Leyenda de romances y coplas

En la charla que dio en Casa Club en Marbella
En la charla que dio en Casa Club en Marbella

Era una mezcla tan intensa de olor a incienso y romero mezclado con el redoblar de los tambores y saetas que sentí como si el corazón, mi alma, lo más profundo de mi ser, fuese a explotar en llanto por la enorme emoción del momento. Cruzaba el umbral de la puerta de nuestra Cofradía de Zamarrila la Virgen de La Amargura en su maravilloso trono, lentamente mecida por los cofrades que lo portaban. Y en la mano izquierda de esta preciosa talla, el rosario que yo le había regalado esa mañana después de imponerme la medalla de honor como cofrade. Momentos en mi vida tan fuertes que siempre se quedarán grabados en mi memoria.

Allí estaba yo vestida de mantilla con un grupo de mujeres que acompañábamos a La Amargura vestida con sus mejores galas. Llevaba la Virgen su vestido más antiguo, bordado en oro, y en su pecho, la rosa roja prendida con un puñal. Porque mi Virgen tiene una leyenda preciosa que corrió de boca en boca a través de romances y coplas que brevemente quiero contarles. Zamarrila era un bandolero que vivió en la primera mitad de 1800. Tenía bastante atemorizada a la ciudad de Málaga capitaneando una cuadrilla de bandoleros de similar calaña que, bien armados, se dedicaban a saquear diligencias y robar a todos los transeúntes que se ponían a su alcance. Zamarrila un día se vio perseguido y acosado por una recién creada Guardia Civil. Al huir se topó con una ermita y entró en ella. Desesperado, se postró delante de la Virgen y le pide su perdón y ayuda, ocultándose bajo su manto. Los soldados entran, pero no lo encuentran. Él, en agradecimiento, arranca una flor blanca y la prende con una navaja en el pecho de la imagen y, ante su asombro, ve cómo sus pétalos cambian a color rojo. A partir de ese milagro, Zamarrilla se convierte en un ermitaño que acude cada cierto tiempo a venerar a la Virgen que le salvó la vida y ofrecerle una rosa roja.

La procesión salió desde el lugar donde sigue encontrándose la ermita y caminamos parando cada muy pocos pasos durante siete horas. Ahora entiendo por qué le llaman estación de penitencia... Cuando me quité los zapatos mis pies tenían heridas. Fue agotador pero maravilloso sentir el cariño de los malagueños a mi paso por las calles de su ciudad. Cuando enfilamos la Alameda y Larios me parecía un sueño que yo pudiese estar ahí. Siempre estaré agradecida por el gran honor de salir el Jueves Santo en la procesión de Málaga, la cual procuro no perderme nunca desde que tenía 17 años. Este honor ha sido uno de esos regalos que a veces nos hace la vida.

Y la vida sigue y nos invita a celebrar este domingo el día del libro. Qué sería de nosotros sin la lectura, sin la enseñanza de todos los libros de nuestra vida que nos acompañan y nos seducen. Personalmente adoro el olor del papel, subrayar, releer cuando una frase o un pensamiento me sorprenden. Hoy quería recomendarles los llamados «coffe table books», esos ejemplares maravillosamente editados a medio camino entre la obra de arte y el objeto de deseo que recorren la vida, entre otros, de Coco Chanel, Cecil Beaton, Lee Radziwill y Valentino, o escudriñan las casas más apabullantes de los Hamptons, París o Roma, y colecciones de joyas de los Maharajas, Cartier o Bulgari.

Estos libros maravillosos, editados por Taschen o Assouline, son uno de los regalos que deberían hacerse para celebrar el día del libro. En mi caso, tengo la costumbre de regalar este tipo de libros que, además de ser un placer estético, siempre darán un toque chic a la mesa de su salón. También quiero felicitar a los catalanes por el día de San Jordi. Me encanta el detalle de regalar un libro y una flor.