Cuando la hipoteca estaba al 16 por ciento

Hasta los ajustes presupuestarios que siguieron al reconocimiento de la reciente crisis financiera, las virtudes de la moneda única eran tan incuestionadas para los economistas que te jugabas el aprobado del examen si se te ocurría alertar de algunos riesgos. En España (y también en otros países como Italia o Grecia) era tal el entusiasmo por compartir la nueva moneda que de nuevo se sacaba a pasear al «que inventen ellos» de Unamuno para advertir de que era nuestra única oportunidad para subirnos al carro de la Europa moderna. Por cierto, que Miguel de Unamuno, que habló de aquella forma en tono absolutamente irónico, sigue siendo un vasco, y por tanto, doblemente español, ante cuya altura intelectual cualquiera se empequeñece.

Pero regresemos al euro. El ex ministro Miguel Sebastián –quien es mucho más académico que político– publicó recientemente «La falsa bonanza» (Ed. Península) libro en el que hace su análisis de las causas de la gran recesión en España. No es un libro de memorias, que siempre hay que abordar con prudencia, pues mezcla revelaciones interesantes, ajustes de cuentas y «memoria construida» del propio autor. En absoluto. Es un libro que incorpora una elevada dosis de autocrítica inhabitual entre los políticos, siempre prestos a reivindicarse a sí mismos.

Entre las autocríticas destaca una por su singularidad: su opinión de que España se equivocó entrando en el club de la moneda única. Señala que en aquella época sólo dos economistas advertían del error, Fabián Estapé y Miguel Boyer. Con el permiso del profesor Sebastián, yo tengo que añadir a los profesores Juan Torres –entonces en la Universidad de Málaga– y a Juan R. Calaza –en aquellos años en la Universidad de París–.

El razonamiento de Miguel Boyer era simple y aplastante. Venía a preguntarse que si Gran Bretaña, Suecia o Dinamarca habían optado por quedarse fuera del euro y no eran, precisamente, países poco serios ¿qué ventajas teníamos los demás?

Pues entre esas ventajas estaba la expectativa de una bajada en los tipos de interés una vez que la peseta hubiera fijado irreversiblemente su tipo de cambio frente al euro.

Sebastián señala en su recomendable libro que la entrada en el euro tuvo un efecto anestesiante, que disparó la deuda privada española como no ocurrió en otros países. Algunos datos soportan esta afirmación. En 1997, la deuda total española (privada y pública) suponía algo más de dos veces nuestro PIB. Era una deuda principalmente privada (147 % del PIB) y no pública. Al inicio de la crisis, en 2008, era más de cuatro veces el PIB pero la deuda privada de los bancos de había multiplicado por más de diez. Hasta 1998, los créditos concedidos por el sistema bancario español y los depósitos que custodiaban iban esencialmente parejos. Con la entrada en la moneda única, los bancos españoles se endeudaron fuertemente en los mercados interbancario europeo y de capitales internacional, para dar créditos baratos. El «boom» inmobiliario comenzaba a desarrollarse. Por ejemplo, en 2003, en España se construyeron más viviendas que en Alemania, Reino Unido e Italia juntos. Se lamenta Sebastián que si en aquellos años se hubiese introducido la dación en pago de la vivienda como algo obligatorio, el crédito promotor y el hipotecario no se hubiesen disparado. Él mismo recuerda cuando había que pagar un 16% por un crédito hipotecario, algo que hoy (en el mundo del «tempus fugit») nos parece de la prehistoria financiera.

Sebastián reconoce que, con todo, sería ahora peor salirse del euro, pero sí admite que España necesita sacudirse el complejo que nos aplasta como nación, aunque al economista corresponda ese papel incómodo de señalar los riesgos donde los demás sólo ven fiesta.