«Llevo una pala y un traje de agua en el coche. Sigo buscando y ojalá la encuentre»

«Si me dicen dónde está mi hija, hasta dejaría de preocuparme lo que les pase a los implicados», indica Antonio del Castillo

El padre de Marta, Antonio del Castillo
El padre de Marta, Antonio del Castillo

«Si me dicen dónde está mi hija, hasta dejaría de preocuparme lo que les pase a los implicados», indica Antonio del Castillo

«En ocho años sólo he soñado dos veces con Marta. Veía una portada de un periódico que decía que había aparecido», confiesa Antonio del Castillo en la efeméride de una tarde-noche «grabada a fuego en la memoria». Cada paso, cada gesto, la persiana al golpear en la madrugada en la ventana de León XIII, la frase que le dijo Miguel cuando lo sorprendió cerca del portal con Marta –«Tranquilo, que estoy de paso»– o la crueldad involuntaria de la rutina de los agentes que, al interponer la denuncia, señalaron que «como tiene 17 años, mi hija estaba de fiesta». Después, la Policía, a la que agradece su «incansable labor» sin dejar de criticar «la cadena de fallos», «me ha recriminado muchas veces que la prensa estaba al día siguiente» de desaparecer Marta. «Esa misma noche fui a comisaría dos veces. ¿Salió alguien a buscarla? No. ¿Quién no hizo su trabajo? A lo mejor, estaríamos hablando de otra cosa», lamenta. El juez de Instrucción ahora tiene plaza en la Audiencia. «Yo me alegro por él. Podía haber sido un poco más duro, con los implicados sobre todo. Yo me alegro por él». La familia reclama que se reabra el caso. «No cuadra nada, con dos juicios separados. Esto está mal. Y los políticos sólo se preocupan de su bienestar y, al salir de la política, tener dónde meterse», señala, mientras fija la mirada con los mismos ojos verdes de Marta, pero velados por la pena ya para siempre y que sobresalen como una protesta entre el humo de un cigarro rubio. «Los psicólogos dicen que hay que pasar página. No hablan desde la experiencia, hablan desde los libros. La experiencia dice que no puedes pasar página si no la encuentras. No puedes», señala. La familia vive los días «con desesperación, cuanto más lejos nos vamos de la fecha, te desalientas, pero no lo dejamos. Quién dice, por ejemplo, que en esta próxima búsqueda, si la hay, no podamos encontrar nada». A Miguel Carcaño le quedan 12 años de prisión y, en teoría, ya le corresponderían permisos. «Debe cumplir la pena íntegra». El tono, la mirada, la franqueza desde un dolor indescifrable, que tapa hasta la rabia –«Si me dicen dónde está mi hija, hasta dejaría de preocuparme lo que les pase a los implicados»–, evoca al Ricardo Morales de «El secreto de sus ojos», cuando confiesa al personaje de Darín aquello de «Usted dijo perpetúa». Pero esto no es ninguna película. «¿Cómo se sigue adelante? Tenemos dos hijas más, y una nieta. Seguimos por ellas. Ahora, nunca olvidamos. Yo, mi suegro, todos, ahí estamos. Hay veces que soy yo el que sale a buscar. Tengo mi pala, mis cosas en el coche. Hasta un traje de agua. Salgo cuando puedo y procurando que nadie se entere. Cuando voy a la Policía es cuando tengo algo consistente y no puedo hacerlo yo. La nueva búsqueda en el río no puedo hacerla yo, y menos en el centro de la ciudad. Si es otro río, lo mismo ni se entera la Policía. Y si soy yo el que llega algún día a encontrarla, se van a enterar por una llamada, no sé, de la prensa, porque yo llamaré a la Guardia Civil al ser, probablemente, su demarcación. Yo sigo buscando y ojalá la encuentre».