Olivia Coleman, Wiston Churchill y los robos en el Palacio Real

Cuando la cuchara que te llevas es de Felipe VI.

Cuando la cuchara que te llevas es de Felipe VI

¿Por qué visitar un Palacio Real desata la cleptomanía de los famosos? La que ha liado Olivia Coleman al reconocer que su marido robó en el Palacio de Buckingham. Cuando faltan tan solo dos semanas para el estreno de la nueva temporada de The Crown en Netflix, la oscarizada actriz ha recibido esta semana el reconocimiento de la Orden del Imperio Británico de manos de la Casa Real.

Coleman, que casualmente interpreta a la Reina de Inglaterra en la serie, ha reconocido sentirse “como en casa” en el Palacio, y así mismo debió pensarlo su marido Ed Sinclair, ya que en una de las visitas el escritor robó un rollo de papel higiénico. Coleman comentó en una entrevista que su marido lo había hecho “solo para decir que se lo había llevado del Palacio”.

A diferencia del Palacio Real español, el inglés abre sus puertas al público unos quince días al año, y menos mal, pues cada vez que lo hacen desaparecen mágicamente ceniceros, bolígrafos y cubertería.

En 1998, la actriz británica Denise van Outen robó una caja de pañuelos y un cenicero durante una recepción en Buckingham. Después de filtrarse en prensa, Outen devolvió los objetos con la figura de un camello que había comprado en Túnez y una nota de disculpa a la Reina que rezaba: “Perdón, señora. No quería jorobarla”.

En el año 2002, aprovechando la fiesta del Jubileo de Oro de la Reina, la spice girl Emma Bunton, se llevó el cartel que indicaba el lavabo de mujeres.

¿Y en nuestro país, nadie roba? Por supuesto que sí, pero al menos los famosos y políticos que visitan el Palacio Real no alardean de sus botines públicamente. De hecho, conozco a una persona muy ligada a Casa Real que reconoce que “durante las cenas de Estado en el comedor real es más difícil, pero durante el café, que se toma de pie en la sala Gasparini, es muy factible llevarse de recuerdo una cucharita. Yo conozco a varias personas que se las han llevado, y te hablo de autoridades conocidas”.

Varios días al año, el Palacio Real deja de ser un museo para convertirse en la casa de Don Felipe, cuando nuestro monarca invita a una cena de Estado a un dignatario extranjero. La vajilla, cubertería y menaje que servirá esa cena pertenece a Patrimonio Nacional, el organismo que gestiona los bienes históricos de nuestro país. Este organismo se fue fraguando a lo largo del siglo pasado para deslindar el patrimonio privado del Rey del que está a su servicio pero no puede dividir, vender o regalar.

El Palacio Real dispone para sus eventos las mismas piezas que se utilizaron durante el reinado de Don Juan Carlos y Doña Sofía, pues Su Majestad Felipe VI no ha querido hacer más gasto que cambiar los manteles. En una cena de gala, los invitados se encontrarán con unas copas de cristal de Bohemia con base hexagonal y filo de oro (difíciles de robar). Los platos con filo de oro, con el escudo del Rey y las iniciales JSC tampoco son muy “manejables”, pero.. ¿qué pasa con la cubertería? Los cubiertos son piezas de plata sobredorada de Alfonso XII, excepto las palas de pescado que los incorporó don Alfonso XIII para celebrar su enlace.

Tras comer cada plato, el servicio se retira a la cocina donde se lava a mano inmediatamente y se cuentan los cubiertos. Si faltara alguno, se vaciarían los cubos de basura por si hubiera caído por accidente, pero si continuase faltando, se comunica al Jefe de Protocolo inmediatamente. Los mentideros cuentan que se cerrarían puertas hasta que apareciese esa pieza perdida.

Por si alguien a estas alturas todavía desea “intentar” la hazaña de sustraer alguna pieza, debe saber que la mayoría de los camareros pertenece al cuerpo de la Guardia Real y están todo el banquete atentos a los movimientos de la gente.

¿Y si aprovechan para guardarse un tenedor en el baño? Es impensable ir al servicio durante la cena, así que los invitados tienen que esperar al famoso momento del café.

Casa Real es consciente de la fascinación que se puede sentir por llevarse una “chuchería” como souvenir, así que en las bodas de las Infantas Elena y Cristina y en la de los entonces Príncipes de Asturias se sirvió el banquete en una vajilla, cubertería y cristalería de inferior pedigrí para evitar daños incalculables en el Patrimonio Nacional.

De hecho, en la boda de Don Felipe y Doña Letizia, tan solo la mesa presidencial contó con la vajilla y cubertería de las Colecciones Reales. El resto de comensales, hasta los mil quinientos, comieron en piezas alquiladas. Y esas son las cucharillas que muchos tienen hoy en su casa.

Desde luego, no me imagino a nadie reprendiendo a un ministro, pero fuera de nuestro país ya tenemos antecedentes: cuenta la historia que durante un banquete oficial celebrado en Inglaterra con asistencia de personalidades de todo el mundo el Jefe de Protocolo inglés se dio cuenta de que uno de los altos cargos acababa de meterse en el pantalón un salero de oro.

Azorado, el Jefe de Protocolo habló en un aparte con Winston Churchill, que era el Primer Ministro del momento. Con el ingenio que le caracterizaba, Churchill se guardó discretamente el pimentero que hacía juego y esperó pacientemente a que terminase la cena, momento en el que se acercó al ilustre ladrón y le susurró al oído “Señor, esto se pone feo, nos han visto, creo que lo mejor es que devolvamos los dos saleros antes de que tengamos un grave incidente” y depositó el pimentero sobre la mesa. Instantes después, el político ratero copió su acción. Hay que desarrollar el arte de la diplomacia hasta para reprender a los ladrones.