Bautismo de fuego

Armado de valor, libreta y boli, el domingo por la noche quise debutar en el reporterismo de guerra. Había escuchado a Pablo Iglesias decretar la «alerta antifascista» y decidí empotrarme en el requeté de la carlistada local, jóvenes repeinados de Los Remedios, en su razzia por el Moscú sevillano. Debieron pasar de largo hace un rato, pensé, no tendría que haberme quedado delante de la tele después de que Ben Yedder empatase. Atroché para alcanzarlos en San Juan de la Palma, donde imaginaba que habrían plantado las milicias obreristas, comandada por una bizarra oficialidad gafapasta, su primera línea defensiva. Nada. En «El Rinconcillo», los parroquianos de siempre y los turistas de guardia se ponían hasta las manillas de espinacas con garbanzos, ajenos a otra batalla final (y van...) de la lucha de clases. Era posible que la trinchera del Vizcaíno hubiese sido copada por los invasores, así que era mejor avituallarse: tortilla de jamón y medio coronel para la noche de cuchillos largos... pero ni rastro quedaba del combate en Anchalaferia, estarían defendiendo las levas de reserva traídas del Polígono Norte la ciudadela de La Macarena, conquistada para la causa roja tras desenterrar a Queipo de Llano. Llegando allí por Bécquer, se me ocurrió preguntar a mis informantes del cabaré Slapyton, viejos travestis –realmente viejos– que han sobrevivido a varios cambios de régimen. Nada otra vez. La ginebra no debía ser de una primera marca, porque me desperté ciertamente aturdido y con un lacerante dolor de ojete. «Alguna evacuación complicada», quise convencerme. El lunes por la noche, en casa, escuché en la radio que mil universitarios se habían manifestado alarmados por el ascenso de la extrema derecha en las elecciones. Me consoló comprobar, o sea, que mi estupidez tenía compañía.