Andalucía

Diez años de injusticia

Se cumplió la semana pasada un decenio desde el secuestro, martirio y asesinato de Marta del Castillo en medio de manifestaciones de multitudes que exigen, junto a la familia, justicia efectiva. Existen dudas razonables, según esgrime la acusación particular, para pretender la repetición del juicio, a la salud de una instrucción plagada de rarezas, pero a los deudos los mueve un afán todavía más perentorio que el de la reparación a través de una condena proporcional: tener una tumba a la que llevar flores, sin lo cual es imposible cerrar el duelo y ni tan siquiera comenzar a asimilar la pérdida. Miguel Carcaño, el autor confeso de este crimen que los medios se guardan mucho de calificar como «machista», ¿por qué?, mantiene su crudelísimo silencio sobre el paradero del cadáver porque ciertos hideputas lo son sin descanso, desde que su madre los echa hasta que el diablo se los lleve al infierno. Lo mismo cabe decir de su manojo de cómplices, si es que los tuvo (que tiene toda la pinta de que sí, a pesar de ciertas absoluciones agarradas por los pelos). Tampoco queda clara la relación entre el mimo institucional, rigor garantista mediante, de algunos imputados, la falta de combatividad del feminismo oficial y la relación de aquéllos con quienes subvencionan, subvencionaban hasta la semana pasada, el movimiento mujerista. No es posible, o sí, que la revolución morada se solidarice con victimarios y víctimas en función de sus simpatías políticas, pero da toda la impresión de que la adscripción a formaciones conservadoras de la familia Del Castillo hace que el de Marta desmerezca la calificación de crimen de primera. El grueso de esta manada vive en tranquila libertad y su miembro más conspicuo quiere empezar a disfrutar de permisos carcelarios; las suripantas callan como tales.

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