Dirigir para Adolf Hitler

Leni Riefenstahl cayó hechizada por Hitler durante un discurso en el palacio de los Deportes de Berlín, en 1932. Tanto que esa noche ella le mandó un carta temblorosa para conocerlo y obtuvo respuesta. Era entonces una actriz rutilante que iba a zarpar hacia Groenlandia para intrepretar una película sobre esquimales. Estaba en la agenda de la Universal americana. Antes de tomar un barco con tres osos polares sacados del zoo de Hamburgo, recibió una llamada, cenó con Hitler, éste se le insinuó y germinó una relación de proximidad entre ambos. Al cabo, ha pasado a la Historia como la cineasta de la propaganda nazi, aquella a la que el «führer» ordenó la consagración fílmica de la multitud en el congreso del NSDAP en Nuremberg. Un año más tarde, le encargaría filmar el despliegue olímpico de Berlín.

Tras el Holocausto, siempre trató de matizar su relación con el régimen. Pero fue sepultada por su pasado como puntal de la mercadotecnia hitleriana. Según la explicación que esgrimió a lo largo de toda su vida, estaba tan concentrada en su trabajo cinematográfico, que apenas tuvo tiempo de preguntar qué era eso de los campos de concentración. En sus «Memorias», apasionantes, cuenta que Goebbels se lo aclaró: «El exterminio es un rumor, apenas se están ejecutando a unos cuantos traidores de Alemania». La afectada e imposible ignorancia es la respuesta clásica ante cualquier gran culpa moral. A esta respuesta tan vana, Billy Wilder le dedicó un diálogo sarcástico y esclarecedor en «Uno, Dos, Tres». En esta película conversan un alto ejecutivo americano de la Coca Cola destinado en los sesenta en Berlín y su ayudante, Schelemmer, cuyo pasado nazi es tan insoslayable como sus reflejos taconazos militares.

–«Entre nosotros Schlemmer, ¿qué hizo durante la Guerra?»

–«Estaba en el subsuelo, en el subterráneo».

–«¿En la resistencia?»

–«No, era conductor, ¿sabe? En el subterráneo, en el metro».

- «Y, desde luego, era usted antinazi y nunca le gustó Adolf».

- «¿Adolf? Qué Adolf? Abajo donde yo estaba no me enteraba de lo que ocurría arriba. Nadie me dijo nunca nada».

A Leni Riefenstahl le 'dijeron' tanto que, fuera de la obscena explicación de la ignorancia, incluso actuó en consecuencia. En la intimidad, casi como en el sacramento de la confesión, recordaba como se retiró de la filmación de la invasión nazi en Varsovia al ver, dirigiendo tras la cámara, las matanzas de polacos que iba provocando la conquista del espacio vital alemán.

Como la historia es una simplificación, resulta más difícil explicar que el propio Billy Wilder, quien huyó en los albores del nazismo a Hollywood, sintiera devoción por la directora alemana. Tanta que quiso producirle una película hasta el final de sus días. No pudo pero, como muestra de devoción, le envió el guión de «Con faldas y a lo loco», con las anotaciones que había hecho Marilyn Monroe.

Riefenstahl aprendió a bucear con más de 70 años, sobrevivió a un accidente de helicóptero en Sudán con 98 y murió a los 101.