Margaret Thatcher: El mejor hombre de Inglaterra

Ronald Reagan, que bailó varios agarrados con ella en la Casa Blanca, dijo que Margaret Thatcher era el «mejor hombre de Inglaterra». Cuando Hannah Arendt comentó de Albert Camus «es el mejor hombre de Francia», al menos acertó en el género. Lo del presidente americano no parecía un error. Más bien la oficialización, en el lenguaje de vaquero de western, de los metafóricos (y notables) cojones de esta inglesa.

Thatcher, a primera vista siempre recién salida del set de rodaje de los Ropers, mantuvo sus peinados y su bolso negro de Asprey mientras trotaba por los pasajes del moribundo siglo XX. Estaba, y ésta es la tarea más reconocible de su legado, empujando el final de un mundo con dos caras, la americana y la rusa, a la que ella tanto zotal suministró.

Tan utilitarista como fue, habría dado igual que a las citas mundiales hubiera acudido vestida con la camiseta del Chelsea. Kafka escribió: «Declararon la primera guerra mundial y esa tarde me fui a nadar». ¿Qué importa si Thatcher había ido o no a la peluquería el día que se derribó –también con su esfuerzo– el muro de Berlín?

El físico del aspirante a líder, utilizado como test de su dimensión humana, es tan poco indicativo como la pequeña puerta del número 10 de Downing Street. Vista en los telediarios, la puerta negra siempre ofrece una imagen doméstica, familiar, lejana de las de los grandes palacios del poder centroeuropeo. Una vez franqueada y despedidos los fotógrafos del Daily Telegraph, se sabe que la vivienda dispone de un estudio de televisión adyancente por si hay que anunciar una invasión, como la de las Malvinas, antes de cenar en la cocina.

Thatcher también se vedó la posibilidad de utilizar su pasado mediocre e injusto, con pocas expectativas de serie. Un pasado sobre el que excusar y sostener argumentalmente el fracaso en la vida. Ella fue la hija del tendero de Ghatham, sí, pero sólo hasta cierto punto: el punto de partida. Este es el diálogo con uno de sus recepcionistas en el partido tory:

–«Y tú, ¿ayudabas en la tienda?»

–«Oh, sí. Era un negocio familiar».

–«Un muy buen puerto para la vida política. Estoy seguro».

–«Eso y un título en Oxford», concluía la «primer ministro», y he aquí el sexo masculino en el cargo al que se refería, no sin mala leche, Ronald Reagan.

En su cargo tuvo un final de Julio César, apuñalada por los suyos, su década del poder acabó cuando empezaban los primeros años noventa. En el cambio de turno, Inglaterra nos mandó a un demonio menor vestido con cara de niño, Tony Blair, igual que ella capaz de aprobar la guerra y sus viejas palabras de adhesión yanki: «Con los americanos, hasta el fin del mundo».

«Controla tus pensamientos, porque de ellos brotan las palabras, las palabras determinan las acciones, las acciones acaban convirtiéndose en hábitos, los hábitos definen el carácter y el carácter marca sin equivocación todo un destino».