más mínimo de Pablo Iglesias. De Albert Rivera no es que no me fíe ni que me dé miedo, es que la verdad que no le encuentro la menor gracia.

–¿Hay quien busca conflictos donde no los hay?

–Por supuesto. Pero son casi peores quienes enseguida acusan a otros de «buscar conflictos donde no los hay» para sacudirse de encima conflictos reales que necesitan inteligencia, honradez política y verdaderas ganas de encontrarles alguna solución.

–¿Qué le parece la frase «La mentira es un arma política»?

–Pues me temo que refleja una verdad como un templo. Quien no esté dispuesto a mentir, a traicionar, a ser desleal, mejor que no se meta en política. De todos modos, la frase exacta creo que es «La mentira es un arma revolucionaria». A mi edad, ya no tiene uno el cuerpo para muchas revoluciones, la verdad. Yo me conformo con que haya justicia, solidaridad con los más desfavorecidos, garantía de una Educación y una Sanidad gratuitas y de calidad para todos y estricta honradez en el manejo del dinero público.

–Esa frase la acuñó uno que iba por ahí asaltando cielos...

–Lenin, que en paz descanse. Pero el que habló de asaltar los cielos fue Marx. Bueno, y Pablo Iglesias, el de Podemos, que se apunta a un bombardeo.

–¿Frente a qué imposible le gustaría gritar «sí se puede»?

–Por ejemplo, al de conseguir que España sea un país verdaderamente laico, en el que la Iglesia católica no sea el poder fáctico que aquí sigue siendo.

–¿Por qué motivo acudiría a una manifestación?

–Por muchos. Por cualquiera que implique una defensa de las libertades sin coacciones ideológicas, religiosas o mafiosas.

–Cuando escucha a un político hablar de principios ¿a qué se echa mano?

–Depende del político al que se lo escuche. No todos son iguales y no todos son sospechosos. Yo, a veces, aplaudo, otras veces me llevo las manos a la cabeza, y otras me dan ganas de reír o incluso de vomitar.

–¿Alguna vez tuvo un póster del Che Guevara pegado en la pared?

–Pues sí. «Quien a los veinte años no es de izquierdas es que no tiene corazón». Y ya sé que la frase atribuida a Churchill sigue: «Y quien a los cuarenta años no es de derechas no tiene cabeza». Por lo que a mí respecta, tengo más de sesenta y la cabeza bastante perdida.

–¿Qué presidente de la democracia ha tenido más magnetismo?

–Ni idea. Soy alérgico a los magnetismos. La sola palabra aplicada a una persona me produce urticaria.

–¿El concepto de la elegancia no es lo mismo en la derecha que en la izquierda?

–Naty Abascal es elegante. La Pasionaria era elegante. Pregunta: ¿Con cuál de las dos afirmaciones no está usted de acuerdo? Contestemos, y tendremos la respuesta a esta pregunta. Y si hablamos de elegancia interior, que es la que importa según todas las «top models» de este mundo, se puede ser elegante y progresista, y elegante y conservador. Digo yo.

–La Susi, su personaje de ficción, sirvió durante algún tiempo en La Moncloa. ¿Cómo habría contemplado el espectáculo de la investidura imposible?

–Se habría divertido mucho. Y creo que todos nos habríamos divertido con ella. La verdad es que la situación da para imaginar un vodevil con muchas entradas y salidas, saltos de las tapias de la Moncloa para espiar a los otros, negociaciones disparatadas, chantajes disparatados, disfraces, unas cuantas escenas de sofá... Todos los líderes de todos los partidos se han ido convirtiendo en los últimos meses en sus propias caricaturas. La Susi se habría puesto las botas. No debería haberme hecho esta pregunta, ¡cómo echo de menos a mi Susi de pronto!

–Ha impartido cursos de redacción periodística. ¿Le sorprende que aún queden vocaciones?

–La verdad es que escribir columnas en un periódico –de eso iba el curso que di hace unos cuantos años en El Escorial – es un trabajo estupendo. Y por fortuna, sigue habiendo columnistas con bastante personalidad. Me gusta mucho descubrir columnistas jóvenes con talento. Y no me refiero a blogueros, eso es otra cosa. La mayoría de los blogueros se dan a sí mismos demasiadas facilidades. Un buen columnista de un periódico impreso en papel sabe lo exigente que es el formato, pero también lo gratificante que resulta cuando la columna queda redonda. Y la rabia y la vergüenza que da cuando te queda averiada. Escribir una columna tiene algo de ligue de una noche. No me sorprende que no se hayan agotado las vocaciones. Me sorprende mucho más que no se hayan agotado las vocaciones para el alpinismo, por ejemplo. Aunque, bien pensado, algo de alpinismo también tiene el columnismo.

–¡Quién le iba a decir a usted que tendría la ocasión de contestar la misma pregunta que contestan con tanta frecuencia los obispos!

–Me temo que uno ya tiene algo de arzobispal... Sin lujos arzobispales, por desgracia. Supongo que, en efecto, escasean las vocaciones para ser cura raso, pero vocaciones para ser obispo seguro que hay muchísimas más. Lo malo es que no hay demasiadas vacantes. Bueno, ahora no hay demasiadas vacantes para nada. Así que no sé qué puede ser más frustrante, tener vocación de columnista o vocación de obispo. Eso sí, en los dos oficios se puede desbarrar mucho.

–¿Puede un lector de Mendicutti beber fino y uno de Caballero Bonald beber manzanilla o hay controversias que resultan irreconciliables?

–Grave contratiempo de fondo: un servidor no bebe –quedo fatal siempre que lo digo–, y por tanto no desconfío de los lectores abstemios. La devoción que Caballero Bonald le ha tenido a la manzanilla es una invasión en toda regla, pero perfectamente perdonable, incluso encomiable. Por lo demás, que los lectores beban lo que quieran, siempre que no lo necesiten para soportar una novela mía.

–Dijo alguien que en España se suelen dar los premios contra alguien. ¿También el humor se hace contra alguien?

–Siempre. Lo más noble es hacer humor contra uno mismo. Lo que más relaja, hacerlo contra los demás. Pero eso no es incompatible con hacerlo también, y al mismo tiempo, a favor de alguien. Yo creo que hay un humor de derechas y un humor de izquierdas, y es fácil saber, en cada caso, en contra y a favor de quién se hace.

–Tituló uno de sus libros «Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy». ¿Lo hizo con intención autobiográfica?

–De verdad que no. Bueno, un poco sí. ¡Uno tuvo sus buenos tiempos! Parezco una vieja corista, por Dios.