¿Todos los planetas giran en torno a una estrella?

La respuesta parece clara viviendo en el sistema solar. Sin embargo, el universo es tan amplio que se pueden dar numerosas opciones

La respuesta parece clara viviendo en el sistema solar. Sin embargo, el universo es tan amplio que se pueden dar numerosas opciones.

Hasta hace muy poco pensábamos que los únicos planetas que existían en el cosmos eran los que podíamos ver con nuestros telescopios girando alrededor del Universo, desde Mercurio hasta el degradado Plutón pasando por nuestra querida Tierra. Ahora sabemos que existen miles de millones de estrellas ahí fuera y que en una porción muy grande de ellas existen también planetas que las orbitan.

Pero la ciencia empieza a conocer ahora otra tipología de planetas que, al menos en teoría, debieron de existir a mansalva en el cosmos: todos esos mundos que se formaron alrededor de nuestro sol y de otras estrellas como él, que no terminaron cuajando en lo que hoy conocemos como planetas y que fueron expulsados de su vecindario merced a las grandes fuerzas gravitatorias que les afectaron en sus orígenes. Son los llamados «planetas golfos» o planetas interestelares. Hay dos vías para llegar a convertirse en un planeta golfo: una de ellas tiene lugar durante la formación planetaria original. La materia que rodea a un sol se agrupa en grandes grumos que suponen el origen de los planetas. En esas fases, los equilibrios de fuerzas entre todos los cuerpos que nacen a la par es muy inestable. Algunos de ellos son suficientemente afortunados como para quedar atrapados en la órbita de la estrella, pero otros sufren una suerte de carambola cósmica y terminan expulsados lejos de la interacción con cualquier otro cuerpo. Como resultado, vagan eternamente por el cosmos sin encontrar sistema estable al que acoplarse, como barcos a la deriva interestelar. En otros casos, en mitad del vacío cósmico convergen varios fragmentos de materia de manera espontánea. Es como si de repente en medio de una piscina, los pelillos depositados por los usuarios día tras día se agruparan formando una bola. Estos planetas nacen ya ajenos a un sol y vivirán para siempre sin él.

Sabemos que existen entre 100 y 100.000 planetas errantes por cada nueva estrella que nace. Si tenemos en cuenta que en nuestra galaxia hay unos 100.000 millones de estrellas y que la nuestra no es más que una de los miles de millones de galaxias que existen en el cosmos, podremos hacernos una idea de la cantidad de planetas sin estrella asignada que flotan por el espacio: literalmente decenas de billones. Sin duda, muchos más que planetas que orbitan alrededor de estrellas. Se cree que en la Vía Láctea solo existe una media de 10 planetas orbitales por cada estrella. Una cifra ridícula comparada con la cantidad de mundos no orbitales que hemos mencionado. Realmente lo raro en el cosmos es encontrar planetas como el nuestro, sólidos, apacibles y tranquilamente fijados a la órbita de su sol.

¿Hasta qué temperatura se puede enfriar un cerebro?

Nuestro órgano pensante, igual que el resto de los órganos vitales del cuerpo, necesita encontrarse a una temperatura estable de entre 36 y 38 grados para funcionar correctamente. Temperaturas muy elevadas pueden producir daños, y demasiado bajas, también. Pero en condiciones de control, por ejemplo bajo la vigilancia de médicos expertos, la temperatura del cerebro puede descender sin miedo. Los neurocirujanos necesitan en ocasiones detener el flujo de sangre de alguna parte del cerebro para intervenir quirúrgicamente. A veces pueden llegar a someter al tejido cerebral hasta temperaturas de 16 o 17 grados.

¿Qué puede comerse una planta carnívora?

Estas plantas generalmente se alimentan de insectos o microorganismos que atrapan con sus trampas pegajosas. Pero en algunos casos se han encontrado víctimas algo más grandes. Ciertas especies tienen trampas en forma de trompa en las que se han encontrado cadáveres de vertebrados como ranas, lagartijas o también pequeños ratones.