Fin de época

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El debate (¿?) a dos del lunes seguirá haciendo correr océanos de tinta sin que nadie formule la única pregunta realmente trascendental, que martillea el cerebro de cualquier espectador sensible. ¿Utiliza Manuel Campo Vidal ese terrible reflejo violáceo con el que las septuagenarias del último tercio del siglo pasado adornaban sus cabelleras canosas? Y en caso de respuesta positiva, ¿constituía ese tintazo lila un guiño a Podemos del oficiante del funeral de este bipartidismo (otro lo suplirá en breve)? Porque, nadie se engañe, el ritual representado por Mariano Rajoy y Pedro Sánchez fue el acabose o, como mejor dijo Mafalda, fue el continuose del empezose de Omaíta Díaz y Josema Morenilla cuando las autonómicas de marzo, sólo que en esta ocasión la audiencia fue millonaria y se prescindió de la figura de Antonio Maíllo como pasmado convidado de piedra. Eso que se ahorró Alberto Garzón. Pero el estilo, o más bien su clamorosa falta de ídem, barriobajero y la prosodia pedestre pareció la misma e idéntica fue también la desoladora indigencia intelectual de los oradores, que con mayor propiedad habríamos de denominar aradores. Estaba claro que, en el caso del PP, el líder madrileño patrocinaba al andaluz pero ya resulta intrascendente si el PSOE invierte este esquema, o sólo lo pareció en su día, porque es cuestión de tiempo que estas dos formaciones sobrevivan apenas en las enciclopedias. Nada tan podrido puede durar mucho. Siendo malo todo lo que se dijeron los candidatos, lo que de verdad resulta terrible es que básicamente se trataba de verdades... y aún se dejaron mil reproches ciertos en el tintero. Han generado basura suficiente para estar un siglo lanzándosela a la cara. Vale ya.