El palo y el vodevil

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La tormenta se ha desatado en Podemos y el beocio discute sobre si el dedo pertenece a Poseidón o a Neptuno. El dios griego, todo sea dicho, se acomoda a la estampa de Kichi González, alcalde de Cádiz, como el romano se encarna mejor en Pablo Iglesias, muñidor del partido y, recientemente, diana del fuego amigo y enemigo a causa del primigenio vicio, encumbrarse antes a la sierra que asaltar el cielo. El gaditano representa como nadie el sofismo actoral, mientras que el ex de Vallecas y actual residente en los picos ofrece los rasgos propios del personalismo imperial. Con tales credenciales se han presentado ambos a la viva discusión. Dense fuerte, camaradas. Todo viene a cuento de lo de siempre, las elecciones. En Andalucía se prevén para la vuelta de la esquina y la pareja formada por Kichi y su concubina, Teresa Rodríguez, esquiva por cierto con el ruido del chalet, contrarresta como puede el salpicado de la efigie. No sólo es eso. Los Ceaucescu de Cái lideran la facción anticapitalista, hegemónica en Andalucía y actual aliada del «iglesianismo», del que es también eterno y encendido adversario. Cosas de la lucha y del motor, Kichi e Iglesias andan escribiéndose cartas y mandándose recados turulos. La escenificación del palo. Kichi se «susaniza» y no habla de «sus» hospitales pero sí de que los vecinos no mueren, sino que se «le» mueren a él. El hallazgo es fenomenal. Y por eso, por estar con «su» gente, que es como los colegios de aquélla pero con corazoncitos, se queda a vivir en la Viña y no se muda a un chalet. El sofisma del gaditano es devuelto por el serranito de Galapagar con un coscorrón etrusco, recordándole a Kichi el acuerdo con Navantia o la salida al monte a favor de la independencia catalana. Es la dialéctica hegeliana en versión vodevil, la oda al palo.