¿Sabía que se baña entre 150 millones de toneladas de residuos?

Botellas, pajitas y colillas inundan las costas españolas y convierten el mar en un auténtico vertedero. Las autoridades sanitarias alertan del contagio de enfermedades y los ecologistas buscan iniciativas para reducir el daño.

Botellas, pajitas y colillas inundan las costas españolas y convierten el mar en un auténtico vertedero. Las autoridades sanitarias alertan del contagio de enfermedades y los ecologistas buscan iniciativas para reducir el daño.

Si un camión de gran tamaño atestado de basura depositase la carga en la puerta de casa, nuestra expresión sería menos complaciente que cuando contemplamos el último vídeo de la tortuga con una pajita de refresco clavada en la nariz o la del cachalote varado en las costas de Murcia, que murió en abril tras ingerir 29 kilos de plástico. Imaginemos que el camión pasa cada minuto y vuelve a descargar. Así durante todo el día y durante todo un año. Pues bien, ese es el vertido habitual en nuestros océanos y mares, según Nicholas Mallos, director del proyecto Mares Sin Basura, de la organización internacional Ocean Conservancy. Puestos a imaginar, hasta el irresistible Humphrey Bogart perdería todo su encanto si supiéramos que su emulado gesto de arrojar al suelo el cigarrillo y pisotearlo con la suela del zapato ha llenado las aguas de nuestro planeta de dos millones y medio de colillas en el último año. Esta es la cantidad que recolectó en su última campaña Ocean Conservancy, que desde hace 30 años participa en tareas de limpieza costera en 153 países. Los filtros de las colillas no solo contienen fibras de plástico que se rompen provocando estragos en la vida marina, sino que diseminan unas 165 sustancias químicas muy tóxicas. De los seis trillones de cigarros que se fuman cada año en todo el mundo, alrededor de 4,5 son arrojados a las calles, al campo o al mar, según los datos de a Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica.

Así podríamos continuar hasta contar 150 millones de toneladas de basura que en este momento fluyen por las corrientes marinas abriéndose paso entre bañistas, fauna y flora. Ocean Conservancy pudo recoger 20,5 millones en 2017. Como indica Mallos, el reloj se precipita y en diez años los desechos podrían duplicarse. Es decir, nos enfrentaríamos a 250 millones de toneladas de residuos, aunque el objetivo es revertir esta tendencia, reduciendo la cantidad a la mitad. Además de aplacar el mal estado de las aguas, el último informe de este organismo deja claro el impacto que tendría este logro en la prevención de enfermedades infecciosas y trastornos respiratorios y en la calidad de la cadena alimentaria. De momento, la situación sonroja nuestros rostros más incluso que los rayos de sol.

Los datos coronan al río Mississippi como uno de los colectores más gigantescos del mundo a causa de los desechos que se vierten al Golfo de México. Entre Hawai y California, unas 87.000 toneladas de plástico y otros desechos flotan en un basurero oceánico en expansión. No en vano los ecologistas lo han bautizado como el Gran Parche de Basura del Pacífico. Pero nuestras costas no se quedan atrás. Ocean Conservacy recogió más de 41.000 kilogramos en solo 27 kilómetros, cifra que habría que sumar a las cantidades que salen de las campañas de limpieza que se organizan en la mayoría de los municipios españoles de principio a fin de verano. El problema somos nosotros mismos, que allá donde vamos ensuciamos y contaminamos. Quienes estudian nuestro comportamiento saben que da igual que sea el Everest, uno de los lugares más inaccesibles e impolutos del mundo, que la vilipendiada localidad de Magaluf. La montaña más alta del planeta acumula ya unas 80 toneladas de botellas vacías de oxígeno, baterías, latas, guantes, envases, restos de medicamentos e incluso alguna tienda de campaña a la espera de huésped.El caso es que siempre encontramos una excusa que pueda justificar nuestra devastadora habilidad.

En un sondeo de Ecoembes y SEO/BirdLife, más del 24% de los encuestados españoles se escuda en la suciedad de una zona para ensuciarla aún más. Es el conocido síndrome de los cristales rotos que descubrió hace cinco décadas el profesor de la Universidad de Stanford (EEUU) Phillip Zimbardo, con su célebre experimento de los coches abandonados. «El deterioro que transmite un vidrio roto en un automóvil desata idéntico comportamiento en un barrio pobre y conflictivo, como era el Bronx, que en una zona rica y tranquila. En este caso, Palo Alto». La imagen de desinterés y despreocupación acaba rompiendo cualquier código de convivencia y civismo haciendo que impere la idea de que todo vale. Lo observamos en el desfase de las playas de Mallorca, pero también en el deprimente aspecto que muestra el aeropuerto de Ibiza en cuanto ha quedado inaugurada su temporada alta. La afluencia de turistas hace que los servicios de limpieza se vean desbordados. Cada pañal sucio que queda en el baño, cada lata fuera de la papelera o cada resto de comida esparcido por el suelo multiplica esta sensación de todo vale y desemboca en una actitud irracional. Son como los cristales que se rompen e impulsan conductas similares.

Pero ¿cómo explicar entonces esa actitud en medio de la blancura del Everest? Aquí se desvela otro comportamiento: el 84% de los ciudadanos muestra una actitud distante con el problema y con las consecuencias y peligros que puede generar el abandono de residuos en entornos naturales, según apunta Sara Güemes, coordinadora del proyecto de limpieza Libera que lleva a cabo esta asociación de forma continuada en diferentes puntos turísticos de España Y luego está la desidia, el primer pretexto que exponen los participantes de este estudio. «Somos unos guarros y todo lo hermoso de nuestro paraje lo perderemos en poco tiempo. Los mismos deportistas y amantes de la naturaleza dejamos nuestras porquerías, sobre todo en zonas donde no existen reglas, ni señales demasiado visibles». Son las palabras que ha dejado en su cuenta de Facebook un vecino para quejarse del cúmulo de basura que está poniendo en peligro la fauna y flora del paraje natural de la desembocadura del Guadalhorce.

Aunque el 90% de los españoles preguntados por Ecoembes declara no estar nada de acuerdo con arrojar la basura a la naturaleza, la realidad es muy diferentes y uno de los mayores dislates es el que ocasionamos con las pajitas de plástico. Los 20 minutos que empleamos en tomar un refresco con ellas se convierten en eternidad para el planeta. Tardan cientos de años en desaparecer. Los organismos ecologistas reclaman gestos a las empresas y estas empiezan por fin a responder. Este año se va a prescindir de ella en 60 festivales británicos y algunas ciudades estadounidenses, como Seattle y Malibú, las han prohibido. El compromiso de la cadena de cafeterías Starbucks es eliminarlas antes de 2020. Lo que parece un simple gesto supone una reducción de mil millones de pajitas al año. También American Airlines las retirará de sus salas VIP a partir de noviembre. Con esto y la transición a platos y cubiertos ecológicos, la compañía aérea consigue que la necesidad de plástico baje unos 35.000 kilos al año. ¿Conseguiremos en el futuro bañarnos en aguas limpias?