Ignacio Medina y Fernández de Córdoba, duque de Segorbe: «Ser duque no me ha ayudado nada»

La Academia premia su trabajo de recuperación del patrimonio histórico

La Academia premia su trabajo de recuperación del patrimonio histórico

Cuando el aristócrata entra en el patio del hotel Las Casas de la Judería lo hace con cierto aire de lord inglés, desprevenido bajo el fuego que cae del cielo de Sevilla. Ya al calor de la conversación, en uno de los patios que él recuperó cuando rescató parte del barrio de San Bartolomé de la piqueta y el olvido, deja ver que pese a pasar largas temporadas en Inglaterra y Venecia aún mantiene fresca y honda su raíz andaluza. Al frente de la Fundación Medinaceli, Ignacio Medina (Sevilla, 1947) se encarga de mantener el legado histórico de la casa nobiliaria más importante de España, desciende de una rama mayor de Alfonso X «El Sabio», y acaba de ser recepcionado en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla.

–Es la primera vez que hablo con un duque, ¿qué significa este título en el siglo XXI?

–(Risas) Bueno, nada importante, francamente desde el punto de vista de que pudiera haber algún privilegio o diferencia ante el resto de la sociedad sólo es un recuerdo de la historia.

–En su caso, además, es una responsabilidad.

–Pero no por duque, sino por el patrimonio histórico que nos ha llegado a nosotros. Cualquiera al que le pasara lo mismo debería actuar así, aunque desgraciadamente no siempre ha ocurrido en España, pero sí en otros países donde yo he pasado algún tiempo y conozco bien. He repetido un modelo que en otros sitios es normal, pero no va más lejos de eso. Desgraciadamente, mucho patrimonio se ha deshecho en la última generación, prácticamente no queda casi nada en pie después de la Guerra Civil. Yo defiendo el fleco del fleco de lo que pudo haber.

–Habla de lo que sucede en Inglaterra, Francia, Alemania o Italia, ¿por qué no pasa eso aquí?

–En primer lugar, porque los poderes públicos no lo han protegido de aquí no se libra nadie. Son más estatalistas que nadie y piensan que la salvación del patrimonio histórico llega con cuatro museos. Es muy difícil encontrar un patrimonio histórico en España que no haya sufrido algún descalabro, es complicado, pero en Inglaterra hay montones, aunque aquí no existen. Sucede con los palacios reales, que todo lo tienen con decoraciones de Isabel II y, como mucho, de Fernando VII, no hay ni un salón completo del siglo XVII.

–Usted prácticamente reparte el año entre Sevilla y Venecia. La primera se está perdiendo desde hace décadas por el descuido de las autoridades políticas y, la segunda, sabemos que algún día desaparecerá bajo las aguas. ¿Se parecen ambas ciudades?

–Ojalá. Hay muchas coincidencias, es verdad, pero por caminos diferentes. La primera de todas es ese mestizaje de estilos, lo que aquí es mudéjar allí se le llama gótico bizantino, ahora bien, Venecia ha tenido la suerte de que sus murallas han sido las aguas. Ésa ha sido su suerte, porque a partir del siglo XVIII era ya una ciudad inútil. Eso la ha salvado. Ha pasado lo mismo con las murallas de Lugo o Ávila, que no hubo desarrollo ni dinero para tirarlas.

–Se imagina que no se hubieran tirados tantas casas históricas, tantos cafés, las puertas de la muralla...

–Sería una ciudad maravillosa, pero eso es complejo, porque no ha habido ningún interés por mantenerla. Es algo complejo. Yo pude hacer mucho más de lo que hice pero a lo largo de mi vida he tenido una cantidad de trabas enormes. Para conseguir licencias hubo grandes problemas con el Ayuntamiento y la comisión de patrimonio pero no sólo en Sevilla, también en Córdoba o Granada, donde me llevé nueve años para conseguir una licencia cuando a otros se la daban sin problemas. Ha habido un arbitrismo tremendo, me han fastidiado muchísimo.

–¿Y por qué a otros sí se las daban fácilmente?

–Pues aunque esté mal decirlo tiene mucho que ver con la primera pregunta. Ser duque no me ha ayudado nada, vamos, pienso que todo lo contrario. Era fácil meterse con un duque y a los otros, digamos los de derechas, tampoco le interesaba porque pensaban que lo vinculaban con cosas que no querían.

–Vamos que es usted un duque en tierra de nadie.

–(Risas) Puede ser, porque mía no ha sido (más risas)

–Pero una parte de la cultura sevillana sí le ha reconocido su esfuerzo.

–No sabe cómo lo agradezco a todos los académicos. Curiosamente me he dedicado más a las Bellas Artes que a las Buenas Letras, pero sí hay una cosa que hice, que fue hacer la sección nobleza del Archivo Histórico Nacional, que está en un edificio de nuestra fundación en Toledo, estudiando los archivos de la nobleza, en particular de la Casa de Medinaceli. Eso lo recogí en mi discurso de entrada, que es un resumen de un libro sobre este asunto, del que por cierto he recibido una nota de John Elliot en la que me felicita por él.

–La Duquesa de Medina Sidonia, la Duquesa Roja, aseguraba que si se estudiasen más los archivos, la historia sería distinta. ¿Comparte este punto de vista?

–Para nada, todo lo que ella decía me parece un disparate, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Lo que sí creo es que no se han estudiado suficientemente. Difícilmente se puede conocer la historia de Sanlúcar de Barrameda sin conocer el archivo, porque es que eran los señores allí o El Puerto de Santa María, sin recurrir al nuestro.

–Hábleme de Pilatos, no el que va en el paso de la Sentencia, sino de la casa.

–Aquí Pilatos en plural, pues desde el lugar en el que nací hasta ser una de las casas más importantes de Europa. Es un compendio de la historia de la ciudad difícil de igualar, la estatuaria posiblemente sea la mejor de España pese a estar muy mermada, de azulejos lo mismo, no existe nada parecido.

–¿Y de Hugh Thomas?

–Mi gran amigo, una persona extraordinaria que ha influido mucho en mí. Le voy echar mucho de menos porque pasaba temporadas conmigo aquí. Un gran historiador, que además me enseñó a hacer historia, porque me decía que no perdiera el tiempo cuando alguien podía hacer algo por mí. Era un hombre de equipo, algo bueno porque si no, uno se limita muchísimo.