El celo que delata las corbatas largas de Trump

El presidente es el ejemplo perfecto de cómo no debe llevarse esta prenda: demasiado ancha, larga y pegada con cinta adhesiva.

Para evitar que las palas de su corbata se abran, Trump recurre a un truco de andar por casa
Para evitar que las palas de su corbata se abran, Trump recurre a un truco de andar por casa

El presidente es el ejemplo perfecto de cómo no debe llevarse esta prenda: demasiado ancha, larga y pegada con cinta adhesiva.

La corbata es al ropero masculino lo que los tacones al femenino. Su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XVII, cuando los soldados croatas reclutados en la corte francesa llevaban un pañuelo anudado al cuello. Desde entonces ha evolucionado hasta convertirse en una de las prendas que mejor reflejan la personalidad de quienes la llevan, como es el caso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La idea de poder deconstruir su carácter a través de su perpetua corbata es tan tentadora como delatora, sobre todo si la prueba del delito es triple.

Si en algo estamos de acuerdo es en que Trump pasará a la historia como el presidente corbatero por antonomasia. Si su precedente, Barack Obama, se atrevió a dejar atrás la formalidad del accesorio, a él se le conocerá justo por todo lo contrario. Expertos consultados por LA RAZÓN nos explican que un uso continuado de la corbata denota un carácter conservador, lo que se acentúa si su color es rojo, que también indica que la persona tiene plena confianza en su papel de líder. En el caso de Trump se convirtió prácticamente en un elemento de campaña, ya que es este color el que identifica normalmente a los republicanos. Además, los expertos –que en la lista negra incluyen el rojo fuego–, lo relacionan con la faceta de hombre de negocios, sobre todo si se combina con camisa blanca.

La regla de oro

Pero ya puesto a no desprenderse de este accesorio, si algo necesita el magnate es un estilista que le introduzca urgentemente en el código de las buenas prácticas corbateras. Y es que el político no sólo se salta los 9,5 centímetros de anchura protocolarios –para Ralph Lauren el ideal reside en 7,5–, sino también la regla de oro: no sobrepasar la hebilla del cinturón. Si la anudara correctamente, no sólo respetaría ese límite sino que además podría utilizar la presilla posterior para evitar que las dos palas de la corbata queden abiertas. De hecho, es algo que preocupa al Sr. Trump, dado que para evitarlo recurre a un truco de andar por casa: pegar con celo las dos palas. Algo que lo dejó en evidencia el pasado 1 de diciembre, cuando al bajarse de su avión privado en Indianápolis una ráfaga de viento dejó al descubierto la famosa cinta adhesiva.

Otro de los quebraderos de cabeza para el multimillonario es el nudo, demasiado pequeño para corbatas de las dimensiones que él usa y que da pie, además, al temido efecto «ahorcado». Según explica uno de los expertos, el día de Indianápolis probablemente llevase una corbata italiana, que requiere de un nudo más ancho y elaborado, algo que evidentemente él pasó por alto, jugándole así una mala pasada.

A estas alturas quizá se pregunten cómo alguien que abandera la peor manera de lucir el eterno símbolo de la elegancia masculina puede dar nombre a una firma de esta prenda. Sin embargo, no son sus aspiraciones a gurú corbatero lo que impresiona, sino el origen de sus exclusivas prendas. Y es que el presidente más proteccionista de los últimos años viste y vende ropa importada. Las corbatas «Donald J. Trump Signature Collection» tienen denominación de origen china, país de donde también procedería parte de la línea de ropa de su hija, Ivanka. Donald Trump combina así las corbatas de fabricación asiática con trajes de la firma de lujo italiana Brioni, mientras que el calzado de su exclusiva marca cruza a diario la frontera con México, donde varios medios aseguran que es desde el estado de Jalisco donde se confeccionan sus zapatos. El presidente prevé ahora un arancel del 25 por ciento a los productos importados, lo que encarecería en más de 50 euros cualquiera de sus trajes. ¿Paradójico, verdad?