«Los mejores aforismos de cada autor son los que no ha dejado escritos»

Carmen Camacho, poeta y aforista, recopila una selección de los «Fuegos de palabras» de 48 autores contemporáneos españoles, en lo que califica como literatura «de trago corto y digestión lenta»

Los aforismos poéticos de nuestro tiempo han dejado a Carmen Camacho la necesidad de poner su mente «en barbecho». Un trabajo tras el que «estoy segura –dice– de que me ha cambiado la letra» y no niega la curiosidad por saber cómo eclosionará esa nueva escritura. Ha «girado» con el libro por Andalucía y toca descanso.

–Empezamos por la pregunta más difícil. ¿Qué es exactamente un aforismo?

–Umberto Eco decía que no hay nada más indefinible. Es paradójico porque su raíz significa delimitar, acotar, y sin embargo es muy complicado de definir, más el aforismo contemporáneo. Ahí sí que tendríamos que hacer ese matiz: estos «Fuegos de palabras» condensan los contemporáneos. Después de darle muchas vueltas, quizá lo definiría como una isla de sentido rodeada de silencio por todas partes, rodeada de página en blanco. En eso entiendo los que no son extractos, como se extractaban de obras de Jardiel Poncela, Oscar Wilde o María Zambrano.

–Son piezas en sí mismas.

–Son piezas con un sentido pleno, no que quieran contar la totalidad del universo, pero sí que por sí solas lo tienen. Cuando lees un libro de aforismos hay un diálogo muy sutil. Antes eran más verdades intemporales e impersonales, ahora albergan la disensión: una lo lee y lo siguiente que hace es intentar discutirlo.

–Cabe también mucho el humor.

–Cabe el humor, la ironía, y en los aforismos de corte poético hay un paso que me importa mucho: no solo trabajan con la razón y la experiencia, si no que incluyen lo que María Zambrano llamaba razón poética, que tiene que ver con la intuición, con la emoción, con la mera contemplación en muchas ocasiones.

–¿Son literatura de trago corto?

–Y de digestión lenta. Sí que son un impacto, son fuegos de palabras. José Bergamín en el título de su primer libro, «El cohete y la estrella», lo define muy bien: viene de un fondo negro y es un fogonazo que se suelta y queda ahí. El trago es corto y la digestión es larga. Erika Martínez emplea la metáfora de una pinza de la ropa: cuanto más aprietas el sentido, por el otro lado se va abriendo. Haciendo la antología tenía que parar cada dos por tres porque lees dos páginas y te alimenta.

–Es fácil de leer aparentemente porque son breves pero a la gente no le gusta demasiado pensar: prefieren que les digan lo que va a ocurrir, sin más.

–Exactamente, esto no está hecho para lectores acomodaticios. Hay algunos de ellos, lo que yo llamo antiaforismos, que sí: es un disparo rápido y genera un golpe de sorpresa, de risa, te tambalea lo que ya está dicho. Por ejemplo, uno mío que dice «dame pan y llámame hermano», es muy distinto al refrán «dame pan y dime tonto». O Rodrigo Cortés tiene uno que dice «dame pan y llámame, tonto». Esa coma cambia todo. Son como la antipoesía de (Nicanor) Parra y de más fácil digestión. En el libro encontramos algunos, desde Juan Ramón Jiménez a José Ángel Valente, que son inconmensurables.

–¿Cree que la tecnología está llevando a un espacio muy exclusivo para el aforismo? ¿Abre un campo de posibilidades o al contrario?

–Depende de quien tenga esa herramienta en la mano, no del soporte. Antiguamente se hacían aforismos más largos, pero no hay que olvidar que el primer tuitero que hubo fue (Ramón) Gómez de la Serna y no existía Twitter. La institución libro introduce dentro del acervo cultural prestigiado cierto tipo de frases, pero frases que estén en Internet, en una pared pintada o en la viñeta de un periódico ¿por qué no van a ser un aforismo? Al final twitter lo que ha hecho es proponernos un juego al estilo de la escuela de Oulipo: nos ha puesto la regla de los caracteres. Puede ocurrir que pase por aforismo cualquier cosa, pero también puede abrir la puerta a mucha gente. De hecho, en el libro hay dos autores para los que su primer campo de batalla fueron las redes sociales: Camilo de Ory y Rodrigo Cortés

–¿La greguería y el aforismo en qué se diferencian?

–No querría hacer un subgénero dentro del aforismo. En España tienen mucha fuerza dos variantes: la filosófica, representada por Unamuno; y la de tipo poético. La greguería se queda en el impacto visual, tiene también mucho contacto con el haiku.

–¿Y entre el aforismo, los afuresmas y los aerolitos?

–A los aforistas poéticos nos ha pasado muchas veces que nos ha dado «cosa» llamarlos así porque no eran unos «señores aforismos». Yo no sé si hago aforismos, de hecho me lo planteé... Solemos darle nuestro propio nombre. Carlos Edmundo de Ory es una figura tutelar del libro y sus aerolitos vienen muchos de ellos del silencio.

–Tiene uno que a mí me interesa mucho que dice «Mi silencio es un grito que calla». Es como deconstruir la propia escritura.

–Los que han estudiado su trabajo coinciden en eso, en que viene de otro lado. Yo entiendo que tiene que ver con la gnosis, con otra manera de entender. Es un entendimiento más enterizo el que se practica a través de la razón poética. Debemos mucho a que pusiera en pie todo ese armazón a María Zambrano. En cuanto a los afuresmas de García Lorca, me encantan porque son antiaforismos puros y duros, se cachondea de su amigo Bergamín. Como cuando dice: «Hay pavos que cargan el moco a la izquierda y otros a la derecha» (risas).

–¿Por qué cuando entra el humor, en cualquier creación, parece que deja de ser trascendente?

–Pasa en la literatura en general y es una cosa que me pesa muchísimo. Parece que si no estás doliéndote todo el rato no tiene entidad y pierde valor. Creo que en los aforismos el humor ha sido más bien venido. Aun así, cuando Ramón y Cajal sacó sus «Charlas de café» lo pusieron de hoja de perejil. Tuvo mucho éxito ese libro y en una edición que yo manejé, él se quejaba de cómo lo habían criticado pese a ello. Creo que algunos que intentan que solo se prestigie lo serio por la noche leen cosas de estas (risas), leen a Jardiel Poncela y a Mihura.

–Jardiel cuando dice eso de «en Hollywood solo se pueden hacer dos cosas: tumbarse sobre la arena a contemplar las estrellas o tumbarse sobre las estrellas a contemplar la arena», ¿estaría aceptado como aforismo?

–Tendría toda la validez.

Él carga con una losa por cómo se comportó en su tiempo y se opaca todo el legado del ingenio.

–Es una pena que su obra haya sido tildada de convencional o de poca valía porque precisamente Jardiel Poncela era chispa pura y dura y era vanguardia.

–¿El aforismo podría ser un «best seller»?

–Creo que no. Ojalá llegara el día en que lo fuera, significaría que ha habido un cambio cualitativo en la forma de leer. Los «best seller» actuales no tienen la misma exigencia del lector. En un aforismo un autor se lo juega todo; en una novela puedes patinar en cuarenta páginas y no te pasa nada.

–Tituló uno de sus libros «Seré bre». ¿Siempre piensa en corto?

–No sé si se llama pensar, las frases fantásticas me suelen aparecer cuando estoy relajada. Tiene mucho que ver con el proceso de alumbramiento de los poemas, yo me fío mucho del primer fogonazo. De hecho, a veces en mis cuadernos decido si eso va a ser un relato, un poema o se va a quedar en un aforismo.

–Entonces lo que dice un amigo mío, «el primer verso lo pone Dios», ¿es verdad?

–Creo que sí, el primer verso no es tuyo, el resto, sí. Isabel Escudero decía que escribimos con tinta robada, y en cierto modo es así.

–¿Aforista puede ser cualquiera? Digo en función de que cualquiera puede tener ese momento de inspiración...

–Sí, siempre y cuando no haya perdido la capacidad de asombro. Los aforismos tienen mucho de epifanía, te suceden como te suceden muchas otras cosas en la vida. También ha estado bastante desprestigiado lo que decía Chaves Nogales de Juan Belmonte, ser «un niño atónito». Luego, ojito, esa revelación tienes que dejarla apuntada. Algunos salen del tirón y es muy fácil caer en aforismo ajeno, pero dejarlo apuntado de la manera en la que dice exactamente lo que quieres decir es una labor como la de la poesía.

–¿Es bueno que todo el mundo crea que es escritor porque publica, aunque no lo haga bien? Hay muchos periodistas «escritores»...

–Una de las cosas de escribir es que no te dan un título para ponerlo en tu despacho. Eso da por un lado la sensación de que cualquiera con un boli en la mano puede serlo, como si yo tuviera un bisturí ahora mismo y me considerara neurocirujana. Por otro lado, creo que todo el mundo tiene la posibilidad de ser un escritor en potencia.

–¿Hay aforistas que no han dejado obra escrita? Pienso en Platón o en Silvio, el rockero sevillano.

–Sí, existen esos aforismos no escritos. De hecho, creo que los mejores aforismos de cada autor son los que no ha dejado escritos, esos que se sueltan en una noche con amigos y decimos todos «de esto nos vamos a acordar mañana». Y nadie se acuerda al día siguiente.

–¿Por qué gustan tanto las etiquetas para todo? Para las personas, los géneros literarios...

–Ahora más que nunca. En la selección de autores de este libro está lo mejor de su casa porque eran absolutamente indomables y muy difíciles de etiquetar. ¿Lo que hace Rafael Pérez Estrada cómo lo catalogas? ¿O Cristóbal Serra? Eso es muy difícil de etiquetar, por eso en la introducción no hablo de género, si no de estado aforístico. Me interesa de los aforismos que son indomables.

–¿En qué está trabajando en este momento?

–Por ahora lo que he hecho es intentar descansar un poco la cabeza después de este chute. Me he tirado dos años trabajándolo de lleno, lo más gordo del libro es lo que no se ve. Quiero aclarar que no es un listín de teléfonos, no quería hacer acopio, habrá quien piense que faltan aforistas pero solo están los poéticos. Por ahora no quiero escribir aforismos, va a ser imposible, pero estoy segura de que después del aluvión de lecturas que he tenido y de relecturas pendientes para este verano a mí me ha cambiado la letra. Y estoy deseando ver algo que ahora mismo ignoro: por dónde me va a romper. Me ha inundado de cosas maravillosas, es imposible después de hacer un libro de estas características que la letra no te cruja.

–¿Las columnas de opinión que escribe para qué le sirven?

–Es muy raro porque tengo con ellas la sensación de «usted y yo nos podemos poner de acuerdo», cosa que en los libros no practico. En la prensa diaria parece que están más cerca los lectores. Siempre procuro dejarlos mosqueados y al mismo tiempo agradados. No me interesa la gente que lo tiene todo claro, el integrismo para otros. Me honro de tener amigos muy diferentes a mi manera de pensar y eso me enriquece, y pelearme con ellos mientras como caracoles (risas). Qué diferencia cuando vas a una feria del libro y tienes la sensación de que la gente escucha, la gente normalmente grita. Falta silencio, lo tengo claro.

–En esta sociedad da vergüenza estar solos. ¿Por qué? Hay muchas personas que dejan de hacer cosas por no tener con quién.

–Creo que es una tendencia, igual que la de demostrar lo feliz que eres. Incluso da más vergüenza no tener pareja, es una ley social imperante que la tengas. Yo no me avergüenzo de nada, ni de no tener pareja, ni de ir sola a tomar una cerveza. Y con las mujeres es peor, nos han enseñado que hay cosas que no se pueden hacer como viajar sola, y a mí me encanta.