Política

Ficciones y relatos

El relato de los hechos obliga a destacar que en los últimos meses se ha producido uno basado en la crispación

Pedro Sánchez, junto a Susana Díaz cuando todavía era la inquilina de San Telmo / Foto: Ke-Imagen
Pedro Sánchez, junto a Susana Díaz cuando todavía era la inquilina de San Telmo / Foto: Ke-Imagen

El relato de los hechos obliga a destacar que en los últimos meses se ha producido uno basado en la crispación

En la maraña catalana por fin se ha puesto un poco de luz al asunto. «En el principio era el verbo», pero en esta ocasión ha sido un sustantivo. «Relator», una palabra gris, con mala cara, como de lunes por la mañana a la que no se sabe bien dónde colocar. «Relator», le viene como anillo al dedo a las intrigas de Sánchez y Torra para que ambos puedan seguir viviendo del cuento. Se vuelve a pronunciar «relator» y se guiñan los ojos como buscando el significado a la palabreja, que en Sevilla es tarde de Domingo de Ramos y mañana del Viernes Santo. La ministra Carmen Calvo ha tratado de explicarlo como ha podido, aunque es verdad que sin demasiado éxito. «Relator», se mastican las sílabas sosas bajo el paladar mientras vuelve otra vez la cara de tonto. Más de una hora estuvo la de Cabra para explicarlo, pero no tuvo éxito ninguno porque ofreció más dudas que respuestas, más sombras que luces. «Relator», de tanto decirlo, de tanto nombrarlo, el término toma un poco de forma, toma cuerpo en sus significados posibles. Nos han contado tantas veces eso del «relato» que cómo no es posible que hayamos caído en la cuenta antes. De relator a relato, el camino se hace en una vez, de ida y vuelta, que de lo que se trata es de que te cuenten algo y te lo creas. El relato se ha convertido en la explicación superficial de la ristra de situaciones a la que no se le quiere meter el diente para explicarlas a fondo. O bien por flojera corporal o intelectual, la cuestión de que hay una narración para toda la realidad saca a la luz el cuento chino de la propia teoría catalana. Es verdad que necesitamos un cuento para irnos a la cama contentos, que la narración junto a la hoguera refuerza la idea de grupo, que hay que tener un cuarto propio para escribir, que el relato es esencial, pero a poco que se mire en el interior de la expresión no hay mucha sustancia que encontrar. A no ser que lo que se ha querido transmitir en esta nueva vuelta de tuerca es que al resto de españoles les vayan a contar otro episodio del problema catalán. El relato de los hechos, el relato de la deriva, obliga a destacar que en los últimos meses se ha producido un relato basado en la crispación, que encuentra su nuevo capítulo en la claudicación del presidente del Gobierno ante las intenciones secesionistas. Al caer del tobogán, la da en la cara a uno el concepto de la ficcionalidad, que no es más que la connivencia entre lector y escritor para dar cabida a un mundo inventado, es decir, para que funcione el mecanismo de la literatura. Explicado en dos frases sin entrar en la profundidad de Bajtin, Eco y Pozuelo Yvancos.

¿Vuelves, Alfonso?

Manifestación en Madrid contra Pedro Sánchez, al que cada día se le agota más el crédito. Venezuela, que en muchas cosas va por delante que España, ha salido a la calle en masa para decirle a Maduro que se acabó. El mismo al que Sánchez le ha llamado «tirano» con la boca chica para carcajeo general del personal, en especial de los que ya están preparando los cuchillos para trocearlo cuando tengan que recuperar lo poco que queda del PSOE. Ya han hablado Felipe González y Juan Carlos Rodríguez Ybarra como voces más representativas de los socialistas pata negra. Lo han dejado bien claro, aunque no tanto como Alfonso Guerra, que recupera en cuanto puede la fortaleza verbal e intelectual que le convirtió en el azote de Gobierno y oposición. Cuando habla Guerra, trágame tierra, acapara el aplauso de un lado y otro del espectro político español. ¿Será Guerra la verdadera reencarnación de lo que busca sin éxito Cs? No ha abierto la boca Susana Díaz, que sigue desaparecida desde que Juanma Moreno se hizo con el control de la Junta pese a que se la tiene jurada a Sánchez. Sin poder, uno pierde hasta la voz.

Távora

La muerte de Salvador Távora se cuela como una estocada en la esencia de lo que se supone que era Andalucía. Pese al flamenco, los toros, las marchas de Semana Santa, pese a Carmen, el mundo de Távora mostraba en su esencialidad la verdadera Andalucía a la que en un momento se aspiró. La que no tiene nada que ver con el chiste, la pena y la ordinariez, la que se hunde en lo mejor de la cultura andaluza. Profunda, culta, sensible, auténtica y original en toda su expresión. Como el teatro de Salvador Távora. Se ha ido el creador de La Cuadra, el grupo teatral que tomó el argumento de su barrio obrero de El Cerro del Águila para asombro de la modernidad europea de los años setenta. Muere un referente al que será complicado encontrar un relevo en la escena española.